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Sexta cruzada

La Sexta cruzada fue una expedición emprendida entre 1228 y 1229 por el emperador Federico II Hohenstaufen con el propósito de recuperar Jerusalén y otros lugares santos. A diferencia de las cruzadas anteriores, Federico evitó la gran confrontación militar y obtuvo mediante negociaciones con el sultán al-Kamil la restitución temporal de Jerusalén, Belén y Nazaret. El resultado territorial tuvo relevancia política, pero quedó profundamente marcado por la excomunión del emperador, la ausencia de autorización pontificia y la tensión entre la autoridad espiritual del papa y las pretensiones universales del emperador.

Frederick II, Holy Roman Emperor (left) meets al-Kamil Muhammad al-Malik (right), from a manuscript of the Nuova Cronica by
Ver información de la imagenFrederick II (izquierda) se encuentra con al-Kamil (derecha), c. 1341. [1] para la primera imagen pequeña con varias personas. Fuente: [2] para la segunda imagen subida con un primer plano más grande del Emperador y el Sultán, subida a en por Chris 73, anónimo, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSexta cruzada
CategoríaEvento
DescripciónExpedición de 1228-1229 liderada por Federico II que, mediante negociación con al-Kamil, devolvió Jerusalén al control latino sin bendición papal
ConsecuenciasRecuperación temporal de Jerusalén que se perdió nuevamente en 1239; agudizó la rivalidad entre el papado y el Imperio.
Contexto HistóricoConflicto entre el poder temporal del emperador Federico II y la autoridad espiritual del papa Gregorio IX durante el siglo XIII.
Eventos RelacionadosCuarta cruzada; Quinta cruzada
Fecha de Fin1229
Fecha de Inicio1228
Importancia HistóricaPrimera cruzada lograda mediante diplomacia; recuperó temporalmente Jerusalén, Belén y Nazaret sin campaña militar.
OrganizadorGregorio IX
Personas relacionadasGregorio IX
Personas RelacionadasFederico II Hohenstaufen; Gregorio IX; al-Kamil
TipoEvento histórico, Cruzada
UbicaciónJerusalén y territorios de Tierra Santa

Tabla de contenido

Denominación y marco cronológico

La numeración de las cruzadas no siempre resulta uniforme. La expedición dirigida por Federico II suele recibir el nombre de Sexta cruzada, aunque algunos historiadores la consideran la continuación o la conclusión diplomática de la Quinta cruzada, iniciada en Egipto en 1218 y fracasada tras la pérdida de Damieta en 1221. El criterio más extendido distingue ambas empresas: la Quinta cruzada terminó con la retirada cristiana de Egipto, mientras que la expedición de Federico constituyó una campaña posterior, centrada en la recuperación de Jerusalén mediante la diplomacia.1,2

La Sexta cruzada tuvo como núcleo los años 1228-1229, aunque sus antecedentes se remontan a la toma de la cruz por Federico en 1215 y a los sucesivos compromisos incumplidos de emprender el viaje a Tierra Santa. El conflicto entre el emperador y el papa Gregorio IX condicionó tanto la preparación como la interpretación religiosa de toda la empresa.1,3

Antecedentes

La pérdida de Jerusalén

La reconquista de Jerusalén por Saladino en 1187 había puesto fin al dominio latino efectivo sobre la Ciudad Santa. Aunque diversos enclaves cristianos permanecieron en la costa y el Reino de Jerusalén continuó existiendo con su centro político en Acre, la ciudad santa quedó bajo dominio musulmán. La Tercera cruzada consiguió recuperar Acre y asegurar ciertos derechos de peregrinación, pero no logró devolver Jerusalén al Reino latino.2,4

La Cuarta cruzada, desviada hacia Constantinopla, agravó la división entre los cristianos latinos y los bizantinos. La Quinta cruzada intentó alcanzar Jerusalén mediante la conquista de Egipto, considerado la principal base de poder del sultanato ayubí. Los cruzados conquistaron Damieta en 1219, pero las divisiones internas, los desacuerdos sobre las condiciones de paz y la marcha desastrosa hacia El Cairo provocaron la derrota de Mansurah y la devolución de Damieta en 1221.1,2

El voto de Federico II

Federico II tomó la cruz en Aquisgrán, en 1215, durante el pontificado de Inocencio III. El compromiso vinculaba al emperador con la obligación pública de emprender una peregrinación armada para la defensa y recuperación de Tierra Santa. La toma de la cruz no constituía simplemente una promesa militar. En la mentalidad medieval implicaba una obligación penitencial pública, reconocida por la Iglesia y acompañada de privilegios espirituales.

