Los cuatro Evangelios sitúan la sepultura después de la muerte de Jesús en la cruz y antes del descubrimiento del sepulcro vacío. Mateo, Marcos y Lucas presentan a José de Arimatea como el hombre que acudió a Pilato para solicitar el cuerpo. Juan añade la intervención de Nicodemo, que llevó una gran cantidad de mirra y áloe. Los relatos no presentan a José y a Nicodemo como figuras incompatibles: los tres primeros Evangelios concentran la narración en José, mientras Juan aporta un dato complementario sobre la participación de Nicodemo.2,4
José de Arimatea
José pertenecía a Arimatea y ocupaba una posición reconocida. Marcos lo presenta como un miembro respetable del consejo que aguardaba el Reino de Dios; Mateo lo describe como un hombre rico y discípulo de Jesús. Su actuación exigía valentía, porque solicitar a la autoridad romana el cadáver de un condenado podía comprometer públicamente su reputación y su relación con quienes habían promovido la condena.1,5
José acudió a Pilato al caer la tarde. Pilato comprobó mediante el centurión que Jesús había muerto y entonces autorizó la entrega del cuerpo. José bajó el cuerpo de la cruz, lo envolvió en un lienzo limpio y lo colocó en un sepulcro nuevo de su propiedad. Después hizo rodar una gran piedra hasta la entrada.1,2
La tradición cristiana ha visto en José de Arimatea un modelo de piedad hacia el cuerpo de Cristo. Tomás de Aquino considera digno de alabanza el gesto de quienes recibieron el cuerpo de la cruz, lo trataron con reverencia y le ofrecieron una sepultura honrosa. La sepultura manifiesta así tanto la realidad de la muerte de Jesús como la devoción de quienes permanecieron fieles en la hora de la derrota aparente.6
Nicodemo y los aromas
El Evangelio según san Juan presenta a Nicodemo como colaborador de José. Nicodemo había visitado anteriormente a Jesús de noche y pertenecía a los dirigentes judíos. En el momento de la sepultura acudió con una mezcla de mirra y áloe, en una cantidad aproximada de cien libras según la narración joánica.4,2
La presencia de Nicodemo adquiere un valor especial. Al principio había buscado a Jesús discretamente; ahora aparece públicamente para honrar su cuerpo. Su gesto expresa una adhesión que vence el temor y acompaña al Señor cuando los discípulos más visibles parecen dispersos.
La cantidad de aromas puede parecer extraordinaria desde una sensibilidad moderna, pero los Evangelios la relacionan con la costumbre funeraria judía. Juan afirma que tomaron el cuerpo y lo envolvieron con lienzos y aromas «como acostumbran los judíos a enterrar». La tradición cristiana interpretó este detalle como una llamada a respetar las costumbres legítimas de cada pueblo en el cuidado de los difuntos.4,7
Los aromas cumplían una función funeraria concreta: acompañaban la preparación del cuerpo y contribuían a retrasar los efectos de la corrupción. Tomás de Aquino relaciona la mirra y el áloe con una práctica medicinal y funeraria, distinta del lujo ostentoso. El lienzo, por su parte, expresaba la dignidad y la reverencia debidas al difunto.5
Las mujeres junto al sepulcro
Los Evangelios mencionan a varias mujeres que habían acompañado a Jesús y observaron el lugar donde depositaron su cuerpo. María Magdalena ocupa un lugar central en los relatos de la sepultura y del descubrimiento del sepulcro vacío. También aparecen otras mujeres, aunque la identificación exacta de todas ellas varía entre los Evangelios.
Su presencia cumple una función narrativa y testimonial. Las mujeres conocen el lugar de la sepultura y, al llegar después del sábado, encuentran la piedra retirada y el sepulcro vacío. La tradición cristiana primitiva concedió un papel decisivo a su testimonio pascual: los relatos las presentan como las primeras destinatarias del anuncio de la Resurrección y, en algunas tradiciones evangélicas, como las primeras personas que encontraron al Resucitado.8,2
La participación de las mujeres también encaja con las prácticas funerarias de la época. Ellas habían presenciado la sepultura y acudieron con aromas para completar, cuando terminara el descanso sabático, las atenciones debidas al cuerpo. El apresuramiento del entierro explica que algunos ritos quedaran pendientes.9,2



