Las reuniones vinculadas a Taizé han convocado a jóvenes de numerosos países para vivir experiencias de oración, fraternidad y peregrinación. En 1980, Juan Pablo II recibió en Roma a unos 25.000 jóvenes reunidos por iniciativa de la comunidad y describió su estancia como una experiencia de fraternidad y oración en la diócesis romana.1
La dimensión ecuménica de estos encuentros consiste en que participan cristianos que no pertenecen todos a la Iglesia católica, junto con jóvenes que todavía buscan la fe. En su discurso a los participantes de una reunión europea de Taizé, Juan Pablo II reconoció expresamente esa diversidad y afirmó que respetaba las distintas situaciones y procesos personales.2
El encuentro no requiere borrar las diferencias confesionales. Su impulso consiste, más bien, en que cristianos de distintas tradiciones se acerquen a Cristo y aprendan a tratarse como hermanos. La oración común y la convivencia pueden preparar caminos de reconciliación y ayudar a hacer visible el deseo de unidad.3



