Los sacramentos son definidos como «signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales la vida divina nos es dispensada»1. Esta definición subraya dos componentes esenciales que constituyen cada sacramento:
La materia: Se refiere a los elementos físicos o acciones sensibles que se emplean. Puede ser un elemento material como el agua, el pan, el vino o el aceite, o una acción elocuente como la imposición de manos o el consentimiento matrimonial2,3.
La forma: Comprende las palabras y oraciones específicas que el ministro pronuncia, junto con los gestos que realiza, para invocar la gracia4,3.
La materia y la forma deben ser coherentes y apropiadas para el signo que se desea realizar5. San Agustín afirmó: «Se une la palabra al elemento y se hace el sacramento»5. La eficacia del sacramento radica en que Cristo mismo obra en ellos, comunicando la gracia que cada uno significa6.
