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Sepultura de Jesús

La sepultura de Jesús constituye el último acto de la Pasión antes de la proclamación de la Resurrección. Los Evangelios narran que José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo de Jesús, lo envolvió en lienzos, lo depositó en un sepulcro nuevo excavado en la roca y cerró la entrada con una gran piedra. Nicodemo aportó mirra y áloe, mientras varias mujeres discípulas permanecían vinculadas al sepulcro. Para la fe católica, Cristo murió verdaderamente, fue enterrado realmente y permaneció unido al Padre en su divinidad incluso durante su permanencia en el sepulcro.1,2,3

Tomb of Jesus Christ in the Church of the Holy Sepulchre, Jerusalem, Israel
Ver información de la imagenTumba de Jesucristo en la Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén, Palestina. Fecha: circa 1941 o 1944, c. 1941. https://www.ww2online.org/image/tomb-jesus-christ-church-holy-sepulchre-jerusalem-israel-circa-1941-44-0, Autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSepultura de Jesús
CategoríaEvento
DescripciónEntierro de Jesucristo después de la crucifixión, en un sepulcro nuevo de José de Arimatea. Según los Evangelios, José de Arimatea recibió el cuerpo de Jesús de Pilato, lo envolvió en lienzos, lo acompañó Nicodemo con mirra y áloe, y lo depositó en un sepulcro nuevo excavado en la roca, cerrándolo con una gran piedra. Mujeres discípulas observaron el sepulcro y lo descubrieron vacío al tercer día. Confirma la muerte real de Jesús, prefigura la resurrección y la victoria sobre la corrupción
Contexto BíblicoRelatado en los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
Contexto HistóricoPasión de Cristo, siglo I en Palestina bajo dominio romano.
Evento Relacionado
ImportanciaElemento esencial del Credo y de la fe cristiana; fundamento teológico del Triduo Pascual.
Personas RelacionadasJosé de Arimatea, Nicodemo, Pilato, María Magdalena y otras mujeres discípulas.
TipoSuceso histórico, Sepultura
UbicaciónJerusalén
Ubicación ActualBasílica del Santo Sepulcro, Jerusalén

Tabla de contenido

Relato evangélico

Los cuatro Evangelios sitúan la sepultura después de la muerte de Jesús en la cruz y antes del descubrimiento del sepulcro vacío. Mateo, Marcos y Lucas presentan a José de Arimatea como el hombre que acudió a Pilato para solicitar el cuerpo. Juan añade la intervención de Nicodemo, que llevó una gran cantidad de mirra y áloe. Los relatos no presentan a José y a Nicodemo como figuras incompatibles: los tres primeros Evangelios concentran la narración en José, mientras Juan aporta un dato complementario sobre la participación de Nicodemo.2,4

José de Arimatea

José pertenecía a Arimatea y ocupaba una posición reconocida. Marcos lo presenta como un miembro respetable del consejo que aguardaba el Reino de Dios; Mateo lo describe como un hombre rico y discípulo de Jesús. Su actuación exigía valentía, porque solicitar a la autoridad romana el cadáver de un condenado podía comprometer públicamente su reputación y su relación con quienes habían promovido la condena.1,5

José acudió a Pilato al caer la tarde. Pilato comprobó mediante el centurión que Jesús había muerto y entonces autorizó la entrega del cuerpo. José bajó el cuerpo de la cruz, lo envolvió en un lienzo limpio y lo colocó en un sepulcro nuevo de su propiedad. Después hizo rodar una gran piedra hasta la entrada.1,2

La tradición cristiana ha visto en José de Arimatea un modelo de piedad hacia el cuerpo de Cristo. Tomás de Aquino considera digno de alabanza el gesto de quienes recibieron el cuerpo de la cruz, lo trataron con reverencia y le ofrecieron una sepultura honrosa. La sepultura manifiesta así tanto la realidad de la muerte de Jesús como la devoción de quienes permanecieron fieles en la hora de la derrota aparente.6

Nicodemo y los aromas

El Evangelio según san Juan presenta a Nicodemo como colaborador de José. Nicodemo había visitado anteriormente a Jesús de noche y pertenecía a los dirigentes judíos. En el momento de la sepultura acudió con una mezcla de mirra y áloe, en una cantidad aproximada de cien libras según la narración joánica.4,2

La presencia de Nicodemo adquiere un valor especial. Al principio había buscado a Jesús discretamente; ahora aparece públicamente para honrar su cuerpo. Su gesto expresa una adhesión que vence el temor y acompaña al Señor cuando los discípulos más visibles parecen dispersos.

