La celebración de la Solemnidad de la Anunciación del Señor tiene raíces antiguas en la tradición litúrgica de la Iglesia. Desde los primeros siglos, el 25 de marzo se asoció con el anuncio del ángel a María, coincidiendo simbólicamente con la fecha de la concepción del Salvador, nueve meses antes de la Navidad. En Oriente y Occidente, esta fecha se vinculó también a la pasión de Cristo, considerando que el Verbo eterno fue concebido el mismo día en que sería inmolado.5
En el Calendario Romano, el título antiguo de «Anunciación del Señor» fue restaurado deliberadamente, reconociendo su carácter conjunto cristo-mariano: el Verbo que se hace hijo de María y la Virgen que se convierte en Madre de Dios.5 Documentos como la exhortación apostólica Marialis Cultus de Pablo VI destacan su antigüedad y venerabilidad, junto a fiestas como la Inmaculada Concepción y la Asunción.5 En el siglo IV, ya se celebraba en Jerusalén y Grecia, extendiéndose progresivamente a toda la Iglesia.
Durante la Edad Media, la fiesta ganó impulso devocional, inspirando himnos y representaciones artísticas. En épocas de reformas litúrgicas, como el Concilio Vaticano II, se mantuvo su solemnidad, adaptándose al ciclo litúrgico para resaltar su conexión con la Cuaresma cuando cae en ese tiempo.5,6

