La virtud de la humildad es el remedio verdadero y más eficaz para combatir la soberbia,. La humildad abre a la persona a Dios y al prójimo, capacitándola para recibir el poder transformador y liberador de Dios. Como enseña San Juan Crisóstomo, la humildad es el fundamento más fuerte, una muralla inamovible y una fortaleza impenetrable que sostiene todo el edificio espiritual y lo hace inaccesible a los ataques.
La humildad no denigra a la persona, sino que le permite reconocer su verdadera dignidad como hijo de Dios. Para Santo Tomás de Aquino, la humildad implica una correcta valoración de los propios dones y talentos, aceptando las limitaciones personales (naturales y sobrenaturales) bajo la guía de Dios. Se basa en la reverencia que el ser humano debe a Dios, denotando la sujeción del hombre a Él.
La humildad es también el fundamento de la oración. Solo cuando reconocemos humildemente que «no sabemos orar como conviene», estamos listos para recibir libremente el don de la oración, pues el hombre es un mendigo ante Dios. La humildad debe impregnar la oración de adoración, petición y contemplación, y ayuda a combatir la sequedad y la distracción en la perseverancia orante.
Para cultivar la humildad, se recomienda reflexionar sobre la propia naturaleza, la multitud de los pecados, la magnitud de los tormentos eternos y la naturaleza transitoria de las cosas de este mundo. También es útil considerar la propia debilidad, la grandeza de Dios y la imperfección de los bienes de los que uno se enorgullece. San Pablo nos recuerda: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4:7).
Jesús, con su propia vida, enseñó la humildad, lavando los pies de sus discípulos, recibiendo al traidor con un beso y mostrándose primero a mujeres humildes después de su resurrección. La Virgen María, en su Magnificat, canta a Dios que humilla a los soberbios y exalta a los humildes.