El soborno aparece cuando una persona ofrece o entrega una ventaja con el propósito de inducir a otra, obligada a actuar conforme a la justicia y al bien común, a tomar una decisión parcial o contraria a su deber. También existe soborno cuando alguien solicita o acepta esa ventaja a cambio de utilizar su cargo, influencia o función en beneficio de quien paga.
La ventaja indebida no tiene que consistir necesariamente en dinero. Puede adoptar formas diversas:
- regalos de valor desproporcionado;
- pagos ocultos o comisiones ilícitas;
- promesas de empleo o promoción;
- favores personales;
- condonación de deudas;
- acceso privilegiado a contratos o servicios;
- apoyo político;
- recomendaciones interesadas;
- ventajas sexuales;
- donaciones condicionadas a una decisión;
- intercambio de influencias;
- nombramientos obtenidos mediante contraprestación.
La antigua tradición moral católica define el soborno como el pago o la promesa de una ganancia para inducir a una persona, obligada a actuar sin buscar un beneficio privado, a realizar aquello que el sobornador pretende. El concepto se aplica especialmente a quienes ejercen funciones públicas, administran justicia, adjudican contratos, nombran cargos o ejecutan las leyes.1
El soborno no se reduce a una relación privada entre dos individuos. Su estructura habitual incluye una traición a la responsabilidad recibida. El funcionario, juez, administrador, elector, empresario, agente público o responsable eclesial no dispone legítimamente de su cargo como si fuera una propiedad personal. Su autoridad existe para servir a personas y comunidades conforme a la justicia.