La cruzada se entendía como una forma extraordinaria de penitencia. Quien asumía la cruz manifestaba públicamente arrepentimiento, aceptaba sacrificios personales y ponía sus bienes y su vida al servicio de una causa considerada religiosa. La tradición penitencial medieval había vinculado determinadas obras -entre ellas la peregrinación, la limosna, el ayuno y la participación en una cruzada- con la remisión de las penas temporales debidas por los pecados ya perdonados.5,6

El Concilio IV de Letrán, celebrado en 1215, impulsó la nueva cruzada y fijó su salida para 1217. La predicación pontificia presentaba la empresa como un deber de la Cristiandad latina y no como una guerra privada de un soberano. La autoridad del papa resultaba esencial porque la cruzada recibía su carácter eclesial de la convocatoria, la predicación, la disciplina penitencial y la concesión de indulgencias.1,7

Los retrasos imperiales

Federico II aplazó repetidamente su partida. Las razones incluyeron dificultades políticas en Alemania e Italia, problemas de salud, la organización de sus dominios y el deseo de consolidar su autoridad en el Mediterráneo. El retraso provocó una creciente desconfianza pontificia, especialmente porque el emperador había asumido varios compromisos formales ante la Santa Sede.1,3

En 1225, Federico contrajo matrimonio con Isabel de Brienne, heredera del Reino de Jerusalén. Tras la boda adoptó el título de rey de Jerusalén, desplazando a su suegro Juan de Brienne. La decisión reforzó sus derechos dinásticos, pero también aumentó la tensión con la nobleza del reino y con quienes consideraban que Federico utilizaba la causa de Tierra Santa para ampliar su poder imperial.8

La excomunión de Federico II

El conflicto con Gregorio IX

Gregorio IX exigió a Federico el cumplimiento de su voto. En septiembre de 1227, el emperador embarcó desde Brindisi, pero regresó poco después. Federico alegó enfermedad y la muerte inminente de uno de los principales participantes de la expedición. El papa consideró insuficientes esas razones, dado el historial de aplazamientos, y excomulgó al emperador.3,9

La excomunión no era una simple censura administrativa. Dentro del orden jurídico y espiritual medieval, constituía la exclusión de la comunión eclesial y una declaración pública de que el sancionado había roto gravemente sus obligaciones con la Iglesia. La medida afectaba también a la legitimidad religiosa de una empresa presentada como cruzada, puesto que el emperador ya no podía actuar pacíficamente como jefe de una expedición bendecida por el papa.

Federico volvió a prometer la partida, pero Gregorio IX mantuvo la sanción y negó que un emperador excomulgado pudiera emprender legítimamente una guerra santa en nombre de la Iglesia. El papa liberó a los cruzados del juramento de fidelidad que los vinculaba al emperador y rechazó conceder su bendición a la expedición.3

La partida contra la voluntad pontificia

Federico embarcó finalmente el 28 de junio de 1228, acompañado por un contingente relativamente reducido. Su viaje no contó con la aprobación papal. El emperador pretendía demostrar que podía cumplir su voto y recuperar Jerusalén pese a la censura pontificia. La expedición adquirió así una naturaleza paradójica: estaba relacionada con una obligación asumida ante la Iglesia, pero la emprendía un soberano que permanecía fuera de la comunión eclesial por causa de su excomunión.3,9

La Santa Sede no consideró que el mero desplazamiento de Federico convirtiera automáticamente la empresa en una cruzada legítima. La recuperación física de una ciudad santa y la legitimidad espiritual de la acción constituían realidades distintas. Federico podía obtener un éxito político o militar; sin embargo, la Iglesia no reconocía sin más ese éxito como fruto de una cruzada canónicamente autorizada.

