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Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo es una celebración litúrgica de la Iglesia católica dedicada a proclamar el señorío universal de Jesucristo, fundamento de la historia de la salvación y meta escatológica de la creación. Cierra el año litúrgico y presenta a Cristo como Rey de la verdad, de la vida, de la santidad, de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz, no como un soberano político, sino como el Señor que reina desde la cruz y conduce la historia hacia su plenitud.1,2,3

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Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSolemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
CategoríaEvento
DescripciónProclama el señorío universal de Jesucristo como fundamento de la historia de salvación y meta escatológica de la creación. Último domingo del año litúrgico (noviembre)
ReferenciasEncíclica Quas primas
Enseñanzas PrincipalesJesucristo es verdadero Rey; su reino no es político sino de amor, verdad y servicio; el reinado está presente en la Iglesia y se consumará escatológicamente; la historia avanza hacia la venida gloriosa del Reino de Dios
Fecha de Institución1925
Importancia EclesialCierra el año litúrgico y prepara el Adviento, resaltando la dimensión cristológica, soteriológica y escatológica de la fe
OrganizadorPapa Pío XI
TemaRealeza universal de Cristo
TipoFiesta litúrgica, Solemnidad
Uso LitúrgicoCelebrada con Gloria, Credo y lecturas que presentan a Cristo como Rey, Juez, Salvador y Señor de la historia

Tabla de contenido

Naturaleza de la solemnidad

La Iglesia celebra esta solemnidad el último domingo del año litúrgico, inmediatamente antes del inicio del tiempo de Adviento. Su colocación al final del ciclo anual expresa una afirmación teológica precisa: toda la historia, desde la creación hasta la consumación final, encuentra su principio, su centro y su término en Jesucristo.4,5

El título litúrgico completo, «Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo», amplía el antiguo título de «Cristo Rey». La expresión «del Universo» manifiesta que el reinado de Cristo no queda restringido a un pueblo, una nación, una cultura o una época. Su señorío alcanza a todos los pueblos y lenguas, al mundo visible e invisible, a la historia humana y a la creación entera. El profeta Daniel describe al «Hijo del hombre» recibiendo dominio, gloria y reino sobre todos los pueblos, naciones y lenguas; ese dominio permanece para siempre y no puede ser destruido.1,6

La solemnidad posee, por tanto, tres dimensiones inseparables:

  • Cristológica: proclama que Jesucristo es verdadero Rey y Señor.
  • Soteriológica: contempla su realeza como fruto de su muerte y resurrección, por las que redime al mundo.
  • Escatológica: orienta la mirada hacia la venida gloriosa de Cristo y la plenitud definitiva del Reino de Dios.1,2,7

Institución histórica

El contexto de los años veinte

El papa Pío XI instituyó la fiesta en 1925, mediante la encíclica Quas primas, en un contexto marcado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la expansión de los nacionalismos, el avance del laicismo militante y la difusión de ideologías que pretendían organizar la sociedad al margen de Dios.

La nueva solemnidad quiso recordar que ninguna autoridad humana posee un poder absoluto. Los Estados, las instituciones económicas y las corrientes ideológicas encuentran un límite en la soberanía de Dios y en la dignidad de la persona humana. La proclamación de Cristo como Rey ofrecía también un criterio para juzgar las pretensiones totalizadoras de cualquier poder político.

Durante aquel periodo, Pío XI contemplaba con preocupación la descristianización de amplios sectores sociales y la creciente influencia del comunismo. En Divini Redemptoris, el pontífice relacionó la expansión comunista con la pobreza religiosa y moral producida por determinadas formas de liberalismo económico y por un laicismo que apartaba activamente la fe de la vida pública.8

La institución de la fiesta no pretendía establecer un régimen político confesional ni convertir la Iglesia en un poder temporal. Su finalidad consistía en afirmar la primacía de Cristo sobre todas las realidades humanas y en recordar que la libertad, la justicia y la paz sólo alcanzan su fundamento último cuando reconocen la verdad de Dios y la ley moral.

