De la memoria de los mártires a una celebración común
Durante los primeros siglos, las comunidades cristianas recordaban a los mártires en el aniversario de su muerte, entendido como el día de su nacimiento para el cielo. La celebración tenía lugar inicialmente en el lugar donde habían sufrido el martirio.
Con el crecimiento de las comunidades y la multiplicación de los mártires, varias Iglesias locales comenzaron a compartir sus calendarios, trasladar reliquias y celebrar conjuntamente a grupos de mártires. Las persecuciones, especialmente durante el reinado de Diocleciano, produjeron un número tan elevado de testigos de la fe que resultaba imposible asignar una jornada propia a cada uno. La Iglesia instituyó así celebraciones comunes para honrar a todos los mártires.
En Oriente existían ya desde el siglo IV celebraciones colectivas dedicadas a todos los mártires. Algunas tradiciones las situaban después de Pentecostés, mientras otras las vinculaban a la semana de Pascua. La predicación de san Efrén el Sirio y de san Juan Crisóstomo ofrece testimonios antiguos de esta práctica.
La inclusión de los confesores y de todos los santos
La celebración original tenía como centro a los mártires, es decir, a quienes habían dado testimonio de Cristo mediante la muerte. Con el tiempo, la Iglesia amplió la noción litúrgica de santidad para incluir a los confesores, término tradicional aplicado a quienes profesaron heroicamente la fe sin sufrir el martirio.
También entraron progresivamente en el culto litúrgico los obispos, presbíteros, monjes, vírgenes y otros fieles reconocidos por la ejemplaridad de su vida. Un calendario siríaco de comienzos del siglo V ya recogía una conmemoración de los confesores.
Esta evolución explica la diferencia entre una fiesta de todos los mártires y la posterior solemnidad de todos los santos. La primera se concentraba en quienes habían derramado su sangre por Cristo; la segunda abarca a todos los que alcanzaron la santidad, cualquiera que fuese su vocación, estado de vida o forma de testimonio cristiano.
Desarrollo en Occidente
En Roma, el papa Bonifacio IV dedicó el antiguo Panteón a la Virgen María y a todos los mártires en los años 609 o 610. La dedicación quedó vinculada a una celebración anual. Más tarde, el papa Gregorio III dedicó una capilla de la basílica de San Pedro a todos los santos y fijó su aniversario el 1 de noviembre.
El papa Gregorio IV extendió posteriormente esta celebración a toda la Iglesia occidental. La fecha del 1 de noviembre quedó así consolidada en el calendario romano y pasó a difundirse ampliamente por Europa.
La historia de la celebración refleja el desarrollo de los calendarios locales y de los martirologios. Estos instrumentos litúrgicos reunieron progresivamente los nombres y las memorias de mártires, confesores, vírgenes y otros santos de diferentes Iglesias y épocas. El Martirologio romano ofrece hoy un testimonio de la riqueza universal de la santidad cristiana.