La palabra tentación puede designar realidades distintas. En un sentido amplio, significa una prueba o situación que pone a prueba la fidelidad, la fortaleza o la conducta de alguien. En sentido moral, designa el atractivo, la propuesta o la presión que inclina a cometer el mal. La Sagrada Escritura utiliza el término en ambos sentidos: puede hablar de una prueba permitida por Dios o de una incitación a pecar.1,2
En la vida moral, la tentación puede presentarse desde fuera -por una circunstancia, una propuesta o una influencia- y también como un movimiento interior, por ejemplo, un deseo desordenado o una imagen que aparece en la imaginación. A veces concurren varios factores. La presencia de una inclinación intensa no demuestra por sí sola que la persona haya pecado: lo decisivo es el consentimiento de la voluntad.3


