La tradición exegética identifica cuatro cánticos principales del Siervo de Yahvé, que progresan desde la elección y misión universal hasta el sufrimiento vicario y la vindicación final.
Primer cántico (Isaías 42:1-9)
En este pasaje, Yahvé proclama: «Aquí está mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, que agrada a mi alma. He puesto en él mi espíritu; él promulgará el derecho a las naciones». El Siervo actúa con mansedumbre: «No gritará ni alzará la voz, ni se oirá su voz en las plazas», simbolizando una autoridad no violenta que no quebrará la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde. Su misión es universal, abriendo ojos ciegos y liberando prisioneros.
Segundo cántico (Isaías 49:1-6)
Aquí, el Siervo habla en primera persona: «Escuchad, islas, escuchadme, pueblos lejanos: Yahvé me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre». Formado como una flecha aguda, lamenta haber trabajado en vano, pero Yahvé lo expande: «Es poco que seas mi siervo para restaurar las tribus de Jacob… Te haré luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra». Subraya la dimensión gentil y la fidelidad divina pese al rechazo.
Tercer cántico (Isaías 50:4-11)
El Siervo describe su obediencia: «El Señor Yahvé me ha dado lengua de discípulo para saber decir una palabra a tiempo al abatido». Acepta azotes y escarnios sin rebelarse: «Ofrecí la espalda a los que me azotaban… No escondí el rostro ante ultrajes e insultos». Confía en la ayuda de Dios, contrastando con quienes confían en ídolos.
Cuarto cántico (Isaías 52:13-53:12)
El clímax profético detalla el sufrimiento redentor: «Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores… Ciertamente llevó él nuestras dolencias y cargó con nuestros dolores». Muerto como víctima por los pecados ajenos, «por su llaga fuimos nosotros curados», y justifica a muchos al cargar con sus culpas. Yahvé lo exalta, dividiendo el botín con los fuertes.