En el Antiguo Testamento, el Templo de Jerusalén era el lugar sagrado por excelencia de la fe judía y un recordatorio constante del Dios que estableció una alianza con su pueblo1. Era considerado la morada visible del Eterno, lleno de la nube de su presencia y el lugar de su gloria1,2. El Templo servía como centro del culto, especialmente para los sacrificios, la oración, la enseñanza, la curación y la entronización real2. Las peregrinaciones a Jerusalén y su Templo eran fundamentales, simbolizando la unidad del pueblo y su anhelo de acercarse a Dios3,2,4.
El Templo también era un espacio funcional y simbólico, evocando el misterio de la morada divina en el cielo2. Sin embargo, los profetas, como Jeremías, ya criticaban la confianza incondicional en el lugar sagrado cuando el culto era hipócrita y formalista, señalando que la presencia divina no podía ser «contenida» ni garantizada por el edificio material2. Esta relativización del simbolismo del lugar santo preparó el camino para una comprensión más profunda del templo.
