La mención más significativa de los serafines en la Sagrada Escritura se encuentra en el libro del profeta Isaías (Isaías 6:2-7)1,2,3,4. En esta visión, Isaías describe haber visto al Señor sentado en un trono elevado, con el templo lleno de su gloria2. Los serafines estaban de pie por encima de Él, cada uno con seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban1,2,4. Proclamaban unos a otros: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria»1,2,4. Uno de los serafines voló hacia Isaías con un carbón encendido tomado del altar, tocó sus labios y le dijo que su culpa había sido quitada y su pecado perdonado2,3.
El nombre serafín (en hebreo, seraphim, una forma plural masculina) se deriva a menudo del verbo hebreo saraph, que significa «consumir con fuego»1. Esta etimología es muy probable, ya que concuerda con la acción del serafín que purifica los labios de Isaías con fuego celestial1,2. Algunos estudiosos sugieren una conexión con el sustantivo hebreo saraph, que significa «serpiente voladora y ardiente», mencionado en Números 21:6 e Isaías 14:291. Sin embargo, la descripción de Isaías no muestra rastro de una forma serpentina1.
