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Tentación

En la moral católica, la tentación es una incitación o atracción hacia el mal, o una prueba que pone a la persona ante una decisión. La tentación no constituye pecado por sí misma: el pecado requiere que la voluntad consienta libremente en el mal. Para comprenderla, conviene distinguir entre la mera sugestión y la aceptación interior, y entre la prueba que Dios permite y la incitación al pecado, que Dios nunca causa.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreTentación
CategoríaTérmino
DescripciónIncitación al mal o prueba que pone a prueba la fidelidad de la persona. Incitación o atracción hacia el mal, o una prueba que pone a la persona ante una decisión
EnseñanzasLa tentación no constituye pecado por sí misma; el pecado requiere que la voluntad consienta libremente en el mal.
FuentesEnciclopedia Católica, La Sagrada Biblia, Catecismo del Concilio de Trento, Suma teológica de Alberto Magno, Comentario a las Sentencias de Tomás de Aquino.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Significado y sentidos

La palabra tentación puede designar realidades distintas. En un sentido amplio, significa una prueba o situación que pone a prueba la fidelidad, la fortaleza o la conducta de alguien. En sentido moral, designa el atractivo, la propuesta o la presión que inclina a cometer el mal. La Sagrada Escritura utiliza el término en ambos sentidos: puede hablar de una prueba permitida por Dios o de una incitación a pecar.1,2

En la vida moral, la tentación puede presentarse desde fuera -por una circunstancia, una propuesta o una influencia- y también como un movimiento interior, por ejemplo, un deseo desordenado o una imagen que aparece en la imaginación. A veces concurren varios factores. La presencia de una inclinación intensa no demuestra por sí sola que la persona haya pecado: lo decisivo es el consentimiento de la voluntad.3

Tentación, sugestión y consentimiento

La sugestión no es pecado

La sugestión es la aparición o presentación de una posibilidad contraria al bien: una idea, imagen, deseo o invitación que reclama atención y puede atraer. Puede ser fugaz o persistente, y provocar inquietud o placer. Sin embargo, mientras la persona no la acepte deliberadamente, la sugestión no equivale a pecado. La inclinación inicial puede surgir sin que la voluntad la haya elegido.3,1

Por tanto, ser tentado no significa haber consentido. La fuerza, la repetición o el carácter desagradable de una tentación no prueban por sí solos que alguien haya cedido. La persona puede experimentar una inclinación y, al mismo tiempo, rechazarla o apartar de ella su atención.3

La delectación morosa

La delectación morosa es el complacerse deliberadamente en un pensamiento o representación de algo moralmente malo, deteniéndose en ello con consentimiento interior. No consiste simplemente en que una idea aparezca ni en experimentar involuntariamente una emoción o una sensación agradable: requiere algún grado de asentimiento voluntario. La tradición moral distingue, por tanto, entre la sugestión no consentida y la complacencia que la voluntad acoge.3,1

La expresión «morosa» no alude necesariamente a que el pensamiento dure mucho tiempo, sino a que la voluntad se demora en él, lo acepta y encuentra complacencia en su objeto. El grado de responsabilidad depende de cuánto deliberó y consintió la persona, así como de la naturaleza del acto deseado. Por eso, no toda vacilación o atención involuntaria equivale a un consentimiento pleno. La tradición citada enseña que la concupiscencia solo se convierte en pecado cuando la voluntad se entrega libremente a ella.1

De dónde puede proceder la tentación

La tradición cristiana suele distinguir tres fuentes de tentación: el demonio, el mundo y la propia concupiscencia. Esta clasificación no exige que cada tentación tenga una sola causa: varias pueden actuar a la vez.4,5

El demonio

La tradición cristiana presenta al demonio como adversario que puede incitar al pecado mediante el engaño, la persuasión, la amenaza o la adulación. Su estrategia puede consistir en presentar como bueno algo que aparta del bien auténtico, o en aprovechar las debilidades de una persona. La existencia de una tentación, sin embargo, no permite concluir que cada pensamiento o deseo proceda directamente de una acción extraordinaria del demonio.2,4