La cantidad de aromas puede parecer extraordinaria desde una sensibilidad moderna, pero los Evangelios la relacionan con la costumbre funeraria judía. Juan afirma que tomaron el cuerpo y lo envolvieron con lienzos y aromas «como acostumbran los judíos a enterrar». La tradición cristiana interpretó este detalle como una llamada a respetar las costumbres legítimas de cada pueblo en el cuidado de los difuntos.4,7

Los aromas cumplían una función funeraria concreta: acompañaban la preparación del cuerpo y contribuían a retrasar los efectos de la corrupción. Tomás de Aquino relaciona la mirra y el áloe con una práctica medicinal y funeraria, distinta del lujo ostentoso. El lienzo, por su parte, expresaba la dignidad y la reverencia debidas al difunto.5

Las mujeres junto al sepulcro

Los Evangelios mencionan a varias mujeres que habían acompañado a Jesús y observaron el lugar donde depositaron su cuerpo. María Magdalena ocupa un lugar central en los relatos de la sepultura y del descubrimiento del sepulcro vacío. También aparecen otras mujeres, aunque la identificación exacta de todas ellas varía entre los Evangelios.

Su presencia cumple una función narrativa y testimonial. Las mujeres conocen el lugar de la sepultura y, al llegar después del sábado, encuentran la piedra retirada y el sepulcro vacío. La tradición cristiana primitiva concedió un papel decisivo a su testimonio pascual: los relatos las presentan como las primeras destinatarias del anuncio de la Resurrección y, en algunas tradiciones evangélicas, como las primeras personas que encontraron al Resucitado.8,2

La participación de las mujeres también encaja con las prácticas funerarias de la época. Ellas habían presenciado la sepultura y acudieron con aromas para completar, cuando terminara el descanso sabático, las atenciones debidas al cuerpo. El apresuramiento del entierro explica que algunos ritos quedaran pendientes.9,2

Costumbres funerarias judías del siglo I

La sepultura de Jesús debe comprenderse dentro de las costumbres funerarias judías de la Palestina del siglo I. El cuerpo recibía un trato respetuoso: quienes lo preparaban lo lavaban, lo envolvían en lienzos y utilizaban sustancias aromáticas. La narración antigua conocida como Evangelio de Pedro, aunque no forma parte del canon bíblico, conserva una tradición según la cual José lavó el cuerpo y lo envolvió en un lienzo antes de llevarlo al sepulcro.10

Los Evangelios canónicos ofrecen los elementos esenciales:

  • Descenso del cuerpo desde la cruz.
  • Entrega del cadáver a José de Arimatea.
  • Envoltura en lienzos.
  • Uso de mirra, áloe y otros aromas.
  • Colocación en un sepulcro excavado en la roca.
  • Cierre de la entrada con una piedra.
  • Observación del lugar por las mujeres.1,2

La diferencia entre «un lienzo» y «lienzos» no obliga a enfrentar los relatos evangélicos. San Agustín propuso que Mateo podía concentrarse en el lienzo aportado por José, mientras Juan hablaba de varios tejidos, incluidos los lienzos que envolvían el cuerpo, las vendas y el paño destinado a la cabeza. La pluralidad de expresiones puede describir diversos elementos de una misma preparación funeraria.2,7

La urgencia antes del sábado

Jesús murió durante la víspera del sábado, llamada también día de la preparación. La proximidad del descanso sabático obligó a realizar con rapidez el entierro. Juan explica que el sepulcro estaba cerca y que allí colocaron a Jesús por causa de la preparación de los judíos. San Agustín entendió que la sepultura tuvo un carácter apresurado porque la llegada del sábado impedía continuar determinadas tareas funerarias.9,2

Este dato explica la presencia posterior de las mujeres en la mañana del primer día de la semana. Ellas acudieron al sepulcro con la intención de completar las atenciones funerarias, pero encontraron la piedra retirada y el sepulcro vacío.8,9

El sepulcro de Jesús

Características descritas por los Evangelios

Los Evangelios describen el sepulcro como nuevo, excavado en la roca y perteneciente a José de Arimatea. Nadie había recibido sepultura allí. Mateo y Juan indican que el sepulcro estaba situado en un jardín; Juan añade que quedaba cerca del lugar de la crucifixión.1,2

