Dos concepciones de la Cristiandad
La Sexta cruzada puso de manifiesto una tensión característica de la Europa del siglo XIII: la disputa entre la potestad temporal del emperador y la autoridad espiritual del papa en la dirección de la Cristiandad.
Federico II concebía el Imperio como una autoridad universal con capacidad para organizar el orden político de Europa y del Mediterráneo. Su título imperial y su condición de rey de Sicilia y de Jerusalén le permitían presentarse como el soberano natural de la causa oriental. Desde esta perspectiva, el emperador podía considerar que el cumplimiento de su voto le correspondía directamente, incluso cuando el papa rechazaba su conducta política.
Gregorio IX defendía una concepción distinta. El papa no pretendía necesariamente ejercer cada función temporal propia de los reyes, pero sostenía que la Iglesia poseía autoridad sobre las materias relacionadas con la salvación, el pecado, los juramentos, la disciplina eclesiástica y la defensa de la Cristiandad. La cruzada pertenecía precisamente a ese ámbito porque implicaba predicación, penitencia, indulgencia y obediencia religiosa.
La disputa sobre la dirección de la cruzada
La controversia no consistía únicamente en decidir quién mandaría un ejército. También afectaba a la pregunta fundamental de quién podía convertir una guerra en cruzada. Federico podía disponer de tropas, recursos navales y derechos dinásticos, pero el papa controlaba los instrumentos espirituales que daban a la empresa su carácter penitencial: la convocatoria, la predicación, la indulgencia y la disciplina de los votos.
La posición pontificia sostenía que un soberano no podía utilizar unilateralmente el lenguaje de la cruzada para reforzar su autoridad política mientras desobedecía a la Iglesia. La posición imperial, en cambio, tendía a presentar el éxito en Tierra Santa como una prueba de que la eficacia política del emperador podía prevalecer incluso contra la censura papal.
La rivalidad se extendía también a Italia. La unión de Sicilia con el Imperio amenazaba el equilibrio territorial de los Estados Pontificios. Federico intentaba reforzar una monarquía centralizada en Italia, mientras Gregorio IX consideraba que la independencia de las ciudades lombardas y la seguridad del patrimonio de San Pedro resultaban necesarias para preservar la libertad de la Iglesia.,
El alcance de la autoridad pontificia
La autoridad papal medieval no funcionaba como un poder político moderno con control directo sobre todos los territorios cristianos. Incluso los pontífices más firmes distinguían entre la jurisdicción espiritual y la administración ordinaria de los reinos. La intervención papal encontraba su fundamento propio en asuntos relacionados con el pecado, la paz, los juramentos y la defensa de la Iglesia, no en una sustitución general de todas las autoridades civiles.
En el caso de Federico, Gregorio IX ejerció la autoridad eclesiástica mediante la excomunión, la retirada de la bendición y la liberación de los cruzados respecto del juramento de obediencia. El emperador conservó, sin embargo, una considerable fuerza política. Muchos príncipes y obispos continuaron apoyándolo, y la sanción no produjo el efecto de aislarlo por completo dentro del Imperio.