La homilética en los primeros siglos de la Iglesia se desarrolló en un entorno de predicación oral dirigida a las comunidades cristianas locales1. Los primeros homilistas, como San Juan Crisóstomo y San Basilio de Cesarea, se dedicaron a la tarea de hacer accesibles los textos sagrados, traduciéndolos y adaptándolos para la comprensión de los fieles1,2.
1.1 La Homilía como Parte Esencial del Culto Cristiano
Desde sus inicios, la homilía fue considerada una parte integral del culto cristiano, no meramente una continuación de los comentarios judíos sobre las Escrituras, sino una expresión de la predicación apostólica que cumplía la misión de Cristo a sus discípulos3. Por ejemplo, en el siglo II, San Justino Mártir ya describía cómo en el día del sol, todos se reunían para leer los escritos de los Apóstoles y Profetas, y después de la lectura, el obispo pronunciaba un sermón3.
1.2 La Liturgia como Marco Estructural
La liturgia de la Iglesia primitiva proporcionó el marco estructural para la homilética. Los sermones patrísticos estaban intrínsecamente ligados a la celebración eucarística y la Liturgia de la Palabra4. Esta conexión subraya que la homilética no era solo una actividad doctrinal, sino una expresión viva de la vida litúrgica y comunitaria1,4.

