La fiesta de los dos apóstoles pertenece desde antiguo al calendario litúrgico romano. En el siglo IV, Roma celebraba ese día varias misas: en la basílica de San Pedro, en la de San Pablo Extramuros y en las catacumbas de San Sebastián, lugar que una tradición relacionaba con el traslado temporal de sus cuerpos durante las invasiones. La solemnidad conjunta figura en el ciclo romano incluso antes de la celebración de la Navidad.1
La Iglesia no reduce esta celebración al recuerdo de dos muertes. Al unir a Pedro y Pablo, celebra el testimonio de ambos, el origen apostólico de la comunidad cristiana de Roma y la misión universal de la Iglesia. La fiesta constituye también una confesión de la Iglesia como una, santa, católica y apostólica: una comunidad formada por pueblos diversos, convocados por el Evangelio en una misma fe.1,2
La tradición litúrgica denomina a Pedro y Pablo príncipes de los apóstoles y pilares de la Iglesia. No los presenta como rivales, sino como colaboradores de Cristo con carismas distintos. Sus diferencias personales y culturales no impidieron que participaran en una misma obra apostólica.1,3




