La iniciativa pertenece a Dios
La salvación comienza siempre con la iniciativa gratuita de Dios. El pecador no puede producir por sus propias fuerzas la gracia que lo reconcilia con el Señor. La justificación procede de la gracia de Cristo y no constituye una recompensa que el ser humano pueda exigir a Dios como si hubiera adquirido un derecho mediante obras naturales.
Santo Tomás de Aquino distingue dos sentidos de la palabra «justificar». En un primer sentido, una persona puede llamarse justa porque realiza actos justos. En un sentido más profundo, justificar significa hacer justo al pecador, y en ese sentido solo Dios puede justificar mediante la gracia.
Esta doctrina permite comprender la afirmación paulina de que nadie alcanza la justificación por las «obras de la ley». San Pablo combate la pretensión de obtener la salvación mediante la observancia de las prescripciones de la Ley mosaica, especialmente los signos distintivos del judaísmo, y también rechaza cualquier intento de conquistar la gracia mediante obras puramente naturales. No niega, sin embargo, la necesidad de la caridad, de la obediencia y de las obras realizadas bajo el impulso de la gracia.
La fe es necesaria
La fe es indispensable porque permite acoger a Cristo y reconocer en Él la fuente de la salvación. El ser humano no puede dirigirse a Dios como su fin sobrenatural sin conocerlo y confiar en su promesa. La fe orienta la inteligencia hacia Dios y dispone la voluntad a recibir su gracia.
La teología católica concede a la fe una función fundamental: la fe inicia el camino de la salvación y sostiene todos los demás actos de la conversión. La esperanza, la caridad, la contrición y la obediencia no sustituyen a la fe, sino que brotan de ella cuando la fe alcanza su forma plena.
La Iglesia distingue así entre una fe meramente intelectual y una fe viva. Una persona puede aceptar ciertas verdades religiosas sin entregarse realmente a Dios. Esa fe puede reconocer que Dios existe, pero no transforma necesariamente la conducta. La fe que justifica incluye la adhesión a Cristo, la confianza en Él, la aceptación de su palabra y la apertura de la voluntad a la gracia.
La fe debe estar vivificada por la caridad
La doctrina católica emplea tradicionalmente la expresión latina fides formata, que significa «fe formada» o «vivificada por la caridad». La caridad no añade una obra humana independiente al sacrificio de Cristo, sino que constituye la forma vital de la fe cristiana.
San Pablo enseña que en Cristo no cuentan los antiguos signos externos de pertenencia religiosa, sino «la fe que actúa por la caridad». La fe separada del amor no puede considerarse plenamente viva, porque el creyente queda unido a Cristo precisamente mediante la gracia y el amor sobrenatural.
La tradición católica contrapone la fides formata a la fides informis, es decir, una fe sin la forma de la caridad. La segunda puede conservar cierto asentimiento intelectual, pero carece de la vida sobrenatural que conduce a la unión con Dios. La enseñanza atribuida a san Agustín resume esta distinción: la fe puede existir sin la caridad, pero sin ella no aprovecha para la salvación.