El fuego eterno e increado
La exposición más detallada del pensamiento simoniano procede de la obra conocida como La gran Declaración, transmitida y discutida por Hipólito. Según esa doctrina, la realidad primordial era un ser eterno e ingénito identificado con el fuego. Este fuego poseía una dimensión oculta e invisible y otra manifiesta y visible.
Del aspecto oculto emanaban seis raíces o poderes organizados en parejas. Los simonianos vinculaban esas potencias con estructuras cósmicas como el cielo y la tierra, el sol y la luna, el aire y el agua. Una séptima potencia, denominada el que permanece en pie, contenía y superaba a las seis anteriores.
Esta concepción presenta rasgos de emanación: el universo surge mediante despliegues sucesivos de la realidad divina, y las potencias cósmicas participan del poder originario. El sistema no concibe la creación principalmente como el acto libre de un Dios personal que produce el mundo de la nada, sino como la manifestación progresiva de una realidad primordial.
Ennoia y Helena
La dimensión femenina de la realidad primordial recibía el nombre de Ennoia, término griego que puede traducirse como «pensamiento», «idea» o «concepción». Ennoia aparecía como madre de los eones y como principio generador del orden espiritual.
La tradición simoniana afirmaba que las potencias inferiores mantenían cautiva a Ennoia. Esta habría descendido a diversas formas corporales y pasado de un cuerpo a otro hasta aparecer finalmente en Helena, compañera de Simón. El propio Simón representaría la potencia suprema enviada para liberarla.
La historia de Simón y Helena posee un sentido mítico: presenta la salvación como recuperación de una realidad divina aprisionada en el mundo material. El redentor no aparece principalmente como el Hijo de Dios encarnado que vence el pecado mediante su muerte y resurrección, sino como una potencia cósmica que revela el origen divino del alma y libera a Ennoia de su condición degradada.
El «que permanece en pie»
La expresión «el que permanece en pie» designaba la séptima potencia, superior a las seis raíces. Los simonianos la identificaban con el Espíritu de Dios que aparece sobre las aguas en el relato de la creación. Cuando esta potencia se manifestaba plenamente en el mundo, poseía la misma grandeza que el poder ilimitado del ser ingénito.
La doctrina presentaba así una estructura en la que lo divino se despliega en diversos niveles. El conocimiento de esas potencias permitía comprender la verdadera naturaleza del universo y reconocer la misión de Simón.
La identificación de Simón con la divinidad
Ireneo de Lyon atribuye a los simonianos la enseñanza de que Simón se manifestó entre los judíos como Hijo, en Samaria como Padre y entre los demás pueblos como Espíritu Santo. Esta concepción convertía a Simón en una figura que asumía sucesivamente distintos modos de aparición divina.
La tradición catequética de Cirilo de Jerusalén describe una doctrina semejante: Simón habría pretendido ser el Padre en el Sinaí, Cristo entre los judíos y el Espíritu Santo prometido por Cristo.
Desde la perspectiva cristiana, esta doctrina constituye una falsificación de la revelación trinitaria. La fe católica confiesa un solo Dios en tres personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, no una misma persona que adopta sucesivamente tres apariencias históricas.