La encíclica Quas primas

La encíclica Quas primas defendió la realeza de Cristo a partir de la Sagrada Escritura y de la tradición cristiana. Pío XI recordó que Jesús aceptó el título de Rey ante Poncio Pilato, recibió después de la resurrección «todo poder en el cielo y en la tierra» y aparece en el Apocalipsis como «Rey de reyes y Señor de señores».6

La encíclica entendía la realeza de Cristo en un sentido universal. Cristo no reina únicamente sobre las conciencias individuales, sino también sobre los pueblos y sobre el orden moral de la vida social. Esta afirmación no autoriza a la Iglesia a identificar el Reino de Cristo con una estructura política concreta. Más bien exige que toda sociedad respete la verdad, la justicia, la libertad religiosa, el bien común y la dignidad inviolable de cada persona.

La fecha original: octubre

En su primera configuración litúrgica, la fiesta quedó fijada en el último domingo de octubre, próximo a la solemnidad de Todos los Santos. Esa fecha subrayaba especialmente la dimensión doctrinal y apologética de la realeza de Cristo: la Iglesia confesaba públicamente que Jesucristo es el Señor frente a las ideologías y poderes que pretendían ocupar el lugar de Dios.

La celebración nació, por tanto, con una clara orientación hacia la vida cristiana y social. No bastaba con reconocer a Cristo como Rey en la devoción privada; el cristiano debía ordenar según el Evangelio sus decisiones, sus relaciones familiares, su actividad profesional y su responsabilidad dentro de la sociedad.

La fecha actual: noviembre

La reforma del calendario romano posterior al Concilio Vaticano II trasladó la celebración al último domingo del año litúrgico, normalmente en noviembre. La fecha actual no elimina el significado originario de la fiesta, pero sitúa su contenido dentro de una perspectiva más claramente escatológica.

El último domingo del año litúrgico contempla a Cristo como Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas. La Iglesia termina el ciclo anual mirando hacia la venida gloriosa del Señor, el juicio definitivo, la resurrección de los muertos y la instauración plena del Reino de Dios. El Compendio del Catecismo enseña que Cristo ya reina como Señor del cosmos y de la historia, aunque su Reino todavía aparece en la Iglesia como una realidad presente «en semilla»; al final volverá gloriosamente, aunque nadie conoce el momento.5

El traslado a noviembre conecta así la solemnidad con el final de los tiempos y con el Adviento que comienza la semana siguiente. La Iglesia proclama que el Señor ya ha vencido mediante su Pascua, pero espera todavía la manifestación plena de esa victoria.

Fundamento bíblico

El «Hijo del hombre» de Daniel

La primera lectura del ciclo litúrgico correspondiente a esta solemnidad suele presentar la visión del profeta Daniel:

«He aquí que en las nubes del cielo venía como un hijo de hombre».

El personaje recibe dominio, gloria y reino. Todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirven, y su dominio es eterno. La visión contrasta con los imperios representados anteriormente por bestias: los poderes históricos pueden ejercer violencia y alcanzar grandeza, pero terminan desapareciendo. El reino del Hijo del hombre posee un carácter distinto: procede de Dios y no queda sometido a la caducidad de los imperios.1

La tradición cristiana identifica este «Hijo del hombre» con Jesucristo. Su cumplimiento no consiste en una simple coronación política, sino en el misterio pascual. Cristo recibe la manifestación plena de su realeza mediante la pasión, la muerte y la resurrección.1

El testimonio del Apocalipsis

El Apocalipsis presenta a Jesucristo como el que viene «con las nubes». Esta imagen alude a la venida gloriosa del Señor al final de la historia. La solemnidad invita a contemplar el futuro no como una sucesión sin sentido de acontecimientos, sino como una historia guiada por Dios hacia Cristo.9

La venida del Señor tendrá carácter universal. Cristo no aparecerá como un personaje entre otros, sino como aquel a quien pertenece la última palabra sobre la vida humana y sobre el destino de la creación. La esperanza cristiana nace de esta certeza: el mal, la injusticia y la muerte no poseen el desenlace definitivo.9,7

Jesús ante Pilato

El Evangelio según san Juan sitúa la realeza de Cristo en el diálogo con Poncio Pilato. El gobernador pregunta a Jesús si es rey. Cristo responde:

«Mi reino no es de este mundo».