La novedad del sepulcro posee un valor histórico y teológico. Desde el punto de vista narrativo, la ausencia de otros cadáveres facilita la identificación del cuerpo depositado y del sepulcro encontrado vacío. Desde el punto de vista de la tradición cristiana, la tumba nueva excluye la confusión con otro difunto. Tomás de Aquino recoge la interpretación tradicional según la cual un sepulcro que nunca había utilizado otro cuerpo protege la claridad del signo de la Resurrección.5

El sepulcro excavado en la roca y cerrado con una gran piedra también forma parte de la fuerza testimonial del relato. La piedra impedía un acceso ordinario y hacía visible cualquier apertura. La tradición patrística relacionó esta circunstancia con la imposibilidad de reducir el sepulcro vacío a una simple manipulación de la tierra o a un traslado fácilmente ejecutable.5

Identificación histórica y arqueológica

La localización del sepulcro de Jesús constituye una cuestión arqueológica e histórica distinta de la identificación de otros lugares vinculados a la vida de Cristo. En particular, el Monte de los Olivos no corresponde al lugar de la sepultura: allí la tradición sitúa episodios como la oración de Jesús y la Ascensión, pero no el sepulcro donde José de Arimatea depositó el cuerpo.

La tradición cristiana más antigua y extendida vincula el sepulcro con el lugar que ocupa la basílica del Santo Sepulcro, dentro de la actual Jerusalén. Durante mucho tiempo algunos investigadores objetaron que el emplazamiento quedaba dentro de las murallas de la ciudad, mientras que la crucifixión y la sepultura debían situarse fuera de ellas. La investigación histórica sobre las sucesivas murallas de Jerusalén ofrece una respuesta: la muralla actual fue construida después de la muerte de Jesús y otras líneas defensivas anteriores pudieron dejar fuera el área tradicional del sepulcro.11

Los hallazgos de estructuras antiguas al este y al sudeste de la basílica favorecieron la hipótesis de un trazado irregular de la segunda muralla, capaz de excluir el sepulcro tradicional en la época de Jesús. La investigación arqueológica citada consideró que estos descubrimientos ofrecían un apoyo convincente a la autenticidad del lugar tradicional.11

La tradición del Santo Sepulcro posee, además, una continuidad histórica que no acompaña con la misma fuerza a otros emplazamientos propuestos. El lugar próximo al llamado Calvario de Gordon recibió aceptación en algunos círculos modernos, pero las investigaciones citadas observaron que aquella zona contenía una serie de tumbas y no correspondía claramente a un sepulcro aislado en un jardín. Tampoco podía explicar con igual coherencia las características de la entrada del sepulcro tradicional.11

La identificación arqueológica no constituye por sí sola el núcleo de la fe cristiana. La fe proclama que Cristo murió, fue sepultado y resucitó; la arqueología estudia el contexto material y la plausibilidad histórica del lugar. La distinción permite evitar dos reduccionismos: convertir un lugar de oración en una prueba arqueológica absoluta o considerar irrelevante el estudio del sepulcro para la historicidad de la Pasión.

Significado cristológico

La realidad de la muerte de Cristo

La sepultura confirma que Jesús murió verdaderamente. El Credo no se limita a afirmar que Cristo padeció o que fue crucificado: añade que murió y fue sepultado. La tradición catequética del Concilio de Trento explica que la sepultura hace más cierta la realidad de la muerte y prepara la comprensión del milagro de la Resurrección.3

La sepultura no describe una apariencia de muerte ni una supervivencia meramente simbólica. El cuerpo que José recibió de Pilato era el cuerpo real de Jesús, el mismo cuerpo que había padecido la crucifixión. Teodoreto de Ciro insiste en la repetición evangélica de la palabra «cuerpo» para defender la realidad de la muerte corporal de Cristo frente a cualquier interpretación que negara su humanidad verdadera.1

La unión de la humanidad y la divinidad

La doctrina católica distingue entre la muerte de Cristo según su humanidad y la permanencia de la unión personal del Hijo con el cuerpo y con el alma. La muerte separó el alma humana de Jesús de su cuerpo, pero la divinidad nunca quedó separada ni del cuerpo depositado en el sepulcro ni del alma. Por esta razón, la tradición católica puede confesar que Dios fue sepultado, entendiendo la afirmación en referencia a la persona divina del Hijo encarnado, no como si la divinidad pudiera quedar encerrada o limitada por una tumba.3

