La enciclopedia católica en español

Supresión de la Compañía de Jesús

La supresión de la Compañía de Jesús fue el proceso político, jurídico y eclesiástico que culminó con el breve pontificio Dominus ac Redemptor, promulgado por Clemente XIV el 21 de julio de 1773. La medida extinguió jurídicamente la orden, abolió sus estructuras y transfirió su jurisdicción a los obispos; sin embargo, la aplicación práctica varió según los reinos y no impidió que numerosos jesuitas continuaran ejerciendo el ministerio como sacerdotes seculares. La Compañía sobrevivió además en territorios protegidos por algunos soberanos y fue restaurada universalmente en 1814.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSupresión de la Compañía de Jesús
CategoríaSuceso histórico
DescripciónProceso político, jurídico y eclesiástico que culminó con la extinción jurídica de la Compañía de Jesús mediante el breve Dominus ac Redemptor en 1773, y su posterior restauración en 1814
Fecha de Fundación1814
ConsecuenciasPaso de los jesuitas al clero secular, pérdida de colegios y bienes, supervivencia en Rusia y Prusia, y posterior restauración universal en 1814.
Contexto HistóricoEuropa del siglo XVIII, marcado por el regalismo, la Ilustración católica, el absolutismo monárquico y las tensiones con las cortes borbónicas.
DocumentosDominus ac Redemptor, Sollicitudo omnium ecclesiarum
Fecha de Inicio21 de julio de 1773
OrganizadorClemente XIV, Carlos III, José I de Portugal, Luis XV, Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia
Personas relacionadasClemente XIV
Personas RelacionadasSebastião José de Carvalho e Melo (marqués de Pombal), Bernardo Tanucci, Madame Luisa de Francia
TipoSupresión eclesiástica y política
UbicaciónEuropa

Tabla de contenido

Contexto histórico

La Compañía de Jesús en la Europa del siglo XVIII

Durante más de dos siglos, la Compañía de Jesús había alcanzado una posición central en la vida católica europea. Sus miembros dirigían colegios, universidades, misiones, seminarios y parroquias, además de ejercer una notable influencia en la teología, la predicación y la formación de las élites. El brusco paso desde esa situación de prestigio a la expulsión y supresión constituye uno de los episodios más complejos de la historia moderna de la Iglesia.1

La orden también actuaba como defensora de la autoridad pontificia frente a diversas corrientes eclesiológicas que pretendían ampliar el poder de los soberanos sobre la Iglesia. Teólogos jesuitas combatieron especialmente el galicanismo, que favorecía una mayor autonomía de la Iglesia francesa, y el josefinismo, que sometía amplios ámbitos de la vida eclesiástica a la autoridad imperial.2

Esta posición convirtió a la Compañía en un obstáculo para los gobiernos que aspiraban a controlar directamente la enseñanza, los bienes eclesiásticos, el nombramiento de obispos y la organización del clero. En España, durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, las tendencias regalistas y antijesuíticas influyeron en la política eclesiástica de la Corona.3

Regalismo e Ilustración católica

El regalismo defendía la ampliación de las prerrogativas del monarca sobre los asuntos eclesiásticos dentro de sus dominios. No todos los regalistas rechazaban la fe católica ni pretendían romper con Roma. Muchos aspiraban a una Iglesia nacional más dependiente del soberano y menos sometida a la Curia romana. Las corrientes antirromanas de la época pasaron de reclamar una Iglesia nacional dentro de la comunión católica a cuestionar, en algunos ambientes, la propia concentración de autoridad en la Santa Sede.3

La Ilustración católica constituyó un fenómeno más amplio y ambiguo. Algunos católicos ilustrados buscaban reformar la disciplina eclesiástica, mejorar la educación y limitar abusos administrativos sin abandonar la doctrina católica. Otros sectores, influidos por el jansenismo, el regalismo, el enciclopedismo o el racionalismo, consideraban que las órdenes religiosas -y especialmente la Compañía de Jesús- representaban una estructura excesivamente autónoma frente al Estado.

