Contexto histórico
La Reforma protestante del siglo XVI planteó una crítica profunda a diversos aspectos de la vida doctrinal, pastoral e institucional de la Iglesia occidental. Las fórmulas latinas asociadas a la Reforma resumieron convicciones relativas a la autoridad de la Escritura, la justificación, la gracia y la mediación de Cristo.
En este contexto, Solus Christus apareció vinculada a otras afirmaciones: solo la Escritura, solo la fe y solo la gracia. El propósito consistía en defender que la salvación depende de la iniciativa gratuita de Dios y de la obra suficiente de Cristo, no de una acumulación de méritos humanos independientes.
Una exposición histórica del protestantismo relaciona la primacía de Cristo con la relación directa del creyente con él y con el rechazo de cualquier mediación que pudiera oscurecer la suficiencia de la gracia de Cristo. Esa misma tradición vinculó la justificación a la fe viva, entendida como recepción de la gracia salvadora y como fuente de las buenas obras.
La respuesta católica
La respuesta católica no negó la suficiencia de Cristo. El Concilio de Trento defendió precisamente que la justificación procede de la gracia y de los méritos de Jesucristo. El desacuerdo se centró en la relación entre la gracia, la fe, la justificación, las obras y la vida sacramental.
La doctrina católica sostiene que:
- La iniciativa de la salvación pertenece a Dios.
- Cristo merece la justificación para la humanidad.
- La fe constituye el comienzo y fundamento de la justificación.
- La gracia transforma interiormente al pecador.
- Las buenas obras proceden de la gracia y manifiestan una fe viva.
- La vida cristiana requiere perseverancia, caridad y cooperación libre con la gracia.
El Concilio de Trento presentó a Cristo como autor y consumador de la fe y afirmó que la Iglesia debe conservar la doctrina apostólica sobre la justificación.
Acuerdos ecuménicos
El diálogo ecuménico contemporáneo ha permitido reconocer una convergencia importante. La Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, de 1997, afirma que católicos y luteranos comparten el objetivo de confesar a Cristo en todas las cosas y confiar en él como único Mediador, por medio del cual Dios comunica en el Espíritu Santo sus dones renovadores.
Esta convergencia no elimina todas las diferencias teológicas ni autoriza a confundir las doctrinas de las distintas comunidades cristianas. Sí permite reconocer que la confesión de Cristo como único Salvador constituye un patrimonio común de la fe cristiana.