La sexualidad humana afecta todas las dimensiones de la persona en la unidad de su cuerpo y alma, concerniendo especialmente la afectividad, la capacidad de amar y procrear, y la aptitud para formar vínculos de comunión con los demás.1 No es un aspecto simplemente biológico, sino que se realiza de manera verdaderamente humana cuando forma parte integral del amor con el que un hombre y una mujer se comprometen totalmente el uno con el otro hasta la muerte.3
Dios creó la sexualidad como un maravilloso regalo para sus criaturas, que debe cultivarse y dirigirse para evitar el empobrecimiento de su valor auténtico.4 San Juan Pablo II enfatizó que la diferenciación sexual no solo es fuente de fecundidad y procreación, sino que posee la capacidad de expresar el amor en el que la persona humana se convierte en don.5 Esta visión rechaza reducir la sexualidad a un instinto animal, reconociendo en ella un lenguaje interpersonal que toma en serio la dignidad sagrada e inviolable del otro.5
La sexualidad es un componente fundamental de la personalidad, uno de sus modos de ser, de manifestarse, de comunicar con los demás, de sentir, de expresar y de vivir el amor humano.2
En el marco de la creación, hombre y mujer son llamados a existir mutuamente «uno para el otro», realizándose plenamente en una comunión recíproca de don.6 Esta perspectiva trasciende el naturalismo puro, integrando la libertad racional con la estructura espiritual y corporal del ser humano.7