Desarrollo de la expedición

Llegada a Tierra Santa

Federico llegó a Acre en septiembre de 1228. Allí encontró una situación política compleja. El Reino de Jerusalén padecía divisiones entre la monarquía, los barones locales, las órdenes militares y los partidarios del emperador. Además, una parte de la nobleza rechazaba el gobierno directo de Federico y desconfiaba de su intención de imponer una administración imperial sobre los territorios cristianos de Oriente.8

La reducida fuerza militar de Federico y la falta de respaldo pontificio hacían arriesgada una campaña prolongada. El emperador también debía tener en cuenta la situación del sultanato ayubí, gobernado por al-Malik al-Kamil, sultán de Egipto. El poder musulmán atravesaba conflictos internos y rivalidades entre distintos miembros de la familia de Saladino. Federico aprovechó esas divisiones para negociar.

La opción diplomática

Federico II había mantenido contactos diplomáticos con al-Kamil antes de su llegada a Tierra Santa. Ambos soberanos compartían intereses políticos inmediatos: el sultán deseaba evitar una invasión cristiana y Federico necesitaba obtener un resultado visible sin comprometerse en una guerra difícil con un ejército pequeño y bajo censura eclesiástica.

Las conversaciones culminaron en un tratado firmado en Jaffa en febrero de 1229. El acuerdo devolvió a los latinos Jerusalén, Belén y Nazaret, así como los caminos de peregrinación que comunicaban determinados lugares santos con la costa. El pacto también contemplaba una tregua de diez años y medio. A cambio, el área del antiguo Templo -el Haram al-Sharif- permanecía bajo control musulmán, y Jerusalén no podía convertirse en una plaza fuertemente fortificada.4,10

El acuerdo no equivalía a una conquista militar. Federico no derrotó en batalla al sultanato ni ocupó Jerusalén por la fuerza. Su éxito consistió en obtener la cesión temporal de la ciudad mediante una negociación basada en la situación política de al-Kamil y en el valor que ambas partes concedían a la estabilidad regional.

Jerusalén y la coronación de 1229

Federico entró en Jerusalén y el 18 de marzo de 1229 asumió la corona en la iglesia del Santo Sepulcro. La ceremonia careció de una coronación eclesiástica ordinaria. Ningún representante pontificio presidió el acto y Federico continuaba excomulgado. Por ello, la ceremonia poseía un carácter esencialmente político y dinástico, no la forma de una coronación sacramental o litúrgica reconocida por la Iglesia.8,9

La ausencia de una autoridad eclesiástica que legitimara el acto resultaba especialmente significativa en Jerusalén. El emperador había recuperado materialmente la Ciudad Santa, pero no podía presentar esa recuperación como una acción plenamente integrada en la obediencia pontificia. La ciudad estaba de nuevo bajo administración latina, pero el modo de obtención y la condición canónica de su principal protagonista provocaban una profunda ambigüedad.

La presencia cristiana resultante fue además frágil. Jerusalén carecía de fortificaciones adecuadas y su defensa dependía de un acuerdo temporal con el sultán. El tratado no eliminó la soberanía musulmana sobre todos los espacios religiosos de la ciudad ni garantizó una seguridad permanente para el Reino de Jerusalén.10

La dimensión penitencial de la Sexta cruzada

La cruzada como penitencia pública

La cruzada medieval no puede reducirse a una expedición militar destinada a conquistar territorios. La toma de la cruz constituía un acto público de penitencia. El cruzado aceptaba una disciplina espiritual, asumía riesgos personales y se comprometía a abandonar temporalmente su vida ordinaria para cumplir una obra considerada meritoria dentro del orden penitencial de la Iglesia.

La tradición asociada al Concilio de Clermont vinculaba la peregrinación armada a Jerusalén con una conversión de vida y con la remisión de la penitencia impuesta por los pecados confesados. La indulgencia no significaba una autorización para pecar ni una compra del perdón divino: presuponía la contrición, la confesión y la disposición interior del penitente.5,6,7

La cruzada exigía, por tanto, una relación ordenada entre arrepentimiento personal, obediencia eclesial y servicio a la comunidad cristiana. El simple uso de la cruz o el viaje a Tierra Santa no bastaban para garantizar la legitimidad espiritual de la empresa. La autoridad que convocaba la cruzada debía discernir su finalidad, establecer sus condiciones y custodiar su dimensión religiosa.