El mundo

En este contexto, el mundo no significa que la creación o las personas sean malas. Designa aquellos bienes, costumbres, presiones o atractivos que pueden apartar del bien y orientar la voluntad hacia el pecado. Un bien limitado puede presentarse como si fuese absoluto; también la prosperidad, la adversidad o la presión de otras personas pueden convertirse en ocasión de orgullo, desaliento o desorden moral.2,5

La propia concupiscencia

La concupiscencia es la inclinación desordenada al mal que permanece en la naturaleza humana herida por el pecado original. Puede manifestarse en deseos, impulsos y afectos que reclaman satisfacción sin atender debidamente al bien moral. No es lo mismo que el consentimiento: la persona peca cuando, pudiendo elegir, cede libremente a esa inclinación. Si la resiste con la ayuda de Dios, la lucha puede convertirse en ocasión de crecimiento en la virtud.1,4

Prueba permitida por Dios y tentación al mal

La palabra tentar también puede significar poner a prueba. Dios puede permitir circunstancias difíciles que hagan patente la fidelidad de una persona y le den ocasión de practicar la virtud. Dios no prueba para averiguar algo que ignore, sino que la prueba puede manifestar la fidelidad ante los demás y ayudar a la persona a conocer su propia fragilidad y a confiar más en Dios.2,5

Esto no significa que Dios incite al pecado. Santiago 1,13 declara que Dios no tienta a nadie al mal: la seducción hacia el pecado no procede de Dios. La tradición cristiana diferencia así la prueba que Dios permite para el crecimiento moral de la tentación entendida como incitación a cometer el mal.1,2

En el padrenuestro, la petición «no nos dejes caer en la tentación» expresa la súplica de recibir ayuda para no sucumbir ante el mal. No implica que Dios quiera el pecado, sino que el creyente reconoce su vulnerabilidad y pide la gracia necesaria para perseverar.1,2

Jesucristo ante la tentación

Los Evangelios sinópticos narran que Jesús fue tentado en el desierto antes de comenzar su ministerio público. La tradición cristiana presenta ese episodio como modelo de resistencia frente al tentador. Jesús afrontó una tentación exterior, pero no cedió al mal; su humanidad estaba libre de la concupiscencia desordenada propia de la condición humana caída.1

La tentación de Cristo permite distinguir con claridad entre padecer una incitación y pecar. La tentación puede estar presente de manera real, pero no fuerza a la voluntad a consentir. En Cristo, la resistencia muestra la fidelidad al Padre y el rechazo de los bienes aparentes cuando estos exigen apartarse de la misión recibida.1

Respuesta cristiana ante la tentación

La respuesta no consiste siempre en enfrentarse de forma directa y prolongada a cada pensamiento. Conviene evitar, cuando sea posible, las ocasiones previsibles de pecado; recurrir a la oración; vigilar las propias decisiones y mantener una confianza humilde en Dios. Ante sugerencias interiores repetitivas, puede resultar más provechoso no alimentar el pensamiento y dirigir serenamente la atención hacia otra actividad.3,1

Resistir no significa negar que exista una lucha ni esperar que toda tentación desaparezca de inmediato. Significa no confundir la aparición de un impulso con una decisión moral y orientar la voluntad hacia el bien. La resistencia, sostenida por la oración y la ayuda de Dios, puede ejercitar la virtud y fortalecer el dominio de sí.3,1

La tentación, por sí sola, tampoco demuestra que una persona esté rechazada por Dios o haya perdido su fidelidad. Una vida cristiana puede incluir luchas repetidas; la cuestión moral central es cómo responde la voluntad y si busca la ayuda necesaria para no consentir en el mal.3

Citas y referencias

  1. Tentación de cristo, Enciclopedia Católica, Temptation of Christ (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. La oración del señor - La sexta petición: «y no nos dejes caer en la tentación» - Importancia de la instrucción sobre esta petición, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, The Lord’s Prayer - The Sixth Petition (1566). 2 3 4 5 6
  3. Tentación, Enciclopedia Católica, Temptation (1913). 2 3 4 5 6 7
  4. Introducción - Cinco cualidades de la oración, Tomás de Aquino. Exposición de la oración dominical, 1 (1273). 2 3
  5. Sed contra y respuesta, Tomás de Aquino. Comentario a las Sentencias, 2.D21.Q1.A1.resp (1256). 2 3
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