La teología, en su sentido más amplio, es la ciencia de Dios y de las cosas divinas, basada en la revelación sobrenatural y contemplada a la luz de la fe cristiana1. Desde sus inicios, la teología ha buscado no solo comprender las verdades reveladas, sino también defenderlas y explicarlas. La teología fundamental, como disciplina específica, se desarrolló para abordar las objeciones y los desafíos a la fe que surgieron, especialmente a partir de la Ilustración y el surgimiento de la crítica moderna2.
Los Padres de la Iglesia, aunque no utilizaban el término «teología fundamental» de la misma manera que hoy, distinguían la doctrina sobre Dios de su actividad externa, como la Encarnación y la Redención, a las que se referían como la «economía Divina»1. A lo largo de la historia de la Iglesia, la necesidad de justificar la fe ante la razón ha sido una constante. San Agustín y San Anselmo, por ejemplo, concibieron la teología como «la fe que busca el entendimiento» (fides quaerens intellectum)3.
El Concilio Vaticano I, en su Constitución Dogmática Dei Filius, afirmó que la razón puede alcanzar cierta comprensión de los misterios de la fe, aunque estos superen su capacidad plena4. Sin embargo, fue el Concilio Vaticano II, con su Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina Dei Verbum, el que enfatizó la unidad de la revelación divina como un único «misterio de salvación»5,4. Este documento subraya que la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están intrínsecamente unidas, constituyendo un único depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia3.