La Iglesia no enseña que la naturaleza divina padeciera o muriera. El sufrimiento, la muerte y la sepultura pertenecen a la naturaleza humana asumida por el Verbo. Sin embargo, todos estos actos pueden atribuirse a la persona de Jesucristo, que es verdadero Dios y verdadero hombre.3

La ausencia de corrupción

La tradición doctrinal afirma que el cuerpo de Cristo no quedó sometido a la corrupción del sepulcro. El Catecismo del Concilio de Trento relaciona esta enseñanza con la promesa bíblica de que el Santo no contemplaría la corrupción. La sepultura, por tanto, expresa la realidad de la muerte, pero no la victoria definitiva de la corrupción sobre el cuerpo de Jesús.3

La incorruptibilidad del cuerpo de Cristo no elimina la realidad del cadáver ni convierte el sepulcro en una simple imagen. Precisamente porque el cuerpo murió y fue depositado en una tumba, la Resurrección manifiesta una transformación radical: Cristo vence la muerte desde dentro de la condición humana.

Interpretación teológica de la sepultura

Tomás de Aquino considera conveniente la sepultura de Cristo por tres motivos principales:

  1. Confirma la fe en la muerte y en la Resurrección.
  2. Manifiesta la devoción de quienes honraron el cuerpo de Jesús.
  3. Prefigura la unión del cristiano con Cristo en la muerte y en la vida nueva.6

La sepultura pertenece, por tanto, al misterio de la Redención. La salvación no procede únicamente de una enseñanza moral ni de un recuerdo ejemplar de Jesús. El Hijo de Dios asumió hasta el extremo la condición humana, incluida la muerte y la permanencia del cuerpo en el sepulcro. Tomás de Aquino resume esta perspectiva al afirmar que, así como la muerte de Cristo obró nuestra salvación, también su sepultura participa de ella.12

El sepulcro nuevo y el jardín

El jardín donde estaba el sepulcro permite establecer una relación simbólica con el jardín del Génesis. La tradición teológica vio en la Pasión y en la sepultura de Cristo el comienzo de la liberación de la humanidad respecto de la muerte introducida por el pecado. El jardín del sepulcro aparece así como un espacio de tránsito entre la muerte y la vida nueva.5

El sepulcro ajeno también posee un sentido teológico. Jesús, que durante su vida no disfrutó de una morada estable, recibió después de morir un lugar que pertenecía a otro. La tradición interpretó este hecho como signo de la pobreza asumida por Cristo y de su muerte en favor de los demás.5

La dignidad del cuerpo humano

La sepultura de Jesús fundamenta una visión cristiana del cuerpo y de los difuntos. José, Nicodemo y las mujeres no tratan el cuerpo como un objeto descartable, sino como la humanidad concreta del Señor, digna de cuidado, limpieza, vestido y descanso. La veneración cristiana del cuerpo de Cristo sostiene también el respeto debido al cuerpo de toda persona fallecida.

La tradición de la Iglesia no identifica la dignidad funeraria con la ostentación. Tomás de Aquino diferencia la simplicidad del lienzo de la utilidad de los aromas, y considera legítimo emplear bienes preciosos cuando sirven para conservar el cuerpo o expresar reverencia. La sobriedad y el honor pueden convivir en una sepultura cristiana.5

La sepultura y el descenso a los muertos

La sepultura forma parte de la afirmación cristiana sobre el descenso de Cristo a los muertos. Cuando Jesús murió, su alma humana quedó separada de su cuerpo, pero ambas realidades permanecieron unidas a la persona divina del Hijo. El cuerpo reposó en el sepulcro y el alma descendió al estado de los muertos, mientras la divinidad permanecía inseparable de ambos.3

Este descenso no equivale a una derrota ni a un encarcelamiento definitivo. La tradición cristiana contempla a Cristo como libre entre los muertos, porque el sepulcro no pudo impedir su Resurrección. La tumba acogió su cuerpo durante un tiempo, pero no tuvo poder para retenerlo.12

La sepultura en el Triduo Pascual

Jueves Santo

El Jueves Santo conmemora principalmente la Última Cena y la institución de la Eucaristía. La Misa vespertina de la Cena del Señor recuerda que Cristo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno y dejó el mandamiento del amor fraterno. También vincula la celebración con la institución del sacerdocio y el lavatorio de los pies.13

Por tanto, conviene distinguir la sepultura de Jesús de los acontecimientos litúrgicos propios del Jueves Santo. La Iglesia no sitúa la sepultura en la celebración de la Cena del Señor, aunque la Eucaristía hace sacramentalmente presente el misterio pascual entero: la entrega, la muerte, la sepultura y la Resurrección.

