La situación del Reino de Jerusalén
El Reino de Jerusalén atravesó una profunda crisis política y militar durante las décadas anteriores a la cruzada. La muerte prematura de Balduino IV, afectado por la lepra, y posteriormente la de su sobrino Balduino V dejaron el reino en manos de facciones enfrentadas. La elección de Guido de Lusignan como rey no consiguió resolver las divisiones entre los barones, mientras que Raimundo de Trípoli y otros nobles defendían posiciones diferentes sobre la política que convenía adoptar frente a Saladino.1
La discordia interna debilitó la capacidad defensiva de los Estados latinos de Oriente. Reinaldo de Châtillon, señor de importantes fortalezas en la Transjordania, quebrantó varias treguas con Saladino mediante ataques contra caravanas y expediciones dirigidas contra territorios musulmanes. Aquellas acciones agravaron el conflicto y facilitaron la intervención militar del sultán ayubí.2
El 4 de julio de 1187, Saladino derrotó al ejército cristiano en la batalla de los Cuernos de Hattin. El rey Guido cayó prisionero, también fueron capturados destacados dirigentes militares y murieron numerosos combatientes. Saladino ejecutó a Reinaldo de Châtillon y marchó después contra Jerusalén.2
Jerusalén capituló el 2 de octubre de 1187. Tiro, Antioquía y Trípoli quedaron como las principales plazas cristianas que todavía resistían en Siria, mientras que la mayor parte del Reino de Jerusalén pasó bajo el dominio de Saladino.2
La conmoción en la cristiandad latina
La pérdida de Jerusalén provocó una intensa conmoción religiosa en Europa. La ciudad no representaba únicamente una capital política: albergaba el Santo Sepulcro y otros lugares vinculados a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Para la mentalidad cristiana medieval, la defensa de Tierra Santa incluía la protección de comunidades cristianas, santuarios y rutas de peregrinación.
La noticia llegó en un momento de tensiones entre los principales monarcas occidentales. Felipe II de Francia y Enrique II de Inglaterra mantenían un prolongado conflicto, mientras que Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, perseguía sus propios objetivos políticos en el Mediterráneo y frente al Imperio bizantino. La predicación pontificia intentó orientar aquellas fuerzas hacia la defensa de los cristianos de Oriente, aunque las rivalidades entre príncipes dificultaron una acción verdaderamente unificada.2

