La hora sexta romana, equivalente a nuestro mediodía, ya era un momento propicio para la oración entre los judíos, junto con Tercia y Nona1. Los Hechos de los Apóstoles mencionan a San Pedro orando en la parte superior de una casa a la hora sexta (Hch 10,9), lo que subraya su importancia como tiempo de descanso y devoción1.
Los Padres de la Iglesia, como San Ambrosio, Orígenes y San Agustín, destacaron el profundo simbolismo de esta hora. El mediodía, cuando el sol alcanza su cenit, es visto como una imagen del esplendor divino y la plenitud de la gracia de Dios1. Se recuerda que a la hora sexta Abraham recibió a los tres ángeles, una prefiguración de la Trinidad, y también fue el momento en que Adán y Eva comieron del fruto prohibido1. Sin embargo, el significado más trascendente de Sexta es que fue la hora en que Cristo fue clavado en la Cruz, una memoria que ha dejado una huella visible en la liturgia de esta hora1.
Estas razones místicas y tradiciones impulsaron a los cristianos a elegir la hora sexta como un momento de oración, considerándola tan importante como Tercia y Nona desde el siglo III1. La costumbre litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, ha conservado estas horas, principalmente porque conmemoran los eventos de la Pasión de nuestro Señor y la primera predicación del Evangelio2.