Viernes Santo

El Viernes Santo conmemora la Pasión y la muerte del Señor. La liturgia comprende la liturgia de la Palabra, la adoración de la cruz y la sagrada comunión. La celebración de la Pasión no es una Misa: la Iglesia no celebra la Eucaristía en este día, aunque distribuye la comunión con formas consagradas previamente.14,15

La sepultura ocurre históricamente después de la muerte en la cruz y queda incluida en el horizonte litúrgico del Viernes Santo. Sin embargo, la liturgia de ese día concentra su atención en la cruz y en la Pasión. La Iglesia acompaña al Señor muerto y contempla el misterio de su entrega, mientras José y Nicodemo realizan las obras concretas de misericordia que conducen al sepulcro.

Sábado Santo

El Sábado Santo recuerda especialmente la permanencia de Cristo en el sepulcro. La Iglesia guarda silencio, suspende la celebración eucarística y aguarda la Vigilia Pascual. El Triduo Pascual conmemora de manera inseparable a Cristo crucificado, sepultado y resucitado, pero cada jornada posee su propio tono litúrgico.14

El Sábado Santo no equivale al Viernes Santo. El Viernes contempla la Pasión y la muerte; el sábado expresa el silencio de la Iglesia ante el cuerpo de Cristo depositado en la tumba y la espera de la victoria pascual. La tradición litúrgica prolonga el ayuno, cuando resulta posible, durante el Sábado Santo para preparar espiritualmente la alegría de la Resurrección.14

El silencio sabático no representa desesperación absoluta. La fe contempla un misterio oculto: Cristo yace realmente en el sepulcro, pero la muerte no posee la última palabra. La Iglesia permanece en espera, como las mujeres que conocen el lugar de la sepultura y aguardan la llegada del primer día de la semana.

La sepultura y el sepulcro vacío

La sepultura ofrece el punto de referencia necesario para comprender el sepulcro vacío. Las mujeres saben dónde depositaron el cuerpo; por eso su visita de la mañana pascual no constituye una búsqueda vaga o simbólica. María Magdalena comunica a Pedro y al discípulo amado que han retirado al Señor del sepulcro y que desconocen dónde lo han colocado. Después, Pedro y el otro discípulo acuden al lugar y encuentran los lienzos.9,2

Los relatos evangélicos presentan diferencias en el orden y en algunos detalles de las visitas y apariciones, pero mantienen un núcleo común: Jesús murió, fue depositado en una tumba, el sepulcro apareció vacío y los discípulos recibieron el anuncio y el testimonio de que Cristo estaba vivo. La tradición teológica y crítica cristiana ha considerado que la diversidad de los relatos no elimina la afirmación fundamental de la sepultura ni la de la Resurrección.8,16

El sepulcro vacío, considerado aisladamente, no constituye toda la fe pascual. La fe cristiana nace de la conjunción entre el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado, interpretadas a la luz de las Escrituras y del testimonio apostólico. La sepultura aporta la continuidad corporal: el mismo Jesús que fue entregado a la muerte y colocado en el sepulcro es aquel que resucita.

Relevancia para la vida cristiana

La sepultura de Jesús ilumina varias dimensiones de la vida cristiana:

  • La esperanza ante la muerte: el sepulcro no representa el destino definitivo de quienes pertenecen a Cristo.
  • La misericordia corporal: acompañar, vestir y enterrar a los difuntos constituye una obra de respeto y caridad.
  • La dignidad del cuerpo: la fe cristiana no desprecia la dimensión corporal de la persona.
  • La paciencia de la esperanza: el Sábado Santo enseña a permanecer fieles durante el silencio y la espera.
  • La unión con Cristo: el bautismo incorpora al creyente a la muerte y a la vida nueva del Señor.6,12

La sepultura también evita una comprensión superficial de la Pascua. La Resurrección no consiste en pasar por alto el sufrimiento ni en reemplazar la muerte por una metáfora. Cristo entra realmente en la muerte, recibe una sepultura verdadera y desde esa profundidad inaugura la vida gloriosa.

