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Sola Scriptura (Solo la Escritura)

Sola Scriptura, expresión latina que significa «solo la Escritura», designa un principio teológico asociado principalmente con la Reforma protestante del siglo XVI. En su formulación clásica, afirma que la Sagrada Escritura constituye la única norma infalible y suprema de la fe y de la vida cristianas. La doctrina católica reconoce la autoridad única de Dios y la inspiración divina de la Biblia, pero rechaza que la Escritura pueda separarse de la Tradición apostólica y del Magisterio de la Iglesia, porque los tres elementos pertenecen a la transmisión íntegra de la Revelación.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSola Scriptura
CategoríaTérmino
DescripciónDoctrina protestante del siglo XVI que afirma la autoridad exclusiva de la Biblia sobre la tradición y el magisterio. Principio que sostiene que la Sagrada Escritura es la única norma infalible y suprema de la fe y vida cristianas. Expresión latina que significa «solo la Escritura», asociada a la Reforma protestante del siglo XVI; afirma que la Biblia constituye la única norma infalible y suprema, rechazando su separación de la Tradición apostólica y del Magisterio católico
ReferenciasEncíclica Humani generis (1950), Constitución Dei Verbum (1965), Concilio de Trento (1545-1563), Concilio Vaticano II, Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica
Autoridad EclesiásticaIglesia católica (Magisterio y Tradición)
Contexto HistóricoFormulada durante la Reforma protestante del siglo XVI; antecedida por movimientos medievales como los valdenses; reaccionada por la Iglesia católica en el Concilio de Trento y el Concilio Vaticano II.
Doctrinas RelacionadasJustificación por la fe, nuda Scriptura, Tradición apostólica, Magisterio, Inspiración divina, Inerrancia bíblica, Canon bíblico
Impacto HistóricoContribuyó al cisma protestante, influyó en la definición del canon en el Concilio de Trento y en la teología católica moderna.
ImportanciaPunto central de la divergencia entre protestantismo y catolicismo; determinó la postura católica sobre la relación Escritura-Tradición-Magisterio.
TipoTérmino teológico, XVI, Reforma protestante

Tabla de contenido

Significado del término

La expresión sola Scriptura no procede literalmente de un pasaje bíblico, sino que resume una tesis teológica desarrollada en el contexto de la Reforma protestante. El principio sostiene que la Biblia posee una autoridad normativa superior a cualquier tradición eclesiástica, concilio, teólogo o autoridad institucional. En algunas formulaciones, la Escritura juzga las tradiciones y costumbres religiosas, que únicamente conservan autoridad cuando concuerdan con ella.1

La doctrina no equivale necesariamente a una defensa de la lectura aislada de la Biblia. Diversos autores protestantes han rechazado la interpretación denominada nuda Scriptura, expresión que describe una Escritura separada de la comunidad cristiana, de su culto, de su tradición interpretativa y de su herencia histórica. Desde esta perspectiva, muchos defensores de sola Scriptura admiten la utilidad de los credos, de los Padres de la Iglesia, de los concilios y de la tradición exegética, aunque subordinan todas estas realidades a la autoridad suprema de la Escritura.3

Esta distinción resulta fundamental. Sola Scriptura pretende afirmar la supremacía normativa de la Biblia; nuda Scriptura propone, en cambio, una Biblia interpretada al margen de la Iglesia y de cualquier tradición vinculante. La crítica católica alcanza directamente la segunda postura y también cuestiona la primera cuando excluye la autoridad de la Tradición apostólica y del Magisterio.

Contexto histórico

Antecedentes medievales

La Reforma del siglo XVI no surgió en un vacío histórico. La cuestión de la relación entre Escritura, tradición y autoridad eclesial había ocupado a teólogos y movimientos religiosos de épocas anteriores. Algunos grupos medievales reclamaron una vuelta radical a la Biblia y criticaron determinadas prácticas, doctrinas o estructuras de la Iglesia. Entre los precedentes citados por la historiografía católica aparecen los valdenses, cuyo movimiento adquirió forma propia desde el siglo XII.1

La existencia de precedentes no elimina la novedad de la Reforma protestante. Los reformadores del siglo XVI articularon la autoridad exclusiva de la Escritura junto con otras doctrinas características, como la justificación por la fe entendida en determinados sentidos y una concepción distinta de la autoridad de la Iglesia. La controversia afectó, por tanto, a la interpretación bíblica, al canon de las Escrituras, a la doctrina de la justificación, a los sacramentos y a la estructura visible de la Iglesia.

