El concepto de «sínodo», derivado de las palabras griegas «συν» (con) y «όδός» (camino), evoca la idea de un «camino común» de los cristianos o la asamblea de aquellos que han sido convocados por Dios3. Históricamente, se refiere a asambleas eclesiales convocadas en varios niveles para discernir cuestiones doctrinales, litúrgicas, canónicas y pastorales a la luz de la Palabra de Dios y la escucha del Espíritu Santo3.
La institución del Sínodo de los Obispos se remonta a las solicitudes surgidas durante el Concilio Vaticano II2. El 14 de septiembre de 1965, el Papa Pablo VI anunció a los Padres Conciliares su decisión de establecer un organismo conocido como el Sínodo de los Obispos2. Al día siguiente, promulgó el Motu Proprio Apostolica Sollicitudo, instituyendo formalmente el Sínodo de los Obispos2,3. Este organismo fue concebido como una institución eclesiástica central, que representa a todo el episcopado católico, de naturaleza perpetua y que ejerce su función temporalmente cuando es convocado2. La inspiración y el fundamento teológico para su institución fue la enseñanza de Lumen Gentium sobre la colegialidad, que establece que todos los obispos de la Iglesia, con el Papa a la cabeza, forman un único colegio con autoridad suprema y plena sobre la Iglesia universal3.
Desde su creación, el Sínodo ha celebrado numerosas Asambleas Sinodales, que han demostrado ser un instrumento valioso para el conocimiento compartido entre los obispos, la oración común, el intercambio honesto, la profundización de la doctrina cristiana, la reforma de las estructuras eclesiásticas y la promoción de la actividad pastoral en todo el mundo1. El Papa Juan Pablo II y, más recientemente, el Papa Francisco, han enfatizado la importancia de mejorar este instrumento para expresar más plenamente la responsabilidad pastoral colegial6.
