El Domingo, conocido como el Día del Señor, tiene sus raíces en la tradición apostólica, que remonta su celebración al mismo día de la Resurrección de Jesús. Los primeros discípulos comprendieron desde el principio que este día, denominado por los hebreos «el primero de la semana» y por los romanos «día del sol», era propicio para el encuentro eucarístico con el Resucitado, quien se apareció a ellos, habló, comió y les concedió el Espíritu Santo.2
Asimismo, el derramamiento del Espíritu en Pentecostés ocurrió un domingo, el quincuagésimo día tras la Resurrección, lo que santificó este día como holy day para los cristianos.2 La tradición transmitida desde los apóstoles establece que la Iglesia celebra el misterio pascual cada octavo día, precisamente en el Domingo, donde los fieles se reúnen para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía, recordando la Pasión, Resurrección y Glorificación del Señor.3
Esta praxis no era una mera costumbre judía transferida del Sabbat, sino una innovación cristiana inspirada en la libertad filial frente a la esclavitud, que introdujo el descanso dominical en la sociedad.2