La supresión nació de la convergencia de varias fuerzas: el absolutismo monárquico, la hostilidad hacia los privilegios corporativos, la crítica ilustrada a las órdenes religiosas, las controversias teológicas y la oposición política de ministros que deseaban reducir la influencia de Roma. En Francia confluyeron el jansenismo, el librepensamiento y la impaciencia ante el orden tradicional; en otros territorios tuvo mayor peso la acción directa de ministros absolutistas.1

Las expulsiones antes de la supresión pontificia

La supresión pontificia de 1773 no inició el proceso, sino que culminó una serie de expulsiones y medidas civiles contra los jesuitas.

Portugal

En Portugal, José I nombró en 1750 primer ministro a Sebastião José de Carvalho e Melo, futuro marqués de Pombal. El conflicto con los jesuitas se relacionó inicialmente con el intercambio territorial entre Portugal y España, que afectaba a las reducciones guaraníes del Paraguay. Las comunidades indígenas debían abandonar sus territorios, y los jesuitas intentaron organizar el traslado; las duras condiciones provocaron una rebelión conocida como la guerra guaranítica.1

Pombal extendió progresivamente el conflicto. Apartó a los jesuitas de la corte, impulsó una campaña de escritos contra ellos, les prohibió administrar temporalmente las misiones y finalmente ordenó su deportación de América. Benedicto XIV había dispuesto una investigación sobre las acusaciones formuladas contra la orden, pero murió pocas semanas después de iniciar el procedimiento.1

Francia

En Francia, el problema jesuita estuvo relacionado con las tensiones entre la monarquía, el Parlamento de París, el galicanismo y los adversarios teológicos de la Compañía. La Corona terminó adoptando medidas contra los jesuitas, aunque el rey no mostró inicialmente el mismo grado de determinación que los ministros partidarios de la supresión. La debilidad política de la monarquía permitió que las fuerzas contrarias a la orden impusieran su iniciativa.1

Algunos miembros de la familia real y sectores piadosos intentaron conservar una presencia jesuita bajo la autoridad de los obispos. Madame Luisa de Francia, carmelita e hija de Luis XV, proyectó restablecer a los jesuitas en varias provincias, pero la iniciativa no prosperó.4

Nápoles y Sicilia

En el Reino de Nápoles, Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas en 1767. La medida formó parte de la política coordinada de varias cortes borbónicas, cuyos ministros -entre ellos Bernardo Tanucci- actuaron contra la Compañía y presionaron posteriormente a Clemente XIV para que decretase su extinción universal.5

Tanucci utilizó además la ocupación de territorios pontificios como instrumento de presión. Benevento y Pontecorvo permanecieron ocupados hasta después de la supresión de 1773, y fueron restituidos posteriormente a la Santa Sede.5

España

En España, Carlos III expulsó a los jesuitas en 1767. La política antijesuítica española se vinculó al regalismo y a la voluntad de someter la vida religiosa a un mayor control de la Corona. Los ministros ilustrados consideraban que las órdenes regulares poseían una influencia social y económica incompatible con el programa de reforma estatal.3

La expulsión española no equivalía todavía a la supresión canónica de la orden. La Corona podía expulsar a los jesuitas de sus territorios y confiscar sus bienes, pero la autoridad para extinguir universalmente una orden religiosa correspondía al papa.

