El término summum bonum proviene del latín, donde summum significa «lo más alto» o «supremo» y bonum «bien». En la tradición católica, no se trata de un mero ideal abstracto, sino de la realidad subsistente: Dios mismo, que es el summum bonum por esencia, inmutable y fuente de todo bien.4,5
Desde la filosofía clásica, influida por Aristóteles, el bien supremo se entendía como la eudaimonía o felicidad perfecta, pero la teología cristiana lo eleva al orden sobrenatural. San Agustín lo define como aquello «quo superius non est» (por encima del cual no hay nada), identificándolo explícitamente con Dios, naturaleza inmutable y origen de todas las cosas buenas.4 De igual modo, Anselmo de Canterbury argumenta que el summum bonum es único e indivisible, excluyendo la pluralidad de dioses, ya que «quidquid summum bonum non est, minus est aliquo» (todo lo que no es el bien supremo es inferior en algo.5
Hugo de San Víctor, en sus obras exegéticas y dogmáticas, profundiza en esta noción al describir el summum bonum como el «caput sapientis» (cabeza del sabio), origen y fin de todos los bienes. Todo bien creado es bueno en la medida en que conduce a este fin último; de lo contrario, pierde su valor auténtico.3,6 Así, el summum bonum no solo es el principio, sino también el término de la escala de perfecciones: «Omne bonum ad summum bonum, et omne malum ad summum malum» (todo bien hacia el bien supremo, y todo mal hacia el mal supremo.3