El problema de la excomunión

La condición de Federico planteaba una contradicción central. El emperador había tomado la cruz y afirmaba cumplir su voto, pero Gregorio IX lo consideraba excomulgado y no le reconocía el derecho a dirigir una guerra santa mientras persistiera la censura. El emperador podía realizar una acción favorable a los intereses territoriales del Reino de Jerusalén, pero esa acción no recibía automáticamente la legitimidad espiritual de una cruzada pontificia.3,9

La reconciliación posterior modificó la situación política, pero no transformó retrospectivamente cada decisión de Federico en un acto aprobado desde el comienzo por la Iglesia. Tras el regreso del emperador, el Tratado de San Germano de 1230 permitió levantar la excomunión después de nuevas negociaciones y concesiones. El acuerdo puso fin temporalmente al enfrentamiento abierto entre Federico y Gregorio IX, aunque no resolvió la rivalidad de fondo entre ambos poderes.3,9

La autoridad del papa y el poder del emperador

Dos concepciones de la Cristiandad

La Sexta cruzada puso de manifiesto una tensión característica de la Europa del siglo XIII: la disputa entre la potestad temporal del emperador y la autoridad espiritual del papa en la dirección de la Cristiandad.

Federico II concebía el Imperio como una autoridad universal con capacidad para organizar el orden político de Europa y del Mediterráneo. Su título imperial y su condición de rey de Sicilia y de Jerusalén le permitían presentarse como el soberano natural de la causa oriental. Desde esta perspectiva, el emperador podía considerar que el cumplimiento de su voto le correspondía directamente, incluso cuando el papa rechazaba su conducta política.

Gregorio IX defendía una concepción distinta. El papa no pretendía necesariamente ejercer cada función temporal propia de los reyes, pero sostenía que la Iglesia poseía autoridad sobre las materias relacionadas con la salvación, el pecado, los juramentos, la disciplina eclesiástica y la defensa de la Cristiandad. La cruzada pertenecía precisamente a ese ámbito porque implicaba predicación, penitencia, indulgencia y obediencia religiosa.11

La disputa sobre la dirección de la cruzada

La controversia no consistía únicamente en decidir quién mandaría un ejército. También afectaba a la pregunta fundamental de quién podía convertir una guerra en cruzada. Federico podía disponer de tropas, recursos navales y derechos dinásticos, pero el papa controlaba los instrumentos espirituales que daban a la empresa su carácter penitencial: la convocatoria, la predicación, la indulgencia y la disciplina de los votos.

La posición pontificia sostenía que un soberano no podía utilizar unilateralmente el lenguaje de la cruzada para reforzar su autoridad política mientras desobedecía a la Iglesia. La posición imperial, en cambio, tendía a presentar el éxito en Tierra Santa como una prueba de que la eficacia política del emperador podía prevalecer incluso contra la censura papal.

La rivalidad se extendía también a Italia. La unión de Sicilia con el Imperio amenazaba el equilibrio territorial de los Estados Pontificios. Federico intentaba reforzar una monarquía centralizada en Italia, mientras Gregorio IX consideraba que la independencia de las ciudades lombardas y la seguridad del patrimonio de San Pedro resultaban necesarias para preservar la libertad de la Iglesia.3,12

El alcance de la autoridad pontificia

La autoridad papal medieval no funcionaba como un poder político moderno con control directo sobre todos los territorios cristianos. Incluso los pontífices más firmes distinguían entre la jurisdicción espiritual y la administración ordinaria de los reinos. La intervención papal encontraba su fundamento propio en asuntos relacionados con el pecado, la paz, los juramentos y la defensa de la Iglesia, no en una sustitución general de todas las autoridades civiles.11

En el caso de Federico, Gregorio IX ejerció la autoridad eclesiástica mediante la excomunión, la retirada de la bendición y la liberación de los cruzados respecto del juramento de obediencia. El emperador conservó, sin embargo, una considerable fuerza política. Muchos príncipes y obispos continuaron apoyándolo, y la sanción no produjo el efecto de aislarlo por completo dentro del Imperio.3

Recepción del resultado

Un éxito territorial

La recuperación de Jerusalén en 1229 constituyó un éxito diplomático notable. Por primera vez desde 1187, los latinos volvieron a controlar la Ciudad Santa y recuperaron también Belén, Nazaret y ciertos itinerarios de peregrinación. El acuerdo permitió restaurar durante un tiempo la presencia política cristiana en Jerusalén sin afrontar una batalla de resultado incierto.2,4

La estrategia de Federico mostró que la diplomacia podía alcanzar objetivos que los ejércitos cruzados no habían conseguido. El emperador comprendió que al-Kamil prefería ceder temporalmente determinados territorios antes que arriesgar la estabilidad de sus dominios en una guerra general. El pacto aprovechó las divisiones internas del mundo ayubí y la necesidad mutua de ganar tiempo.

