Pío XII publicó la encíclica en un momento de profunda crisis política, social y moral. El pontífice había asumido el gobierno de la Iglesia el 2 de marzo de 1939, tras una larga experiencia diplomática y pastoral, incluida su nunciatura en Alemania. Su conocimiento directo de la evolución política europea le permitió percibir la gravedad de las ideologías nacionalistas, totalitarias y racistas que estaban destruyendo la convivencia internacional.3,2
La encíclica apareció pocas semanas después del comienzo de la guerra europea. Pío XII dirigió su enseñanza a los obispos y a los fieles, pero también a los responsables políticos y a todos los pueblos. El documento no constituye un tratado histórico sobre el nazismo o el fascismo; ofrece, más bien, una crítica doctrinal de los principios que convierten la comunidad política en una realidad absoluta y subordinan la persona humana a los intereses de una nación, una clase, una raza o un aparato estatal.
El contexto de Summi Pontificatus incluye el avance de regímenes que pretendían organizar la totalidad de la vida social mediante una autoridad política sin límites. El fascismo y el nacionalsocialismo habían difundido una concepción sacralizada de la nación y del Estado, mientras que las doctrinas raciales negaban la igualdad fundamental de los seres humanos. La encíclica responde a esas tendencias desde la teología católica de la creación, la redención y la ley moral.


