Misterio central en el marco eucarístico
La Iglesia no considera el culto a la Sangre de Cristo como un compartimento devocional separado, sino como una memoria central en el marco eucarístico y en el conjunto del año litúrgico. Se subraya que la importancia extraordinaria de la Sangre redentora asegura un lugar prominente «en la celebración» del misterio eucarístico, donde la Iglesia eleva a Dios «el cáliz de la bendición» y lo ofrece como comunión real con la Sangre.
Por ello, el culto a la Sangre de nuestra redención permea el año litúrgico, especialmente en momentos de adoración y contemplación del misterio pascual.
Antes y después de la reforma litúrgica
En el marco histórico, se recuerda que durante la práctica litúrgica anterior a la reforma introducida por el Concilio Vaticano II, el misterio de la Sangre era celebrado litúrgicamente en toda la Iglesia en la fecha establecida. En una intervención dedicada a las asociaciones de la Sangre de Cristo, se explica que el cambio posterior supuso que la conmemoración del Cuerpo y de la Sangre de Cristo quedara unida en la forma litúrgica vigente.
Al mismo tiempo, se indica que en algunos lugares y calendarios particulares la fiesta de la Sangre de Cristo se sigue observando el 1 de julio, manteniendo así viva una memoria particular vinculada a la tradición histórica.
Contenido litúrgico propio (ofrendas, comunión y oración)
El Misal Romano conserva oraciones propias para la celebración titulada «Preciosísimo Sangre de nuestro Señor Jesucristo». En la antífona de comunión se formula la idea clave: el cáliz es comunión con la Sangre de Cristo, y el pan es comunión con su Cuerpo.
Asimismo, la oración después de la comunión pide ser «siempre asperjados» con la Sangre del Salvador, como fuente que brota para la vida eterna.
En la colecta se suplica al Padre, que «redimió a todos los hombres» en la Sangre preciosa de su Hijo unigénito, custodiar en el creyente la obra de su misericordia para obtener el fruto de la redención al celebrar siempre el misterio.