Santa María, Madre de Dios
La solemnidad de Santa María, Madre de Dios se celebra el 1 de enero, dentro de la Octava de Navidad. Su contenido central es la maternidad divina de María: ella es verdaderamente la madre de Jesucristo, que es el Hijo eterno de Dios hecho hombre.
El título Madre de Dios-en griego, Theotokos- no afirma que María sea origen de la divinidad ni que haya dado comienzo al Hijo eterno. Afirma que el hijo nacido de ella es una única persona: la persona divina del Verbo. María es madre según la humanidad asumida por el Hijo, pero el sujeto de su maternidad es el mismo Hijo de Dios.
La maternidad divina protege así la verdad de la Encarnación. Jesucristo no es una persona humana unida posteriormente al Verbo, sino el Hijo eterno del Padre que recibió de María una naturaleza humana verdadera y completa. La tradición litúrgica confiesa que María engendró al Hijo de Dios y que el Verbo recibió de ella carne y sangre humanas.
Esta solemnidad también contempla a María como Madre de la Iglesia y madre espiritual de los creyentes. Su maternidad respecto de los cristianos no sustituye la única mediación de Cristo, sino que participa de ella y depende enteramente de ella.
Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra el 8 de diciembre. Conmemora que María, desde el primer instante de su concepción, fue preservada por una gracia singular de Dios de toda mancha del pecado original.
La Inmaculada Concepción no significa la concepción virginal de Jesús en el seno de María. La primera se refiere a la concepción de María en el seno de su madre; la segunda, a la concepción de Jesucristo por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María. Ambas realidades pertenecen a misterios distintos.
La doctrina de la Inmaculada Concepción presenta a María como la criatura plenamente redimida por Cristo. La preservación del pecado original no la coloca fuera de la necesidad de la redención; manifiesta, por el contrario, la eficacia preventiva de la gracia de Cristo. La liturgia contempla en María a la criatura nueva, llena de gracia y preparada para ser digna morada del Hijo de Dios.
El dogma fue proclamado solemnemente por el papa Pío IX en 1854. La solemnidad litúrgica y el dogma guardan una relación estrecha, pero no son realidades idénticas:
- El dogma es una verdad de fe propuesta definitivamente por la autoridad de la Iglesia.
- La solemnidad es la celebración litúrgica anual que alaba a Dios por esa verdad y permite a la Iglesia contemplar sus consecuencias para la vida cristiana.
La oración colecta de esta celebración presenta a Dios como quien preparó en María una morada digna para su Hijo y pide a los fieles alcanzar santidad y pureza de espíritu por su intercesión.
Asunción de la Santísima Virgen María
La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María tiene lugar el 15 de agosto. Celebra que María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo al término de su vida terrena.
La Asunción no equivale a la Ascensión de Jesucristo. Cristo asciende al Padre por su propio poder divino; María recibe de Dios la gracia de participar corporalmente en la gloria de su Hijo. La diferencia refleja la distinción entre el Salvador y la criatura redimida.
La liturgia contempla en la Asunción:
- La glorificación plena del alma y del cuerpo de María.
- Su perfecta configuración con Cristo resucitado.
- El cumplimiento singular de la esperanza cristiana.
- La anticipación del destino final prometido a los miembros de la Iglesia.
La Asunción muestra que la salvación cristiana no consiste en la liberación del cuerpo como si el cuerpo fuera malo. Dios quiere glorificar a la persona humana entera. María aparece así como signo de esperanza para la Iglesia peregrina y como anticipo de la resurrección gloriosa de los redimidos.
El dogma de la Asunción fue proclamado por el papa Pío XII en 1950. La solemnidad celebra esa verdad dogmática, pero no se confunde con ella: el dogma pertenece al contenido de la fe; la solemnidad pertenece al orden de la oración litúrgica.
Anunciación del Señor: celebración cristológica relacionada con María
La Anunciación del Señor, celebrada el 25 de marzo, no constituye, en sentido estricto, una solemnidad mariana del calendario romano general. Su título litúrgico actual sitúa el centro en el anuncio y comienzo de la Encarnación del Verbo.
La celebración posee, sin embargo, una estructura inseparablemente cristológica y mariana. Conmemora:
- La concepción del Verbo eterno en el seno de María.
- El consentimiento libre de la Virgen: «Hágase en mí según tu palabra».
- La maternidad divina que nace de la Encarnación.
- El inicio sacramental de la redención.
Pablo VI explicó que la Anunciación es una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: de Cristo, porque el Verbo se hace hijo de María; y de María, porque ella se convierte en Madre de Dios mediante su consentimiento y la acción del Espíritu Santo.
La distinción resulta necesaria. María es protagonista esencial del acontecimiento, pero el misterio celebrado directamente es la Encarnación del Hijo de Dios. Por eso la Anunciación debe clasificarse como solemnidad del Señor con una dimensión mariana inseparable, no como una solemnidad mariana estrictamente dicha.