Fundación en París
La Sociedad nació en mayo de 1833, cuando Federico Ozanam y otros siete estudiantes de la Sorbona se reunieron en París para organizar una obra estable al servicio de los pobres. La primera iniciativa recibió el nombre de Conferencia de Caridad y, poco después, adoptó la denominación de Sociedad de San Vicente de Paúl. En sus comienzos también desempeñó un papel relevante Emmanuel Bailly, primer presidente de la asociación y director del periódico Tribune Catholique.1
El contexto social e intelectual de la fundación estuvo marcado por la pobreza urbana y por las críticas dirigidas contra el cristianismo por diversos movimientos sociales de la época. Ozanam y sus compañeros quisieron responder a esas críticas mediante una caridad cristiana visible, organizada y eficaz. Su propósito no consistía solo en defender doctrinalmente la fe, sino en mostrarla mediante obras concretas de misericordia.1
La elección de san Vicente de Paúl como patrono vinculó la nueva asociación con la tradición francesa de servicio a los pobres, los enfermos, los huérfanos, los presos y las personas abandonadas. La espiritualidad vicenciana había unido desde el siglo XVII la vida de oración con una atención práctica a las necesidades humanas.2
Expansión internacional
Desde París, la Sociedad se extendió progresivamente por numerosos países de Europa, América, Asia, África y Oceanía. Sus grupos locales recibieron el nombre de conferencias, denominación que expresa tanto la reunión fraterna de sus miembros como la dimensión espiritual y apostólica de su actividad.3
La expansión internacional dio lugar a una estructura articulada mediante consejos locales, territoriales y nacionales, coordinados por un consejo general establecido en París. Esta organización permitió mantener la unidad de la asociación y, al mismo tiempo, adaptar la acción caritativa a las circunstancias de cada lugar.3
La Iglesia ha reconocido la importancia de la Sociedad como asociación internacional de fieles laicos. Juan Pablo II exhortó a sus miembros a integrar su actividad en la vida de las Iglesias particulares, en colaboración con los obispos y con las instituciones diocesanas dedicadas a la caridad.4