La frase no significa que el Reino de Cristo carezca de relación con el mundo o que la fe deba permanecer al margen de la historia. Significa que su origen, su naturaleza y sus métodos no proceden de los criterios del poder mundano. Jesús añade que, si su reino fuera de este mundo, sus servidores lucharían para impedir su entrega.4

Cristo declara también:

«Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad».

Su realeza queda vinculada a la verdad. Jesús reina atrayendo a las personas hacia la verdad de Dios, no imponiéndose mediante la violencia. Su autoridad tiene alcance universal porque todo aquel que pertenece a la verdad escucha su voz.4

Cristo crucificado como Rey

En el ciclo C, el Evangelio de la solemnidad narra la crucifixión de Jesús. Allí aparece la paradoja central de esta fiesta: Cristo reina desde la cruz. Los soldados colocan sobre él una corona de espinas, una caña a modo de cetro y un manto de burla. La inscripción que lo presenta como «Rey de los judíos» expresa, sin que sus autores lo comprendan plenamente, una verdad teológica profunda.2

La cruz constituye el trono de Cristo porque allí manifiesta hasta el extremo el amor del Padre. Su poder no consiste en destruir a sus enemigos, sino en ofrecer la propia vida para vencer el pecado, la muerte y el miedo. El ladrón arrepentido reconoce esa realeza humilde y suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Cristo responde con la promesa del paraíso.2,3

La realeza de Cristo en la historia de la salvación

La realeza de Jesucristo no constituye un título añadido desde fuera a su identidad. El Nuevo Testamento la relaciona con su condición de Hijo eterno del Padre, Verbo encarnado, Mesías, Sacerdote y Salvador.

Rey en la encarnación

Desde la anunciación, el ángel anuncia que Jesús recibirá el trono de David y que su reino no tendrá fin. Cristo cumple las promesas hechas a Israel, pero las lleva a una plenitud que supera cualquier expectativa política. Él es el heredero de las promesas mesiánicas y el verdadero Hijo de David.

Su reino no queda circunscrito a la restauración de una monarquía nacional. Jesús reúne a todos los pueblos en la nueva alianza y abre el acceso al Reino a quienes escuchan su palabra, creen en él y reciben la vida nueva del Espíritu.

Rey en la predicación

El centro de la predicación de Jesús es el Reino de Dios. Sus palabras y sus obras manifiestan que Dios comienza a reinar de una manera nueva. Las curaciones, el perdón de los pecados, la acogida de los pecadores y la liberación del mal anticipan la restauración definitiva de la creación.

Jesús enseña que el Reino no avanza mediante la ostentación, la dominación o la violencia. Las parábolas del grano de mostaza, la levadura, el sembrador y la semilla que crece muestran una acción divina humilde, paciente y transformadora.

Rey en la Pascua

La pasión y la resurrección constituyen el centro de la realeza de Cristo. En la cruz, Jesús entrega libremente su vida; en la resurrección, el Padre manifiesta su victoria sobre el pecado y la muerte. La Iglesia no contempla dos imágenes separadas -un Jesús sufriente y otro glorioso-, sino al mismo Rey que reina mediante el amor sacrificial.

Pío Francisco describió esta paradoja con imágenes concretas: el trono de Cristo es la cruz, la corona son las espinas y sus manos traspasadas manifiestan la naturaleza de un poder que salva entregándose.2

Rey en la Iglesia

Cristo glorificado continúa ejerciendo su señorío en la Iglesia. Su Reino ya está presente en ella, aunque todavía no alcanza su plenitud visible. La Iglesia anuncia el Evangelio, celebra los sacramentos y sirve a los pobres como signo e instrumento del Reino.

