Las técnicas de reproducción asistida abarcan un conjunto de intervenciones clínicas cuyo fin es favorecer el comienzo de la vida humana cuando, por causas diversas, el modo natural de concebir no es posible o resulta inadecuado. A nivel antropológico y ético, la cuestión central consiste en preguntarse si la medicina puede contribuir a superar la esterilidad poniéndose al servicio de la persona humana y de sus derechos, o si, por el contrario, la técnica termina sustituyendo dimensiones esenciales del acto humano conyugal y de la paternidad y maternidad.
La tradición católica valora la investigación médica, pero subraya que el discernimiento moral debe guiarse por la prudencia y el recurso a personas competentes, a la luz de la razón y de la ayuda de Dios.1
