La Sagrada Escritura presenta la distinción entre varón y mujer como parte integrante del plan divino de creación. En el libro del Génesis, Dios crea al ser humano como varón y mujer, dotándolos de igual dignidad y de una vocación complementaria.1
La creación según el Génesis
El relato de la creación afirma: «varón y hembra los creó» (Gn 1,27), destacando que esta dualidad primordial marca la vida de la humanidad desde sus orígenes. El varón y la mujer son creados en perfecta igualdad como personas humanas, pero en sus respectivas realidades sexuales, que son buenas y queridas por Dios.1,5 Esta diferencia no es un accidente, sino una expresión de la sabiduría creadora, que permite superar la soledad original del hombre mediante la comunión interpersonal.6
En Génesis 2, la mujer surge como «ayuda idónea» para el varón, no como inferior, sino como complemento perfecto que revela el significado relacional del cuerpo humano. La exclamación del varón —«esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23)— subraya la homogeneidad somática entre ambos, pese a la diferencia sexual, que habilita la unión conyugal: «el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gn 2,24).7
La redención y la dignidad en Cristo
La historia de la salvación confirma esta dignidad. Jesús muestra especial estima por las mujeres, llamándolas a su seguimiento, apareciéndose primero a una de ellas tras la Resurrección y confiándoles la misión de anunciar la Buena Nueva.8 San Pablo proclama: «no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28), afirmando la unidad en la gracia sin negar la diferencia sexual.8
