La templanza, del latín temperare (mezclar en proporciones adecuadas, calificar), es el hábito justo que permite al ser humano gobernar su apetito natural por los placeres de los sentidos de acuerdo con la razón5. Aunque en un sentido amplio puede considerarse una característica de todas las virtudes morales, al implicar moderación en cada una de ellas, Santo Tomás de Aquino la describe como una virtud especial5. Su objetivo principal es frenar la concupiscencia y controlar el anhelo de placeres y deleites que más fuertemente atraen el corazón humano5.
Históricamente, el concepto de templanza tiene raíces profundas en la filosofía griega. Para los griegos, términos como sōphrōn y sōphrosynē denotaban reserva y moderación en la conducta, así como el conocimiento del propio lugar6. Platón, en su obra Charmides, consideraba la sophrosyne como el inicio de la salud espiritual, y en la República, la formuló como una de las cuatro virtudes cardinales, correspondiente a la mente y las tres partes apetitivas del alma6. Aristóteles, por su parte, trató la templanza (enkráteia) extensamente como una virtud que reside en la parte irracional del alma y ayuda a alcanzar el justo medio en relación con los placeres corporales4,6. El término griego enkráteia significa literalmente «poder sobre uno mismo»4.