La liturgia expresa esta realidad mediante la oración y la acción sacramental. La colecta de la solemnidad pide que toda criatura, liberada de la esclavitud del pecado, sirva y alabe a Dios sin fin.10

La Iglesia no sustituye a Cristo ni constituye un reino independiente. Ella vive de la autoridad de su Señor y espera su venida. El reinado eclesial de Cristo posee una forma sacramental y humilde: está presente en la Palabra, en la Eucaristía, en los sacramentos, en la comunión de los bautizados y en el servicio de la caridad.

Realeza histórica y realeza escatológica

La fe católica distingue, sin separarlas, dos formas de considerar la realeza de Cristo.

La realeza de Cristo en la historia

Cristo reina ya en la historia de la salvación. Su reinado comenzó con la encarnación, alcanzó su victoria decisiva en la Pascua y continúa mediante la Iglesia. El Señor actúa en la historia, llama a la conversión, ofrece el perdón, reúne a su pueblo y transforma la vida de los creyentes.

La realeza histórica de Cristo no significa que todas las estructuras sociales reconozcan explícitamente su autoridad ni que el mundo haya alcanzado ya la justicia perfecta. El Catecismo afirma que Cristo ya reina mediante la Iglesia, pero que todavía no todas las realidades del mundo están sometidas a él.11

Este reinado posee una presencia real, aunque todavía incompleta. El pecado continúa actuando; la injusticia y la persecución permanecen; la Iglesia vive en medio de la esperanza y del combate espiritual. El reinado de Cristo transforma la historia desde dentro mediante la gracia y la conversión de las personas.

La realeza de Cristo en la escatología

La realeza escatológica corresponde a la manifestación final y plena de Cristo. Al término de la historia, el Señor volverá con gloria, juzgará a vivos y muertos, resucitará los cuerpos y llevará el Reino de Dios a su consumación. Entonces la creación entera participará en la renovación definitiva y Dios será «todo en todos».7,12

La escatología cristiana no presenta el fin del mundo como una simple desaparición, sino como la transformación plena de la creación. El Reino que ahora aparece de modo inicial en la Iglesia alcanzará entonces su perfección. Los justos reinarán con Cristo y el universo renovado participará de la gloria de Dios.7

La diferencia puede resumirse así:

  • En la historia, Cristo reina de modo real pero oculto, mediante la gracia, la Iglesia, los sacramentos y la conversión.
  • En la escatología, Cristo reinará de modo manifiesto y definitivo, después de la resurrección y del juicio universal.
  • En la historia, el mal todavía ofrece resistencia.
  • En la consumación, toda criatura quedará sometida a la verdad y al amor de Dios.
  • En la historia, la Iglesia proclama «venga tu Reino».
  • En la gloria, esa súplica alcanzará su cumplimiento perfecto.1,11,5

El significado del Reino de Cristo

El prefacio de la solemnidad resume la naturaleza del Reino con una fórmula de gran densidad teológica:

«Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz».1,3

Reino de verdad

Cristo reina dando testimonio de la verdad. La verdad cristiana no consiste solamente en una serie de proposiciones, sino en la revelación del rostro de Dios y en la manifestación de la vocación auténtica del ser humano. Quien escucha la voz de Cristo descubre que la libertad no consiste en vivir sin verdad, sino en caminar hacia el bien.

Reino de vida

El Hijo de Dios ha venido para comunicar la vida divina. Su reinado vence la muerte mediante la resurrección y protege la vida humana desde su origen hasta su término natural. La Eucaristía alimenta a la Iglesia con el Pan de la vida y anticipa el banquete eterno del Reino.

Reino de santidad y gracia

La santidad no procede únicamente del esfuerzo humano. La gracia de Cristo transforma al pecador, restaura la amistad con Dios y capacita para amar. La realeza de Cristo alcanza la vida interior y libera de la esclavitud del pecado.

Reino de justicia

Cristo juzga con verdad y devuelve a cada persona su dignidad. Su Reino exige combatir la injusticia, la explotación, la violencia, el racismo, la corrupción y toda forma de desprecio hacia los débiles. La justicia cristiana no puede separarse de la misericordia.

