El sufrimiento, aunque un mal y una prueba en sí mismo, puede convertirse siempre en una fuente de bien si se vive por amor y con amor, compartiendo, por don de Dios y por elección personal y libre, en el sufrimiento de Cristo Crucificado.
Conformidad con Cristo
Para el cristiano, el sufrimiento ofrece una oportunidad para una más profunda intimidad con Dios y un deseo auténtico de cambiar la vida de la tibieza a un amor más ferviente. La enfermedad puede llevar a la angustia o la desesperación, pero también puede madurar a la persona, ayudándola a discernir lo no esencial y a volverse hacia lo que sí lo es, provocando a menudo una búsqueda de Dios y un retorno a Él.
El Papa Juan Pablo II enseñó que vivir el sufrimiento en el Señor nos conforma más plenamente a Él y nos asocia más estrechamente con su obra redentora en favor de la Iglesia y la humanidad. San Pablo experimentó esto, regocijándose en sus sufrimientos por el bien de los demás y completando en su carne lo que falta a las aflicciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia (Colosenses 1:24),.
El Misterio Pascual como Respuesta
El misterio pascual —la pasión, muerte y resurrección de Cristo— es la culminación de la revelación y la realización de la misericordia divina. La cruz en el Calvario, donde Cristo dialoga con el Padre, surge del corazón mismo del amor que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, ha recibido como don. En el sufrimiento de Cristo, incluso el no creyente puede descubrir la elocuencia de la solidaridad con la condición humana y la plenitud armoniosa de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, la verdad y el amor.
La Iglesia enseña que la salvación se ganó en la Cruz, la revelación definitiva de Dios en un mundo caído, y a través de ella se cumple la nueva creación en la resurrección de Cristo, ofrecida a todos los que mueren a sí mismos. Por lo tanto, el sufrimiento, cuando se une al de Cristo, adquiere un valor redentor y contribuye a la salvación propia y del mundo,.
La Docilidad a la Gracia
La aceptación del sufrimiento y la cooperación con la gracia de Dios intensifican las virtudes teologales y morales, y los dones del Espíritu Santo. La gracia de Cristo no compite con nuestra libertad cuando esta libertad concuerda con el verdadero sentido del bien que Dios ha puesto en el corazón humano. Al contrario, cuanto más dóciles somos a los impulsos de la gracia, más crecemos en libertad interior y confianza durante las pruebas.