Antecedentes políticos y eclesiásticos
Tras la caída de Jerusalén ante los sarracenos en 1244, la cristiandad se vio sumida en una crisis de confianza y urgencia por recuperar los lugares santos. El Concilio de Lyon (1245) proclamó formalmente la cruzada, aunque la falta de armonía entre el Papa Inocencio IV y el Emperador Federico II obstaculizó su desarrollo inicial1.
Luis IX, conocido como «el Santo Rey», tomó la cruz en diciembre de 1244 y, pese a una grave enfermedad, se preparó para la campaña mientras su madre, Blanca de Castilla, ejercía la regencia en Francia2.
Motivaciones religiosas y estratégicas
La defensa de los Santos Lugares y la liberación de los cautivos cristianos fueron los principales preceptos teológicos que justificaron la empresa, tal como se subraya en la enciclopedia católica: «la expedición organizada por los cristianos occidentales para conquistar y mantener Jerusalén y la Basílica del Santo Sepulcro»3.
Estratégicamente, el control de Damietta, una puerta de entrada al Nilo y a Egipto, se consideró esencial para ejercer presión sobre el sultanato mameluco y abrir paso hacia la Tierra Santa.

