La silla consistía en un sillón ricamente adornado, cubierto de seda y fijado sobre una base o escabel. A cada lado de la base había dos anillas doradas por las que pasaban largas varas. Doce palafreneros, vestidos de rojo, sostenían las varas sobre los hombros y transportaban el conjunto. Dos grandes abanicos de plumas blancas, llamados flabella, acompañaban la silla a ambos lados.1
Los flabella eran abanicos ceremoniales de tradición litúrgica. En la Iglesia antigua, el flabelo servía para ahuyentar insectos de las especies eucarísticas y del celebrante; el uso latino de ese instrumento litúrgico desapareció hacia el siglo XIV. Más tarde, los abanicos también adquirieron una función honorífica y acompañaron a obispos y príncipes. En el ceremonial pontificio, su presencia junto a la silla gestatoria conservaba esa asociación con la solemnidad y el honor.4



