El centro espiritual de Signum Magnum reside en la imitación de las virtudes de María. Pablo VI recuerda que la imitación de Jesucristo constituye el camino principal de la santidad. Sin embargo, afirma que la Virgen ofrece a los cristianos el ejemplo humano más cercano de obediencia perfecta a la voluntad del Padre.
La expresión tradicional «por María hacia Jesús» no significa que María sustituya a Cristo ni que constituya un obstáculo para la relación directa con él. Al contrario, su función consiste en conducir a Cristo. María muestra, desde la condición humana, cómo acoger la gracia, escuchar la palabra de Dios y responder con obediencia amorosa.
La exhortación vincula así la devoción mariana con la cristología. María no constituye el término último de la fe cristiana: el término último es Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. La Virgen ayuda a los creyentes a reproducir en su propia vida la actitud de Cristo, que hizo siempre la voluntad del Padre.
María, nueva Eva
Pablo VI presenta a María como la nueva Eva, título arraigado en la tradición de los Padres de la Iglesia. Eva aparece en el Génesis vinculada a la desobediencia; María, en cambio, recibe la palabra divina y responde mediante la fe y la obediencia. Su consentimiento participa de manera singular en el comienzo histórico de la encarnación del Verbo.
La Virgen aparece también como la «hija excelsa de Sion», culminación de la esperanza del Antiguo Testamento y aurora del Nuevo. En ella confluyen las expectativas de Israel y comienza una etapa decisiva de la historia de la salvación. Su fiat manifiesta la acogida creyente de la iniciativa de Dios, mientras que el Magnificat expresa la alabanza de quien reconoce la grandeza divina y la propia condición humilde.
Este planteamiento permite comprender la devoción mariana desde una perspectiva bíblica y teológica. María no es venerada solo por sus privilegios, sino también por su respuesta personal a la gracia. La grandeza de su maternidad divina está inseparablemente unida a su fe.
María como modelo de la Iglesia
Signum Magnum sostiene que Cristo entregó a María como madre de los discípulos y, al hacerlo, la presentó también como modelo de la Iglesia. La Iglesia contempla en ella la realización anticipada de aquello que está llamada a vivir: la escucha de la palabra, la fidelidad, la humildad, la cooperación con la gracia y la perseverancia junto a la cruz.
María representa la Iglesia no porque se confunda con ella, sino porque personifica eminentemente su vocación. La Iglesia recibe la palabra de Dios, la conserva, la anuncia y procura hacerla fecunda en la historia. María vivió esta dinámica de modo singular desde la anunciación hasta Pentecostés y la plenitud de su glorificación.
La maternidad espiritual de María posee, en la exhortación, una dimensión permanente. Su presencia maternal acompaña la historia de la Iglesia y no queda limitada al período de la vida terrena de Jesús. Pablo VI llega a considerar legítimo hablar de una «época mariana», no para dividir la historia de la Iglesia en períodos excluyentes, sino para reconocer que la presencia materna de María actúa en todas las épocas.