La Reforma protestante

Los reformadores consideraron que algunas doctrinas y prácticas de la Iglesia occidental carecían de fundamento suficiente en la Biblia o habían adquirido un desarrollo incompatible con el Evangelio. La apelación a la Escritura pretendía proteger la pureza de la fe cristiana frente a tradiciones humanas consideradas tardías o corruptas.

Desde la perspectiva católica, la controversia no enfrentó simplemente la Biblia con tradiciones humanas. También implicó la cuestión de quién posee autoridad para determinar el canon bíblico, cómo debe interpretarse un pasaje controvertido y qué instancia puede resolver una disputa doctrinal. La Biblia no contiene una lista interna completa de sus propios libros ni ofrece, para cada controversia, un procedimiento explícito que determine de manera universal la interpretación correcta. La tradición católica considera que la Iglesia apostólica desempeñó un papel decisivo en la recepción, conservación y reconocimiento del canon.

La doctrina protestante clásica

La Escritura como única norma infalible

La formulación clásica de sola Scriptura distingue entre la autoridad infalible de la Biblia y la autoridad subordinada de otras fuentes. Los credos, concilios, declaraciones doctrinales y maestros cristianos pueden ayudar a comprender la fe, pero todos permanecen sujetos al juicio de la Escritura.

Esta posición otorga a la Biblia una primacía decisiva en materia doctrinal y moral. La Escritura no representa simplemente una fuente teológica entre otras, sino la norma capaz de corregir las tradiciones, las instituciones y las interpretaciones eclesiales.

La interpretación privada

La doctrina no exige siempre una interpretación individualista. Muchas comunidades protestantes reconocen la necesidad de ministros, estudiosos, confesiones doctrinales y comunidades de fe. Sin embargo, al negar una autoridad magisterial universal con potestad vinculante para toda la Iglesia, dejan abierta una diferencia fundamental respecto de la concepción católica.

La interpretación privada puede producir divergencias acerca del bautismo, la Eucaristía, la justificación, el ministerio ordenado, el matrimonio, la predestinación, la relación entre fe y obras o el gobierno de la Iglesia. La existencia de múltiples interpretaciones no constituye por sí sola una refutación lógica de sola Scriptura, pero plantea una cuestión eclesiológica: ¿cómo puede la Iglesia conservar una confesión doctrinal común cuando distintas comunidades interpretan la misma Escritura de manera contradictoria?

La tradición dentro del protestantismo

El protestantismo histórico no carece de tradición. Las comunidades luteranas, reformadas, anglicanas, metodistas y otras poseen confesiones de fe, liturgias, catecismos, himnos, comentarios bíblicos y formas heredadas de organización eclesial. La diferencia principal radica en el grado de autoridad atribuido a esas tradiciones.

Algunos teólogos protestantes contemporáneos han defendido una relación más estrecha entre Escritura y tradición. Una reflexión ecuménica ha descrito esta relación mediante el concepto de co-inherencia, es decir, una conexión profunda entre la Biblia y la tradición viva de la comunidad cristiana, sin reducir la Escritura a un documento aislado de su contexto eclesial.3

La respuesta católica

La Revelación como realidad viva

La Iglesia católica no entiende la Revelación como un libro entregado directamente por Dios al margen de la historia. Dios habló por medio de acontecimientos, promesas, profetas, la encarnación de Jesucristo, la predicación apostólica y la acción del Espíritu Santo. La Escritura constituye una forma escrita y normativa de esa Revelación, pero la Revelación alcanza su plenitud en Cristo, que es la Palabra de Dios encarnada.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Dios es el autor de la Sagrada Escritura y que el Espíritu Santo inspiró a los autores humanos. La Biblia comunica sin error las verdades necesarias para la salvación, pero la fe cristiana no consiste en una mera «religión del libro»: nace de la adhesión a la Palabra viva de Dios, Jesucristo.4

Esta doctrina permite afirmar simultáneamente dos verdades:

  • La Sagrada Escritura posee autoridad divina y normativa.
  • La Escritura forma parte de una Revelación más amplia, confiada a la Iglesia y vivida en ella.