Un éxito controvertido

El resultado provocó reacciones contradictorias. Los partidarios de Federico podían presentarlo como una prueba de su capacidad para cumplir el voto y recuperar Jerusalén sin someterse a la dirección pontificia. Los partidarios del papa veían en la expedición una desobediencia peligrosa y consideraban inválida su pretensión de actuar como jefe de una cruzada mientras permanecía excomulgado.

El carácter pacífico del acuerdo también generó reservas entre quienes esperaban una conquista militar. Federico no consiguió todos los objetivos de la cruzada tradicional: Jerusalén no quedó fortificada, el recinto del Templo permaneció bajo dominio musulmán y la tregua tenía una duración limitada. El control latino dependía, además, de la cooperación de sectores locales y de la capacidad de mantener la paz con el sultanato egipcio.10

La hostilidad de los barones de Tierra Santa

La nobleza del Reino de Jerusalén no aceptó de forma unánime la autoridad imperial. Federico nombró representantes y trató de afirmar su control sobre el reino, pero los barones defendieron sus propias libertades y sus derechos políticos. La oposición entre el partido imperial y la aristocracia local debilitó la unidad del reino.

Tras el regreso de Federico, la administración imperial perdió terreno. En 1232, los adversarios del emperador derrotaron a sus fuerzas en Chipre y limitaron su influencia a posiciones concretas, entre ellas la guarnición de Tiro. En 1243, la corte de los barones declaró terminada la regencia imperial y reclamó una solución conforme a los derechos dinásticos del Reino de Jerusalén.8

Consecuencias

Pérdida posterior de Jerusalén

La recuperación de 1229 fue temporal. En 1239, Jerusalén volvió a caer en manos musulmanas; en 1243 regresó brevemente a los latinos, pero una incursión de los jorezmitas provocó la conquista definitiva de la ciudad en septiembre de 1244. La violencia de aquella reconquista causó la muerte de miles de cristianos y puso fin a la presencia política latina estable en Jerusalén.8,10

Desde entonces, Acre se convirtió en el principal centro del Reino de Jerusalén. El reino conservó algunos territorios y fortalezas en la costa, pero nunca recuperó la posición estratégica y simbólica que había disfrutado antes de 1187. La pérdida de Jerusalén impulsó nuevas iniciativas cruzadas, especialmente las dirigidas por Luis IX de Francia.2,8

Deterioro de las relaciones entre el papado y el Imperio

La Sexta cruzada no resolvió la rivalidad entre Gregorio IX y Federico II. La reconciliación de 1230 tuvo carácter provisional. El conflicto resurgió por la política imperial en Lombardía, la administración de Sicilia y la pretensión de Federico de ampliar su dominio sobre Italia. Gregorio IX volvió a excomulgar al emperador en 1239 y promovió una oposición política contra él.3,9

La experiencia mostró los límites de una cruzada dirigida por un soberano que no aceptaba plenamente la tutela espiritual del papa. También reveló las dificultades de mantener unida la Cristiandad latina cuando los intereses dinásticos, imperiales, pontificios y locales competían entre sí.

El precedente de la diplomacia

La Sexta cruzada dejó un precedente singular en la historia de las cruzadas. La recuperación de Jerusalén no llegó mediante una victoria militar, sino mediante un acuerdo diplomático entre dos soberanos. La negociación podía proteger temporalmente a los peregrinos y restablecer el culto cristiano en los lugares santos, pero no garantizaba una solución duradera.

Desde una perspectiva histórica, la expedición demuestra que la cruzada no fue una realidad homogénea. Algunas campañas fueron grandes operaciones militares; otras combinaron peregrinación, negociación, presión política y defensa de enclaves cristianos. El caso de Federico II resulta especialmente complejo porque un éxito territorial coexistió con una grave irregularidad desde el punto de vista de la obediencia eclesial.