Reino de amor

El amor constituye la forma propia del poder de Cristo. Francisco enseñó que Cristo no conquista ignorando la libertad humana, sino que atrae mediante un amor humilde, capaz de perdonar, sostener y esperar. Ese amor vence el pecado, la muerte y el miedo.2

Reino de paz

Cristo es el Príncipe de la paz. Su paz no equivale a la mera ausencia de conflicto, sino a la reconciliación del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación. La oración sobre las ofrendas pide que el sacrificio de Cristo conceda a todos los pueblos el don de la unidad y de la paz.10

Celebración litúrgica

La solemnidad tiene rango de solemnidad, la categoría más elevada dentro del calendario litúrgico. La celebración incluye el Gloria y el Credo, y utiliza lecturas que presentan a Cristo como Rey, Juez, Salvador y Señor de la historia.10

El ciclo litúrgico distribuye diversos aspectos del misterio:

  • El ciclo A presenta el juicio final y a Cristo como Rey que identifica su presencia con los pobres, los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los extranjeros y los encarcelados.
  • El ciclo B proclama el diálogo entre Jesús y Pilato, con la afirmación de Cristo: «Yo soy rey» y su testimonio de la verdad.
  • El ciclo C contempla al Rey crucificado y al ladrón arrepentido que implora entrar en su Reino. La liturgia recoge esta súplica en la antífona de la comunión: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».3

La oración después de la comunión pide obedecer con alegría los mandamientos de Cristo para vivir eternamente con él en el Reino de los cielos. La liturgia une así la adoración, la conversión moral y la esperanza futura.3

Espiritualidad de la solemnidad

La solemnidad invita a cada bautizado a reconocer a Cristo como Señor de la propia vida. La proclamación de su realeza no puede quedarse en una afirmación abstracta. Francisco advirtió que tendría poco sentido llamar a Jesús Rey del Universo si la persona no lo acepta también como Señor de su existencia y no adopta su modo humilde de reinar.2

Esta espiritualidad comprende varias actitudes:

  • Adoración, porque Cristo recibe la gloria que corresponde al Hijo eterno.
  • Conversión, porque su Reino exige abandonar el pecado.
  • Confianza, porque la historia está orientada hacia una victoria definitiva.
  • Servicio, porque quien pertenece al Reino imita al Rey que entrega su vida.
  • Caridad concreta, porque el amor a Cristo reclama atención efectiva a los necesitados.
  • Esperanza, porque la última palabra no pertenece a la muerte ni al mal, sino al Señor resucitado.9,2

La pregunta espiritual propia de la fiesta no consiste sólo en saber si Cristo es Rey, sino en discernir qué lugar ocupa su reinado en las decisiones cotidianas. La familia, el trabajo, la vida pública, el uso de los bienes, la relación con los demás y la respuesta al sufrimiento deben quedar abiertos a la verdad y al amor de Cristo.

Dimensión social

La realeza de Cristo posee consecuencias para la vida social, aunque no se identifica con ningún programa político. Reconocer a Cristo como Rey significa negar que el Estado, el mercado, la nación, la ideología o la mayoría social puedan convertirse en autoridades absolutas.

La doctrina cristiana de la realeza de Cristo reclama:

El cristiano no pretende imponer el Evangelio mediante la fuerza. Cristo mismo afirmó que sus servidores no lucharían para evitar su entrega y que su reino no procede de este mundo.4 La misión de la Iglesia consiste en anunciar la verdad, celebrar la salvación y servir a la humanidad, respetando la libertad de la conciencia y denunciando aquello que contradice la dignidad humana.

Simbolismo litúrgico y artístico

La iconografía de Cristo Rey suele presentar a Jesús con atributos regios: corona, trono, globo terráqueo, cetro, vestiduras solemnes o gesto de bendición. Sin embargo, la liturgia de la solemnidad corrige cualquier interpretación meramente política o triunfalista mediante la imagen del Cristo crucificado.