Escritura y Tradición apostólica

El Concilio Vaticano II enseña que la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición proceden de la misma fuente divina. La Escritura contiene la Palabra de Dios por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo; la Tradición transmite la Palabra confiada por Cristo y por el Espíritu Santo a los Apóstoles y entregada por ellos a sus sucesores. La Iglesia recibe así la misión de conservarla, explicarla y anunciarla.2

La Tradición apostólica no equivale a cualquier costumbre religiosa. Conviene distinguir:

  • Tradición apostólica: transmisión viva de la Revelación recibida de Cristo y de los Apóstoles.
  • Tradiciones eclesiales: usos litúrgicos, disciplinas, devociones y costumbres históricas que pueden cambiar.
  • Opiniones teológicas: explicaciones elaboradas por teólogos, con distintos grados de autoridad.

La crítica católica a sola Scriptura no defiende automáticamente todas las costumbres eclesiales. La Iglesia debe discernir entre la Tradición apostólica, que pertenece al depósito de la fe, y las tradiciones humanas o disciplinarias, que pueden reformarse.

El Magisterio de la Iglesia

La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición requieren una interpretación auténtica dentro de la Iglesia. El Magisterio-la autoridad docente ejercida por el Papa y por los obispos en comunión con él- no está por encima de la Palabra de Dios. Su función consiste en servirla, custodiarla y explicarla fielmente.

La doctrina católica atribuye al Magisterio una autoridad particular porque Cristo confió a los Apóstoles y a sus sucesores la misión de enseñar. Sin esta función, las controversias doctrinales quedarían sometidas a interpretaciones particulares sin una instancia universal capaz de pronunciarse de forma vinculante.

El Concilio de Trento rechazó que cada persona pudiera interpretar la Escritura según su propio juicio contra el sentido mantenido por la Iglesia o contra el consenso unánime de los Padres. El Concilio vinculó la interpretación bíblica con la responsabilidad doctrinal de la Iglesia y con la lectura común de la tradición patrística.5

El Concilio de Trento

La doctrina tridentina

El Concilio de Trento respondió a las controversias de la Reforma en su sesión IV, celebrada en 1546. El Concilio afirmó que la verdad salvadora y la norma moral proceden del Evangelio confiado por Cristo a los Apóstoles, y que ese Evangelio llega a la Iglesia mediante los libros escritos y las tradiciones apostólicas transmitidas en la Iglesia católica.6

Trento recibió con igual veneración los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y las tradiciones apostólicas relativas a la fe y a las costumbres. La razón última de esta recepción no consiste en una supuesta igualdad entre cualquier escrito humano y la Biblia, sino en que ambas realidades proceden de la acción divina y pertenecen a la transmisión apostólica conservada en la Iglesia.6

La cuestión de los «dos fuentes»

Algunas exposiciones posteriores presentaron la doctrina católica mediante la imagen de dos fuentes de la Revelación: la Escritura y la Tradición, concebidas como depósitos independientes y paralelos. Esta formulación puede inducir a error si da la impresión de que la Iglesia recibe una parte de la Revelación de la Biblia y otra parte completamente separada de ella.

La teología católica contemporánea ha preferido explicar la relación mediante la unidad de la Revelación y la íntima conexión entre Escritura y Tradición. Un estudio teológico sobre la recepción de sola Scriptura sostiene que la Tradición no debe entenderse como una fuente paralela e independiente de enseñanza autorizada, sino en relación orgánica con la Escritura. El mismo estudio reconoce la primacía de la Escritura sin convertirla en una realidad abstracta y aislada de la vida de la Iglesia.3

El Concilio Vaticano II

La unidad de Escritura y Tradición

La constitución Dei Verbum ofrece la formulación católica más influyente de la época contemporánea. El Concilio describe una «estrecha conexión y comunicación» entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Ambas proceden de una misma fuente divina, convergen hacia el mismo fin y forman una unidad en la transmisión de la Revelación.2