Valoración histórica y eclesial

La Sexta cruzada exige distinguir tres niveles que a menudo aparecen confundidos:

  • El nivel penitencial: la toma de la cruz implicaba una promesa pública de penitencia y servicio religioso.
  • El nivel político: Federico II actuó como emperador, rey de Sicilia y pretendiente al trono de Jerusalén.
  • El nivel eclesial: Gregorio IX había excomulgado al emperador y no autorizó ni bendijo su expedición.

La recuperación física de Jerusalén fue real, aunque temporal. Federico logró que la ciudad volviera a la administración latina durante un periodo limitado. Sin embargo, la legitimidad espiritual de esa recuperación no podía deducirse únicamente del resultado obtenido. La Iglesia no identificaba automáticamente el éxito político con la aprobación divina ni con la validez canónica de una cruzada. La censura contra Federico afectaba a la condición religiosa de su empresa, aunque no eliminara la importancia histórica del tratado ni el valor de la recuperación para los cristianos de Tierra Santa.

La expedición tampoco permite juzgar la penitencia cristiana como una mera técnica para obtener ventajas políticas. La penitencia auténtica exige contrición, confesión, conversión y obediencia a la disciplina de la Iglesia. La tradición eclesial vinculaba las obras penitenciales con una disposición interior sincera, no con la búsqueda de gloria, poder o beneficio personal.7,13,5

Importancia de la Sexta cruzada

La Sexta cruzada ocupa un lugar singular por varias razones:

  1. Fue la principal cruzada medieval obtenida mediante diplomacia, sin una campaña decisiva de conquista.
  2. Recuperó Jerusalén, Belén y Nazaret durante un periodo limitado.
  3. Estuvo dirigida por un emperador excomulgado, cuya actuación no contaba con la aprobación del papa.
  4. Puso de manifiesto la diferencia entre autoridad temporal y autoridad espiritual dentro de la Cristiandad medieval.
  5. Reveló la fragilidad del Reino de Jerusalén, dividido por conflictos dinásticos, nobiliarios e imperiales.
  6. Anticipó el carácter provisional de los éxitos latinos en Tierra Santa, pues Jerusalén cayó de nuevo en 1239, regresó brevemente a manos cristianas en 1243 y quedó definitivamente perdida en 1244.

La Sexta cruzada no fue, por tanto, una simple victoria imperial ni un fracaso absoluto. Fue una empresa penitencial de origen eclesial que Federico II transformó en una operación diplomática autónoma; alcanzó un resultado territorial considerable, pero bajo una censura que impidió identificar plenamente ese resultado con una cruzada legítima en sentido pontificio. Su historia resume la complejidad religiosa, política y jurídica de las cruzadas del siglo XIII.

Citas y referencias

  1. Cruzadas. Catholic Encyclopedia, Cruzadas (1913). 2 3 4 5
  2. Cruzadas, la, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Cruzadas, La (2015). 2 3 4 5
  3. Papa Gregorio IX. Catholic Encyclopedia, Gregorio IX (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  4. Palestina, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Palestina (2015). 2 3
  5. El sacramento de la penitencia. Catholic Encyclopedia, El sacramento de la penitencia (1913). 2 3
  6. Sobre la preparación del año santo - Responsabilidades de los peregrinos, Papa Benedicto XIV. Apostolica Constitutio, 7 (1749). 2
  7. Constituciones, Documento del Concilio. Segundo Concilio de Lyon (1274 d.C.), I (1274). 2 3
  8. Reino latino de Jerusalén (1099-1291). Catholic Encyclopedia, Reino latino de Jerusalén (1099-1291) (1913). 2 3 4 5 6
  9. Federico II. Catholic Encyclopedia, Frederick II (1913). 2 3 4 5 6
  10. Jerusalén (después de 1291). Catholic Encyclopedia, Jerusalén (Después de 1291) (1913). 2 3 4
  11. Arbitraje papal. Catholic Encyclopedia, Arbitraje papal (1913). 2
  12. Guelfos y gibelinos. Catholic Encyclopedia, Guelfos y gibelinos (1913).
  13. Papa León XIII. Quod Auctoritate, 4 (1885).
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