La cruz constituye el símbolo principal de la realeza cristiana. El himno litúrgico Vexilla Regis expresa esta paradoja con la fórmula Regnavit a ligno Deus, traducida habitualmente como «Dios reinó desde el madero». El papa León XIV resumió el contenido de esta imagen afirmando que Cristo es el principio y el fin de todas las cosas, que su poder es el amor y que su trono es la cruz.13

También poseen relevancia el cordero inmolado del Apocalipsis, la corona de espinas, la inscripción «INRI» y la representación de Cristo Pantocrátor. Todos estos símbolos convergen en una misma afirmación: el Rey glorioso es el mismo que ha vencido mediante la entrega sacrificial.

Relación con el Adviento

La solemnidad cierra el año litúrgico, pero también prepara inmediatamente el comienzo del Adviento. La Iglesia termina el ciclo celebrando al Rey que viene y comienza el siguiente esperando su venida.

Esta estructura litúrgica articula tres venidas de Cristo:

  • Su venida histórica en la humildad de Belén.
  • Su venida sacramental y espiritual en la vida de la Iglesia.
  • Su venida gloriosa al final de los tiempos.

La celebración de noviembre mira especialmente hacia la tercera venida. Por eso la Iglesia vive en actitud vigilante y proclama: «Ven, Señor Jesús». El creyente no conoce el momento de la manifestación definitiva, pero vive con la certeza de que Cristo guía la historia hacia el bien y hacia la plenitud de su Reino.9,5

Enseñanza central

La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo proclama que:

  1. Jesucristo es verdadero Rey, porque el Padre le ha confiado todo poder y él ha recibido un dominio universal y eterno.6
  2. Su reino no funciona según los criterios del poder mundano, pues Cristo reina desde la verdad, el servicio, la misericordia y el amor sacrificial.2,4
  3. Su reinado ya está presente en la Iglesia, aunque todavía no ha alcanzado su manifestación plena.11,5
  4. La historia camina hacia la venida gloriosa de Cristo, la resurrección, el juicio y la transformación definitiva del universo.9,7,12
  5. El reconocimiento de Cristo como Rey exige una respuesta personal y social, expresada en la conversión, la caridad, la justicia y el servicio.2

La solemnidad concluye el año litúrgico con una confesión de esperanza: Cristo ya ha vencido en la cruz y en la resurrección, reina en medio de su Iglesia y volverá en gloria para llevar a la creación entera a la plenitud del Reino de Dios.

Citas y referencias

  1. Fiesta de Cristo Rey, Papa Juan Pablo II. 23 de noviembre de 1997, Fiesta de Cristo Rey, 5 (1997). 2 3 4 5 6 7
  2. Papa Francisco. Misa solemne para el cierre del Jubileo de la Misericordia (20 de noviembre de 2016), Misa solemne para el cierre del Jubileo de la Misericordia (20 de noviembre de 2016) (2016). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  3. Después de la comunión, Santa Sede. Misal Romano, 375 (2020). 2 3 4 5
  4. Fiesta de Cristo Rey, Papa Juan Pablo II. 23 de noviembre de 1997, Fiesta de Cristo Rey, 1 (1997). 2 3 4 5
  5. Parte uno - La profesión de fe. Capítulo dos - Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. La caída, Promulgado por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 133 (2005). 2 3 4 5
  6. Papa Pío XI. Quas Primas, 11 (1925). 2 3
  7. Capítulo tres: Creo en el Espíritu Santo. Catecismo de la Iglesia Católica, 1060 (1992). 2 3 4 5
  8. Papa Pío XI. Divini Redemptoris, 16 (1937).
  9. Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo - Misa solemne, Papa Francisco. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo - Misa solemna (21 de noviembre de 2021), 1 (2021). 2 3 4 5
  10. XXXIV domingo de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, Santa Sede. Misal Romano, 374 (2020). 2 3
  11. Capítulo dos: Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 680 (1992). 2 3
  12. Escatología. Enciclopedia Católica, Escatología (1913). 2
  13. Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo - Misa solemne (23 de noviembre de 2025), Papa León XIV. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo - Misa solemna (23 de noviembre de 2025), 1 (2025).
Modificado el 20 de agosto de 2026 • FideScore™ 8.59Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/h0jrpzv21

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