La Iglesia no extrae de la Escritura sola toda la certeza sobre las verdades reveladas. Por esa razón, Dei Verbum enseña que la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura deben recibirse y venerarse con la misma fidelidad y reverencia. Esta afirmación no atribuye idéntica forma material a ambas realidades: la Escritura posee la forma escrita e inspirada; la Tradición conserva y transmite la Palabra apostólica en la vida de la Iglesia.2

La Escritura dentro de la Iglesia

La interpretación católica considera la Biblia como un libro eclesial. La comunidad apostólica precede históricamente a la redacción del Nuevo Testamento: Cristo predicó, reunió discípulos, instituyó la Iglesia y envió a los Apóstoles antes de que existiera el conjunto de escritos cristianos que hoy forman el canon.

La reflexión de Benedicto XVI presentada por Scott W. Hahn expresa esta idea mediante una imagen orgánica: la Palabra de Dios no comenzó como un libro. La Biblia condensa un proceso de Revelación mucho más amplio y remite al pueblo encargado de custodiar la Palabra en la historia. Por ello, la lectura cristiana necesita la comunión de la Iglesia, el testimonio de los Padres, la vida de los santos, el Magisterio y la liturgia.7

Principios católicos de interpretación bíblica

El Compendio del Catecismo establece tres criterios principales para leer e interpretar la Sagrada Escritura bajo la guía del Espíritu Santo y del Magisterio.

La unidad de toda la Escritura

El lector debe atender al contenido y a la unidad de toda la Biblia. Ningún versículo puede aislarse del conjunto de la Revelación. Los textos difíciles necesitan una interpretación coherente con el desarrollo completo de la historia de la salvación.

La tradición cristiana ha visto en Cristo el centro de toda la Escritura. El Catecismo recoge una afirmación de Hugo de San Víctor: toda la Escritura forma un único libro cuyo contenido central es Cristo, porque toda ella habla de Él y encuentra en Él su cumplimiento.8

La Tradición viva de la Iglesia

La lectura católica de la Biblia ocurre dentro de la Tradición viva. Los Padres de la Iglesia, la liturgia, las definiciones conciliares, la enseñanza pontificia y la vida de los santos constituyen testimonios de la recepción eclesial de la Escritura.

La Tradición no sustituye a la Biblia ni permite imponer a la Escritura interpretaciones arbitrarias. La Iglesia lee la Biblia en el mismo ámbito apostólico que la recibió, proclamó, celebró y transmitió.

La analogía de la fe

La analogía de la fe designa la armonía interna entre las verdades cristianas. Una interpretación bíblica no puede contradecir el núcleo de la fe católica ni enfrentar un dogma con otro. El conjunto de la doctrina proporciona un marco para reconocer qué interpretaciones concuerdan con la Revelación completa.9

La competencia del Magisterio

El Magisterio no ejerce una autoridad arbitraria sobre la Escritura. Su tarea consiste en custodiar el sentido auténtico de la Palabra de Dios y ofrecer una interpretación vinculante cuando la fe o la moral lo requieren.

La encíclica Humani generis rechazó la interpretación bíblica que ignorase la analogía de la fe y la tradición de la Iglesia, colocando al Magisterio y a los Padres bajo el juicio de exegetas particulares. El documento presenta a la Iglesia como guardiana e intérprete del depósito completo de la verdad revelada.10

Escritura, inspiración e inerrancia

La Iglesia enseña que Dios es el autor de la Sagrada Escritura y que el Espíritu Santo actuó en los autores humanos. Esta inspiración fundamenta la autoridad de la Biblia y su enseñanza sin error acerca de las verdades que Dios quiso comunicar para la salvación.4

La doctrina católica de la inspiración no convierte a los escritores bíblicos en simples instrumentos mecánicos. Cada autor utilizó su lengua, estilo, género literario, cultura y perspectiva histórica. Por ello, la interpretación necesita atender tanto a la acción divina como a las características humanas de los textos.

