Formación bíblica
El Sínodo promovió una relación más íntima y habitual de los creyentes con la Biblia. La Iglesia necesita comunidades capaces de escuchar, comprender, celebrar y vivir la Palabra de Dios. Esa tarea exige formación bíblica, teológica y espiritual, tanto para los ministros ordenados como para los consagrados y los fieles laicos.
La renovación bíblica no consiste solo en aumentar los conocimientos intelectuales. La finalidad consiste en conocer a Cristo y dejar que el Evangelio transforme el corazón y oriente la existencia. Benedicto XVI recordó, en este contexto, la enseñanza tradicional de san Jerónimo: ignorar las Escrituras equivale a ignorar a Cristo.
Lectura personal y comunitaria
La asamblea favoreció una lectura de la Biblia que uniera la reflexión personal con la vida eclesial. El creyente puede leer y meditar las Escrituras en privado, pero la comprensión plena de la Palabra requiere también la comunión de la Iglesia, la liturgia, la enseñanza y la tradición interpretativa cristiana.,
La comunidad cristiana necesita crear espacios de escucha y formación, especialmente para los jóvenes y para quienes buscan sinceramente el sentido de la vida. La actividad bíblica entre los laicos y la formación de animadores de grupos aparecen como instrumentos importantes para extender el conocimiento de la fe.
Evangelización
La Palabra de Dios impulsa la misión de la Iglesia. El anuncio del Evangelio constituye su razón de ser, y la Iglesia tiene la responsabilidad de acercar a Cristo a quienes todavía no lo conocen. El Sínodo vinculó esta tarea con la urgencia de una nueva evangelización.,
La misión evangelizadora no puede reducirse a transmitir contenidos doctrinales. El anuncio debe brotar de una relación viva con Cristo y traducirse en obras de amor. La proclamación del Evangelio adquiere credibilidad cuando la comunidad cristiana practica aquello que anuncia.
Inculturación
La asamblea contempló la diversidad cultural de la Iglesia como una riqueza para la comprensión de la Palabra. Los pueblos necesitan escuchar el Evangelio en sus propias lenguas y dentro de sus culturas, sin separar la fe de la vida concreta de cada comunidad.
La universalidad cristiana no elimina la diversidad de pueblos y tradiciones. Al contrario, la presencia de distintas culturas permite percibir con mayor amplitud la riqueza de la experiencia humana y la profundidad de la Palabra de Dios.
Ecumenismo y diálogo interreligioso
La participación de delegados fraternos manifestó la dimensión ecuménica del Sínodo. Las Iglesias y comunidades cristianas comparten la veneración por las Escrituras y pueden colaborar en su estudio, proclamación y difusión.
La presencia de un rabino puso también de relieve la relación del cristianismo con las Escrituras hebreas. La Iglesia reconoce que el Antiguo Testamento forma parte de sus propias Escrituras y que la comprensión cristiana de la revelación mantiene una relación inseparable con la historia bíblica de Israel.