El término «espiritualidad» se deriva de la vida del espíritu presente en cada persona, recreada por la gracia santificante1. La gracia actual del Espíritu Santo impulsa a los individuos a crecer dinámicamente en una vida virtuosa completa, fundamentada en las virtudes teologales infusas de fe, esperanza y caridad, junto con las virtudes cardinales1. Los preceptos de Dios, las virtudes teologales y morales, y los siete dones santificadores del Espíritu Santo se actualizan con el consentimiento humano a las gracias actuales dadas en circunstancias particulares1.
Aunque la teología espiritual como rama formal es relativamente reciente, sus principios se encuentran profundamente arraigados en la tradición de la Iglesia. Por ejemplo, se ha reconocido que Santo Tomás de Aquino, a pesar de ser conocido principalmente por su dogmática y moral, también incorporó una doctrina espiritual en sus escritos1. Sus obras ofrecen profundas reflexiones sobre el progreso y el declive en la gracia y la virtud, tanto para los principiantes como para aquellos que buscan avanzar en su relación con Dios1. La caridad, en particular, es vista como un signo de verdadera comprensión de la revelación y de crecimiento espiritual1.