La enseñanza católica también rechaza la reducción de la inerrancia bíblica a unas pocas afirmaciones religiosas mientras todo lo demás quedaría completamente excluido de la acción inspiradora. La tradición doctrinal recogida en el Enchiridion symbolorum mantiene que la inspiración alcanza la totalidad de la Escritura y que la investigación histórica y literaria debe respetar la naturaleza propia de los textos y los límites definidos por la fe de la Iglesia.11

Esta doctrina no obliga a leer cada pasaje como si perteneciera al mismo género literario. Un poema, una genealogía, una parábola, una narración histórica, una profecía y un texto sapiencial emplean recursos distintos. La verdad bíblica exige una lectura conforme a la intención del autor humano, al género literario y al propósito salvífico de la Revelación.

El canon de la Biblia

La Iglesia y el reconocimiento del canon

La doctrina de sola Scriptura plantea una dificultad lógica respecto del canon: la Biblia no presenta en un único lugar una lista completa de todos sus libros inspirados. La Iglesia recibió, discernió y transmitió los escritos apostólicos dentro de la vida de la comunidad cristiana.

El Concilio de Trento incluyó en su decreto una lista de los libros sagrados aceptados por la Iglesia. La decisión conciliar vinculó el canon con la tradición recibida y con la autoridad eclesial que reconoce cuáles escritos pertenecen a la Sagrada Escritura.6

La cuestión del canon no reduce la Biblia a una creación de la Iglesia. La Iglesia no «inventa» la inspiración de los libros; reconoce los escritos que el Espíritu Santo entregó a la comunidad apostólica y que la Iglesia recibió como normativos.

Diferencias entre cánones

La Reforma protestante y la Iglesia católica no conservaron exactamente el mismo canon del Antiguo Testamento. La Iglesia católica recibe también los libros llamados deuterocanónicos, integrados en su canon bíblico. El Concilio de Trento vinculó la aceptación de los libros sagrados con una lista precisa y oficial.6

Esta diferencia muestra que la cuestión de la autoridad bíblica incluye una cuestión anterior: qué libros forman la Biblia. El reconocimiento del canon requiere una tradición viva y una autoridad capaz de discernir la recepción apostólica de los escritos.

La Biblia en la vida de la Iglesia

La Iglesia católica no concede a la Tradición y al Magisterio un lugar que disminuya la importancia de la Escritura. El Compendio del Catecismo enseña que la Biblia sostiene y fortalece la vida de la Iglesia, confirma la fe, alimenta el alma y constituye el alma de la teología y de la predicación pastoral. También exhorta a la lectura frecuente de la Escritura, porque desconocer las Escrituras equivale a desconocer a Cristo.12

La Sagrada Escritura ocupa un lugar central en:

La lectura católica no contrapone Biblia y Iglesia. La Iglesia proclama la Escritura, la interpreta conforme a la fe apostólica y la celebra en la liturgia. La liturgia convierte la Palabra escrita en anuncio vivo de Cristo para la comunidad reunida.

Diferencias fundamentales entre las posiciones

CuestiónSola Scriptura protestanteDoctrina católica
Norma supremaLa Escritura como única norma infalibleLa Palabra de Dios transmitida en Escritura y Tradición
TradiciónAutoridad subordinada y revisable a la luz de la BibliaTransmisión viva de la Revelación apostólica
InterpretaciónSin un Magisterio universal vinculanteBajo la guía del Magisterio de la Iglesia
CanonReconocido mediante la tradición de cada comunidadRecibido y definido por la Iglesia apostólica
Unidad doctrinalProtegida por confesiones y comunidades particularesCustodiada por la comunión de la Iglesia y su Magisterio
Relación con la IglesiaLa Iglesia está sometida a la EscrituraLa Iglesia sirve a la Palabra y conserva su interpretación auténtica

La tabla resume diferencias generales. Las comunidades protestantes presentan matices internos importantes, y no todos los autores entienden sola Scriptura de la misma manera.

Valoración católica

La Iglesia católica reconoce varios elementos positivos en la preocupación que originó sola Scriptura. La primacía de la Palabra de Dios, la necesidad de volver continuamente al Evangelio, la centralidad de Cristo y la crítica de tradiciones meramente humanas pertenecen también a la conciencia católica.

La Iglesia rechaza, sin embargo, la separación entre Escritura, Tradición y Magisterio. La Escritura nació en el seno de la comunidad apostólica; la Tradición conserva la totalidad de la enseñanza recibida de Cristo y de los Apóstoles; el Magisterio interpreta auténticamente ambas realidades. La separación de estos elementos empobrece la comprensión de la Revelación.

Un estudio católico sobre el diálogo ecuménico reconoce la primacía de la Escritura y admite que la expresión sola Scriptura puede recibir una interpretación compatible con una consideración más profunda de la Tradición. La divergencia decisiva aparece cuando la Escritura y la Tradición apostólica dejan de formar una unidad y pasan a considerarse fuentes independientes o cuando la Escritura queda como única autoridad vinculante.3

Consideraciones ecuménicas

El diálogo entre católicos y protestantes ha permitido distinguir caricaturas de las posiciones respectivas. No todos los protestantes defienden una lectura individualista y descontextualizada de la Biblia. Muchos reconocen el valor de la tradición histórica, de los Padres de la Iglesia, de los credos y de la comunidad cristiana. Del mismo modo, la doctrina católica no coloca la Biblia en un nivel secundario ni la considera una autoridad meramente ilustrativa.

La diferencia permanece en la estructura de la autoridad doctrinal. La Iglesia católica sostiene que la Escritura y la Tradición apostólica forman una unidad y que ambas requieren la interpretación auténtica del Magisterio. El Concilio Vaticano II expresa esta convicción al enseñar que la Iglesia no obtiene de la Escritura sola toda su certeza sobre las verdades reveladas y que Escritura y Tradición deben recibirse con igual reverencia.2

Conclusión

Sola Scriptura afirma la autoridad suprema y exclusiva de la Sagrada Escritura dentro de la fe cristiana y constituye uno de los principios característicos de la Reforma protestante. La Iglesia católica reconoce plenamente la inspiración, autoridad, verdad y centralidad de la Biblia, pero rechaza su aislamiento respecto de la Tradición apostólica y del Magisterio.

Para la fe católica, la Revelación procede de Dios, alcanza su plenitud en Jesucristo y llega a la Iglesia mediante una única transmisión apostólica: la Escritura escrita, la Tradición viva y el Magisterio que interpreta auténticamente la Palabra de Dios. La Biblia no pierde autoridad dentro de esta unidad; al contrario, ocupa un lugar central como alimento de la fe, alma de la teología y testimonio inspirado de Cristo.

Citas y referencias

  1. La unidad de las escrituras, A. Delgado. La unidad de las escrituras (Continuación), 1 (1972). 2 3
  2. Capítulo II - La transmisión de la revelación divina, Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 9 (1965). 2 3 4 5
  3. Varios autores. Reseñas de libros: Nova et Vetera, Edición inglesa, Vol. 1, No. 2, 39 (2003). 2 3 4
  4. Primera parte - La profesión de fe. Capítulo II - Dios se acerca al hombre. Sagrada Escritura, promulgada por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 18 (2005). 2
  5. Concilio de Trento 1545-1563 - Ecuménico XIX (contra novatores siglo XVI) - Sesión IV (8 de abril de 1546) los libros sagrados y las tradiciones de los apóstoles son aceptados, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 1507 (1854).
  6. Concilio de Trento 1545-1563 - Ecuménico XIX (contra novatores siglo XVI) - Sesión IV (8 de abril de 1546) los libros sagrados y las tradiciones de los apóstoles son aceptados, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 1501 (1854). 2 3 4
  7. B4. «Teología normativa» como «ciencia espiritual», Scott W. Hahn. Normativa y performativa: La autoridad de la Escritura en el pensamiento de Benedicto XVI, 4 (2023).
  8. Capítulo II - Dios se acerca al hombre. Catecismo de la Iglesia Católica, 134 (1992).
  9. Primera parte - La profesión de fe. Capítulo II - Dios se acerca al hombre. Sagrada Escritura, promulgada por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 19 (2005).
  10. Algunas opiniones falsas que amenazan con socavar los fundamentos de la doctrina católica - De la encíclica «Humani generis», 12 de agosto de 1950, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 3887 (1854).
  11. La inerrancia de la Sagrada Escritura, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 3652 (1854).
  12. Primera parte - La profesión de fe. Capítulo II - Dios se acerca al hombre. Sagrada Escritura, promulgada por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 24 (2005).
Modificado el 13 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.83Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/ncd47mm9z

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