La supresión pontificia de 1773

Clemente XIV y la presión de las cortes borbónicas

Clemente XIV recibió insistentes peticiones de las cortes borbónicas para suprimir la Compañía. Los ministros de Portugal, España, Francia y Nápoles ejercieron una presión constante sobre la Santa Sede. El papa intentó ganar tiempo para examinar las acusaciones, pero la presión política y la amenaza contra los intereses pontificios limitaron su margen de actuación.5

La decisión pontificia no presentó la supresión como una condena doctrinal de toda la teología, moral o disciplina jesuita. El rey de España juzgó incluso que el documento resultaba demasiado moderado porque no condenaba expresamente la doctrina, la moral ni la disciplina de la Compañía.4

El breve Dominus ac Redemptor

El 21 de julio de 1773, Clemente XIV promulgó el breve Dominus ac Redemptor. El documento declaró extinguida y suprimida la Compañía de Jesús, junto con sus cargos, ministerios, casas, colegios, hospicios y demás instituciones. También abolió sus estatutos, costumbres, constituciones, privilegios e indultos.6

El breve justificó la decisión mediante razones de prudencia y gobierno eclesial. Clemente XIV afirmó que la Compañía ya no producía los frutos para los que había sido fundada y que la paz de la Iglesia resultaba imposible mientras la orden continuase existiendo.6

El documento no constituía una condena dogmática de la espiritualidad ignaciana. Su contenido era principalmente disciplinar y jurídico: extinguía una institución religiosa concreta, anulaba su régimen interno y eliminaba sus privilegios. La redacción pontificia prohibía también recibir nuevos miembros, admitir novicios o permitir la profesión de votos dentro de la Compañía.6

Supresión canónica y ejecución civil

Una diferencia fundamental

La supresión canónica fue el acto universal de la autoridad pontificia que extinguió jurídicamente la Compañía como orden religiosa en la Iglesia latina. La ejecución civil, en cambio, consistió en las medidas adoptadas por cada soberano: expulsión de los religiosos, incautación de bienes, cierre de colegios y ocupación de casas y misiones.

Ambos procesos no coincidieron necesariamente en el tiempo ni produjeron los mismos efectos. Algunos gobiernos expulsaron a los jesuitas antes de 1773; otros retrasaron la publicación del breve; algunos protegieron a los religiosos y permitieron que continuaran viviendo en comunidad.

Reacciones desiguales de los Estados

Francia no publicó inmediatamente el breve. El arzobispo de París y sectores galicanos sostenían que la decisión constituía un acto personal del papa y que no obligaba automáticamente a la Iglesia francesa.4

Nápoles prohibió la publicación del documento bajo pena de muerte. María Teresa de Austria permitió que su hijo José II confiscara los bienes de los jesuitas y aceptó después la supresión invocando la paz de la Iglesia. Polonia opuso resistencia durante un tiempo, mientras algunos cantones suizos conservaron los colegios jesuitas.4

Prusia y Rusia, pese a no ser potencias católicas en sentido pleno, protegieron a los jesuitas. Federico II de Prusia mantuvo durante algunos años esa protección, mientras Catalina II de Rusia se negó a publicar el breve y ordenó a los obispos de Bielorrusia que permitieran a los jesuitas continuar viviendo en comunidad y ejerciendo sus tareas habituales.4

La actitud de Catalina II tuvo una consecuencia decisiva: la Compañía conservó en Rusia una existencia comunitaria de hecho, aunque el derecho pontificio general hubiese declarado su supresión. Clemente XIV parece haber tolerado la situación, y los jesuitas continuaron allí sin admitir nuevos novicios.4

La situación de los jesuitas como individuos

De religiosos regulares a clérigos seculares

La supresión de la orden no significó que todos los jesuitas perdieran el sacerdocio ni que quedaran automáticamente privados del ministerio. Dominus ac Redemptor dispuso que los miembros abandonasen sus casas y colegios y pasasen al estado de clérigos seculares, sometidos a los obispos diocesanos.7

El breve aplicó esta disposición también a los jesuitas expulsados anteriormente. Quienes habían recibido las órdenes mayores debían pasar, si no ingresaban en otra orden religiosa, al estado de sacerdotes seculares y quedar bajo la autoridad de los ordinarios locales.8

La diferencia entre un clérigo regular y un clérigo secular resulta esencial:

  • El clérigo regular pertenece a una orden religiosa, vive conforme a una regla o constitución y depende de los superiores de su instituto.
  • El clérigo secular no pertenece a una orden religiosa y queda integrado en la estructura ordinaria de una diócesis, bajo la autoridad del obispo.

