Cuando el sufrimiento se abraza en unión con Cristo, produce numerosos frutos espirituales.
Crecimiento en el Amor y la Santidad
El sufrimiento paciente en esta vida tiene un doble valor: el de testimonio y el redentor. Para aquellos que esperan la comunión eterna con Dios, el sufrimiento no representa el triunfo del mal, sino una oportunidad para el crecimiento personal en el amor y la santidad,. La enfermedad, por ejemplo, puede madurar a una persona, ayudándola a discernir lo no esencial en su vida y a volverse hacia lo que sí lo es, provocando a menudo una búsqueda y un regreso a Dios.
Al soportar las dificultades del trabajo en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado en el Calvario, el hombre colabora con el Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra discípulo de Cristo llevando la cruz diariamente en el trabajo que está llamado a realizar.
Consuelo y Esperanza
La doctrina de la Iglesia puede iluminar el significado del sufrimiento e infundir esperanza, consuelo y coraje a quienes lo padecen. Dios puede sacar bien del mal, como lo hizo en la Pasión de su Hijo. A veces, Dios abre los corazones humanos para responder a las oraciones con sanación, consuelo y fuerza.
San Pablo nos recuerda que Dios es el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, quien nos consuela en toda nuestra tribulación para que podamos consolar a otros con el consuelo que recibimos de Él (2 Cor 1,3-7). Esta koinonia o comunión describe la relación entre Jesús y el cristiano, y entre los cristianos, donde las aflicciones de Cristo se derraman sobre ellos, transformándolos cada vez más a la imagen del Amor encarnado.
Conformidad con Cristo y Divinización
Los creyentes que sufren son invitados a conformarse con el Hijo amado de Dios, la expresión perfecta del amor desinteresado. Dios creó a los hombres no para la felicidad o su búsqueda, sino para la divinización, para compartir su vida eterna de amor que se entrega a sí mismo. Solo muriendo a sí mismos, viven para Dios.
El sufrimiento nos invita a ser más como el Hijo haciendo la voluntad del Padre. Como Jesús aprendió la obediencia a través de lo que sufrió (Heb 5,8), nosotros, criaturas pecadoras, tenemos aún más razón para aprender la obediencia y unir nuestra voluntad a la suya para cumplir su plan de salvación.
Testimonio de Fe y Esperanza
La paciente resistencia al sufrimiento —dolor, enfermedad, frustración, derrota, humillación y desgracia— da testimonio de Aquel que nos precedió en el sufrimiento y que abre el camino al verdadero bien que trasciende todo mal. Al aceptar el sufrimiento con fe, el corazón recibe serenidad y paz, superando el sentimiento de inutilidad y abriéndose al amor. Se convierte en un testigo de la fe y la esperanza, creyendo en el misterio de la comunión de los santos que es útil para la salvación de sus hermanos y hermanas en todo el mundo.