La tendencia humana a la asociación ha sido una constante a lo largo de la historia, y en la Iglesia Católica, esta inclinación natural ha dado lugar a diversas formas de agrupaciones piadosas. Ya en los primeros siglos del cristianismo, existían asociaciones de laicos en lugares como Constantinopla y Alejandría. Las leyes carolingias en Francia, durante los siglos VIII y IX, también mencionan confraternidades y gremios1.
Sin embargo, el concepto de confraternidad en el sentido moderno y más estructurado se remonta al siglo XIII. La primera confraternidad de este tipo se dice que fue fundada en París por el obispo Odón, quien falleció en 1208, bajo la advocación de la Santísima Virgen María1. A partir de entonces, surgieron numerosas otras congregaciones, como las del Gonfalón, la Santísima Trinidad y el Escapulario, entre los siglos XIII y XVI. Desde el siglo XVI en adelante, estas asociaciones piadosas se multiplicaron considerablemente1.
El Papa León XIII, en su encíclica Augustissimae Virginis Mariae de 1897, destacó la utilidad de estas asociaciones católicas, incluyendo clubes, cajas de ahorro populares, clases recreativas, asociaciones para el cuidado de la juventud y sodalicios. Señaló que, aunque sus nombres y constituciones pudieran parecer modernos, en realidad tenían una gran antigüedad, con rastros que se encontraban incluso en las primeras edades del cristianismo. Estas sociedades fueron legalmente aprobadas, distinguidas con emblemas especiales, enriquecidas con privilegios, asociadas al culto divino en las iglesias o dedicadas a obras de misericordia espiritual o corporal2.