Por tanto, la supresión extinguió la pertenencia institucional a la Compañía, pero no anuló por sí misma la ordenación sacerdotal de sus miembros.

Derechos y restricciones

El breve autorizó a los antiguos jesuitas, ya convertidos en clérigos seculares, a obtener beneficios eclesiásticos, cargos y dignidades que antes podían estarles vedados por su condición de miembros de la Compañía. También les permitió recibir estipendios por la celebración de la misa.7

Al mismo tiempo, quedaron abolidos los privilegios propios de la orden. Los antiguos jesuitas debían vivir como sacerdotes seculares y ajustarse a las normas comunes del clero, sin conservar las facultades especiales concedidas por antiguos pontífices a sus superiores.7

Los novicios debían abandonar inmediatamente el noviciado. Quienes habían emitido votos simples pero todavía no habían recibido las órdenes mayores no podían ser promovidos al sacerdocio invocando su profesión jesuita ni los privilegios anteriormente concedidos a la Compañía.6

Prohibición de defender públicamente la Compañía

Clemente XIV prohibió a clérigos y laicos defender o impugnar públicamente la supresión, discutir sus causas o polemizar sobre el instituto, las constituciones y el gobierno de la Compañía sin permiso expreso del papa. El mismo mandato prohibía injurias, calumnias y ofensas contra los antiguos jesuitas.9

La medida pretendía impedir que el conflicto desembocara en nuevas divisiones dentro de la Iglesia, aunque también limitó durante un tiempo la discusión pública sobre la legitimidad y las circunstancias de la supresión.

Consecuencias intelectuales y eclesiales

La desaparición de la Compañía privó a la teología católica de uno de sus principales cuerpos docentes y apologéticos. La historiografía teológica tradicional relacionó la supresión con el debilitamiento de la teología católica durante las décadas posteriores, en un contexto marcado por el jansenismo, el galicanismo, el josefinismo, el febronianismo y la Ilustración.2

Los gobiernos ocuparon o redistribuyeron numerosos colegios, residencias y bienes. La pérdida de la red educativa jesuita afectó especialmente a la enseñanza superior y a la formación de los futuros sacerdotes. En algunos territorios, los antiguos centros continuaron funcionando con nuevos profesores; en otros, desaparecieron o pasaron a control estatal o episcopal.

La supresión también reforzó temporalmente el regalismo. Los monarcas demostraron que podían expulsar una orden religiosa, administrar sus bienes y condicionar la publicación de decisiones pontificias dentro de sus territorios. Sin embargo, la crisis debilitó a las propias monarquías que la habían promovido. La interpretación histórica que relaciona la supresión con las fuerzas políticas que después desembocaron en la Revolución francesa considera que las cortes implicadas acabaron sufriendo la misma transformación revolucionaria que habían contribuido a preparar.1

Supervivencia durante el periodo de supresión

La extinción jurídica no eliminó toda presencia jesuita. En Rusia, los religiosos mantuvieron la vida comunitaria y sus actividades apostólicas bajo la protección de Catalina II. Prusia también conservó durante algunos años instituciones jesuitas, aunque sus miembros figuraban jurídicamente como sacerdotes seculares y no admitían nuevos novicios.4

En otros lugares, antiguos jesuitas formaron congregaciones que intentaban conservar elementos de la espiritualidad y del apostolado ignacianos sin utilizar inicialmente el nombre de la Compañía. Entre ellas aparecieron los Padres de la Fe y los Padres del Sagrado Corazón. Algunos de sus miembros acabarían incorporándose a la Compañía después de la restauración.10