Representación artística y devoción

El arte cristiano representa la sepultura mediante escenas como el descenso de la cruz, la unción del cuerpo, el llanto de María, la colocación en el sepulcro y el cierre con la piedra. Estas imágenes ponen ante los ojos de los fieles la humanidad verdadera de Jesús y la compasión de quienes lo acompañaron.

La devoción ante el Santo Sepulcro no equivale a la adoración de una piedra o de un edificio. La adoración corresponde únicamente a Dios. El lugar recibe veneración porque estuvo relacionado con el cuerpo de Cristo y con los acontecimientos centrales de la salvación. La basílica del Santo Sepulcro conserva así una función de memoria cristiana, peregrinación y oración, al tiempo que la cuestión arqueológica de su emplazamiento exige distinguir entre tradición, investigación histórica y acto litúrgico.

En la profesión de fe

La fórmula «fue crucificado, muerto y sepultado» ocupa un lugar esencial en el Credo. La Iglesia confiesa con estas palabras que el Hijo encarnado asumió plenamente la condición humana y llevó hasta el extremo su obediencia amorosa al Padre.

La sepultura:

  • Confirma la muerte real de Jesús.
  • Manifiesta la continuidad entre el cuerpo crucificado y el cuerpo resucitado.
  • Proclama la victoria de Cristo sobre la corrupción y la muerte.
  • Muestra la unión inseparable de la humanidad de Jesús con la persona divina del Hijo.
  • Anticipa la esperanza cristiana de la resurrección de los muertos.3

La sepultura de Jesús no representa un episodio secundario entre la cruz y la Pascua. Forma parte del centro de la fe cristiana: el Verbo hecho carne murió verdaderamente, recibió los honores funerarios propios de su pueblo, descansó en un sepulcro nuevo y, al tercer día, venció la muerte.

Citas y referencias

  1. Ortodoxos y erenistas, Teodoret de Cirene. Diálogos, Diálogo 3 (447). 2 3 4 5 6
  2. Armonización de Mateo con los otros evangelios, comenzando con la última cena - Sobre la cuestión de si los tres primeros evangelistas están en plena armonía con Juan en los relatos de su entierro, Agustín de Hipona. La Armonía de los Evangelios, Libro III, Capítulo 23, 60 (400). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  3. El Credo - Artículo 4 - Importancia de este artículo, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, El Credo - Artículo 4 (1566). 2 3 4 5 6 7
  4. Agustín de Hipona. Tratado 120 Juan 19:31-20:9, 4. 2 3
  5. Tercera parte - Del entierro de Cristo - ¿Fue Cristo enterrado de manera digna? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, P. 51, R. 2 (1274). 2 3 4 5 6 7
  6. Tercera parte - Del entierro de Cristo - ¿Fue Cristo enterrado de manera digna? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, P. 51, R. 2 (1274). 2 3
  7. Capítulo 19, Tomás de Aquino. Comentario sobre Juan, 19:40 (1272). 2
  8. Scripta Theologica. Recensiones, 19 (1976). 2 3
  9. Agustín de Hipona. Comentario sobre el Evangelio de Juan, 573 (1845). 2 3 4
  10. Autor desconocido. El Evangelio según Pedro, 6 (190).
  11. Santo Sepulcro. Enciclopedia Católica, Santo Sepulcro (1913). 2 3
  12. Tercera parte - Del entierro de Cristo - ¿Era adecuado que Cristo fuera enterrado? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, P. 51, R. 1 (1274). 2 3
  13. Jueves Santo «cena del Señor», Santa Sede. Misal Romano, 215 (2020).
  14. El sagrado Triduo Pascual - Jueves (Jueves Santo), Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. El Missal Romano (Traducción al español de la Tercera Edición Típica), El Triduo Pascual Sagrado (2011). 2 3
  15. Viernes Santo «pasión del Señor», Santa Sede. Misal Romano, 229 (2020).
  16. Scripta Theologica. Recensiones: Attzou, La Danza ante el Arca. Estudio de los Libros de Samuel, 12 (1971).
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