La teología católica distingue dos realidades estrechamente relacionadas:
- El sensus fidei fidelis, que corresponde a la capacidad personal de cada creyente para discernir correctamente las verdades de la fe.
- El sensus fidei fidelium o sensus fidelium, que corresponde al sentido de la fe propio de la Iglesia entera, considerada como pueblo creyente animado por el Espíritu Santo.1
El primer sentido pertenece al creyente individual integrado en la comunión eclesial. El bautizado participa en la fe y en la vida de la Iglesia, especialmente mediante los sacramentos de la iniciación cristiana y la celebración habitual de la Eucaristía. El segundo sentido pertenece a la Iglesia como sujeto colectivo: la comunidad cristiana reconoce a su Señor, acoge su Palabra y la proclama en la historia.1
La expresión no describe principalmente una intuición psicológica, una preferencia religiosa o una reacción espontánea ante una cuestión eclesial. Designa una capacidad sobrenatural de discernimiento, nacida de la participación en la vida de Cristo y sostenida por el Espíritu Santo. Gracias a ella, los fieles pueden reconocer la conformidad de una doctrina o de una práctica con la fe apostólica.3,1