Los jesuitas ingleses obtuvieron progresivamente permisos pontificios para asociarse con los jesuitas de Rusia. El proceso pasó por varias etapas: autorización de la vida comunitaria, reconocimiento de los votos y recuperación de los privilegios propios de una orden religiosa.10

Restauración de la Compañía

Pío VII restauró universalmente la Compañía de Jesús el 7 de agosto de 1814 mediante la bula Sollicitudo omnium ecclesiarum. La restauración reconoció la continuidad de la institución y devolvió jurisdicción universal al superior general que ejercía su autoridad desde Rusia.11

La restauración no borró las diferencias entre la supresión canónica y las diversas experiencias civiles del periodo anterior. Algunos jesuitas habían muerto, otros habían pasado definitivamente al clero secular y otros habían ingresado en nuevas congregaciones. La Compañía restaurada tuvo que reconstruir sus comunidades, recuperar sus obras educativas y reorganizar sus provincias.

Valoración histórica

La supresión de la Compañía de Jesús no puede explicarse mediante una sola causa. El conflicto combinó:

  • Regalismo, por la voluntad de los monarcas de controlar la Iglesia en sus dominios.
  • Absolutismo ministerial, visible en la actuación de ministros como Pombal y Tanucci.
  • Ilustración, con su crítica a los privilegios corporativos y a las estructuras tradicionales.
  • Jansenismo y galicanismo, enfrentados a posiciones teológicas y eclesiológicas defendidas por muchos jesuitas.
  • Intereses económicos y administrativos, vinculados a los bienes, colegios y misiones de la orden.
  • Presión diplomática sobre la Santa Sede, especialmente por parte de las cortes borbónicas.

La supresión fue, por tanto, un acto pontificio condicionado por una larga campaña política y por decisiones civiles adoptadas de manera desigual. Clemente XIV extinguió jurídicamente la Compañía, pero el breve no convirtió a todos sus miembros en laicos ni anuló el sacerdocio de los ordenados. La mayoría de los antiguos jesuitas pasó al clero secular o quedó bajo la autoridad de los obispos; otros conservaron una vida comunitaria excepcionalmente protegida en Rusia y en algunos territorios.

La restauración de 1814 mostró que la supresión no había destruido la tradición espiritual, intelectual y apostólica de la Compañía. Había interrumpido su existencia jurídica ordinaria y desmantelado gran parte de sus instituciones, pero no había eliminado ni la identidad de sus miembros ni la capacidad de la Iglesia para recuperar posteriormente la orden.

Citas y referencias

  1. La supresión de los jesuitas (1750-1773), Enciclopedia Católica, La supresión de los jesuitas (1750-1773) (1913). 2 3 4 5 6
  2. Historia de la teología dogmática, Enciclopedia Católica, Historia de la teología dogmática (1913). 2
  3. Scripta Theologica. Reseñas, 40 (1973). 2 3
  4. Papa Clemente XIV, Enciclopedia Católica, Papa Clemente XIV (1913). 2 3 4 5 6 7
  5. Bernardo Tanucci, Enciclopedia Católica, Bernardo Tanucci (1913). 2 3
  6. Papa Clemente XIV. Dominus ac Redemptor (21 de julio de 1773), 25 (1773). 2 3 4
  7. Papa Clemente XIV. Dominus ac Redemptor (21 de julio de 1773), 33 (1773). 2 3
  8. Papa Clemente XIV. Dominus ac Redemptor (21 de julio de 1773), 29 (1773).
  9. Papa Clemente XIV. Dominus ac Redemptor (21 de julio de 1773), 35 (1773).
  10. Los jesuitas durante el interregno (1773-1814), Enciclopedia Católica, Los jesuitas durante el interregno (1773-1814) (1913). 2
  11. Los jesuitas tras la restauración (1814-1912), Enciclopedia Católica, Los jesuitas tras la restauración (1814-1912) (1913).
Modificado el 23 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.18 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/981v52xbz

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →