El regalismo de la Toscana
El sínodo tuvo lugar durante el gobierno de Pedro Leopoldo de Habsburgo-Lorena, gran duque de Toscana desde 1765 y futuro emperador Leopoldo II. Leopoldo siguió una política eclesiástica semejante a la de su hermano José II en Austria: el poder civil pretendía regular numerosos aspectos de la vida interna de la Iglesia, desde la administración de las diócesis hasta la liturgia y la disciplina del clero.1,2
En 1785, el gran duque envió a los obispos toscanos cincuenta y siete cuestiones relativas a materias doctrinales, disciplinares y litúrgicas. Su propósito consistía en promover sínodos diocesanos periódicos y preparar una reforma general de la Iglesia en el territorio. Leopoldo presentaba esta política como una recuperación de los derechos propios de los obispos frente a lo que consideraba una excesiva intervención de la Curia romana.1,2
De los dieciocho obispos toscanos, solo tres convocaron sínodos en respuesta a la iniciativa ducal. Scipione de’ Ricci fue el único que apoyó plenamente el programa reformista de Leopoldo.1
Jansenismo, galicanismo y febronianismo
El ambiente intelectual del sínodo reunía varias corrientes críticas con la centralización romana:
- El jansenismo defendía una visión rigorista de la gracia y de la moral, además de una fuerte oposición a la teología jesuítica y a diversas prácticas devocionales.
- El galicanismo atribuía a los obispos y a los concilios una autonomía considerable frente al papa.
- El regalismo concedía al soberano amplias competencias sobre asuntos eclesiásticos.
- El febronianismo, inspirado en las ideas de Febronio, buscaba reducir la autoridad efectiva del papa y aumentar la independencia de las Iglesias locales.
Las resoluciones de Pistoya combinaron especialmente el galicanismo y el jansenismo, dentro de un marco político regalista.3,4
