Orígenes primitivos
Los primeros cristianos conmemoraban el aniversario del martirio de los mártires en el lugar de su muerte. Con el crecimiento del número de mártires, surgió la necesidad de una celebración común. Ya en el siglo IV aparecen referencias a una fiesta colectiva de los mártires en Oriente (p. e. St. Ephraim c. 373) y en el occidente, bajo el pontificado de Bonifacio IV (610) se consagró el Panteón de Roma a la Virgen María y a todos los mártires, estableciendo una fecha fija1. Más tarde, el Papa Gregorio III (731‑741) dedicó una capilla en San Pedro a todos los santos y fijó el 1 de noviembre como día de celebración; Gregorio IV (827‑844) extendió la solemnidad a toda la Iglesia1. El propio Gregorio IV es recordado por promover la observancia de esta fiesta, que perdura hasta hoy2.
Evolución medieval y reforma
Durante la Edad Media la celebración se difundió en toda la cristiandad occidental. En el siglo IX, el monje Alcuino ya observaba la solemnidad con un ayuno previo3. En la reforma litúrgica de Vaticano II, el Concilio proclamó la vocación universal a la santidad, subrayando que todos los fieles están llamados a la perfección de la santidad (LG 11)4, lo que reforzó la dimensión inclusiva de la fiesta.
