El término Siervo de Dios designa, en primer lugar, a aquel fiel difunto cuya causa de beatificación y canonización se encuentra en fase inicial. Según las normas de la Iglesia, este título se otorga tras la presentación de una petición formal por parte del postulante, acompañada de una biografía detallada y cronológica de la vida del candidato, sus virtudes o martirio, y su reputación de santidad.1 No se omite nada que pueda ser contrario o menos favorable a la causa, garantizando así la objetividad del proceso.1
Teológicamente, el título remite al servicio humilde y obediente ante Dios, inspirado en la tradición bíblica. En el Catecismo de la Iglesia Católica, se vincula al reconocimiento de la grandeza divina, exhortando a «servir a Dios primero».2 Este servicio no es mera sumisión, sino una participación en la misión redentora, como se ve en la figura de Cristo, el Siervo sufriente que asume la forma de siervo por amor a la humanidad.3,4

