La fiesta recuerda que Jesucristo constituyó a Pedro como fundamento visible de la Iglesia. En Cesarea de Filipo, después de la profesión de fe del apóstol, Cristo le confió una misión particular, simbolizada por la imagen de la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. La tradición católica contempla en ese encargo el origen del ministerio petrino y de la misión universal del obispo de Roma.1,2
La liturgia no centra la atención en la personalidad humana de Simón Pedro, marcada también por la debilidad y la negación de Cristo, sino en la gracia recibida y en la misión que Dios le confió. Pedro llegó a ser «piedra» por la fe que profesó y por el mandato de Cristo, no por una capacidad natural propia.1
La Cátedra de Pedro expresa, por tanto, tres dimensiones inseparables:
- La enseñanza apostólica, que custodia y transmite la fe.
- La autoridad pastoral, orientada al cuidado del pueblo de Dios.
- La unidad de la Iglesia, reunida en torno a la comunión con la sede de Roma.
La fiesta invita a contemplar el ministerio del papa como un servicio a todas las Iglesias particulares. El obispo de Roma no recibe la cátedra solo para gobernar la comunidad romana, sino para ejercer una responsabilidad universal en favor de la unidad y de la fidelidad al Evangelio.3,2




