Exaltación de la humanidad de Cristo
La Ascensión manifiesta la glorificación de la humanidad de Jesús. El Hijo no abandona su humanidad, sino que la introduce en la gloria del Padre. Cristo permanece para siempre verdadero Dios y verdadero hombre.
La Resurrección y la Ascensión forman una unidad inseparable, aunque no constituyen exactamente el mismo misterio. La Resurrección revela la victoria sobre la muerte; la Ascensión muestra la entrada del Resucitado en la gloria y el comienzo de su señorío universal. La reflexión teológica debe mantener ambas dimensiones sin confundirlas ni separarlas.
La Ascensión tampoco añade una transformación esencial a un cuerpo que ya ha sido glorificado en la Resurrección. Manifiesta, más bien, el destino glorioso de esa humanidad resucitada y su entrada en la presencia del Padre.
Cristo sentado a la derecha del Padre
El Credo proclama que Jesucristo «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre». Esta expresión no describe una postura corporal, sino la participación plena de Cristo en la autoridad, la gloria y el poder del Padre.
Cristo reina como Mesías y Señor. Su realeza no consiste en un dominio político, sino en el gobierno salvador de la historia. Desde la gloria, intercede por la humanidad, comunica el Espíritu Santo y conduce a la Iglesia hacia la consumación del Reino.
La liturgia presenta a Cristo como Sumo Sacerdote eterno, vivo ante el Padre para interceder por los hombres. El Misal Romano vincula su Ascensión con la confianza cristiana para acercarse al trono de la gracia y recibir misericordia.
Cristo permanece con la Iglesia
La Ascensión no equivale a la ausencia de Cristo. El Señor deja la forma visible de su presencia terrena para inaugurar una presencia sacramental y espiritual.
San León Magno explica que aquello que antes podía contemplarse corporalmente en el Redentor pasó a una presencia sacramental. La desaparición de la visión inmediata no debilita la fe; orienta a los discípulos hacia la escucha de la doctrina y la vida de la gracia.
La presencia de Cristo alcanza su plenitud en la Iglesia mediante:
- La Eucaristía, memorial sacramental de su Pascua.
- La Palabra de Dios, proclamada y recibida con fe.
- Los sacramentos, acciones de Cristo en su Iglesia.
- La comunión eclesial.
- La caridad ejercida hacia los pobres y necesitados.
- La acción del Espíritu Santo, enviado después de la Ascensión.
La esperanza de la humanidad
La oración litúrgica interpreta la Ascensión como la exaltación de los creyentes: donde ha llegado gloriosamente la Cabeza, espera llegar también el Cuerpo, que es la Iglesia.
Esta esperanza incluye la resurrección futura del cuerpo. Cristo no salva únicamente el alma, sino a la persona humana entera. Su humanidad glorificada constituye la primicia y la garantía del destino final de quienes permanecen unidos a él.
La Ascensión orienta, por tanto, la vida cristiana hacia el cielo sin despreciar la tierra. El discípulo espera la gloria futura mientras trabaja en la historia, anuncia el Evangelio y sirve a sus hermanos.