La tentación se entiende como «incitación al pecado» que puede manifestarse externamente, como ocurrió con Jesús en el desierto, o internamente, cuando el deseo concupiscente del corazón humano impulsa al pecador1. No es sinónimo de pecado; el pecado surge sólo cuando la voluntad consiente la propuesta del mal1.
Concupiscencia y pecado
La concupiscencia es la inclinación al mal que quedó como consecuencia del pecado original. Esta propensión no es en sí misma pecaminosa, pero se vuelve pecado cuando se entrega libremente al deseo (cf. 1 Jn 2,15‑17). La Iglesia enseña que la concupiscencia «se vuelve pecaminosa sólo cuando se cede libremente» y que, al resistirla con la ayuda de Dios, el creyente adquiere mérito espiritual2.
