La autenticidad de la Tercera epístola de San Juan ha sido objeto de estudio en la tradición exegética católica desde los primeros siglos del cristianismo. Según la tradición apostólica, el autor es el mismo San Juan Evangelista, el «anciano» o presbíteros que se identifica en el inicio de la carta, refiriéndose al apóstol en su vejez.1 Esta atribución se basa en el estilo literario similar al de la Primera y Segunda epístolas joánicas, caracterizado por un tono afectuoso, directo y teológico, con expresiones como «amado» (agapète) repetidas para enfatizar la cercanía fraterna.2
En cuanto a su canonicidad, la epístola formó parte de los textos antilegómena o disputados en la Iglesia primitiva. Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica (siglo IV), la menciona junto con la Segunda epístola de Juan como de autoría incierta, aunque posiblemente joánica.1 Orígenes (siglo III) la reconoce, pero nota que no todos la aceptaban por su brevedad —menos de cien líneas en total para ambas cartas cortas— y su carácter personal, sin doctrina profunda.1 La versión siríaca Peshitta no la incluye inicialmente, pero la Iglesia Occidental la incorporó definitivamente a partir del siglo IV, y el Concilio de Trento (1546) la confirmó como inspirada, resolviendo dudas de figuras como Cayetano.1 En la Iglesia Oriental, fuera de Antioquía, también se aceptó tempranamente. Hoy, la exégesis católica la considera auténtica, escrita probablemente en Éfeso hacia el final de la vida de San Juan (alrededor del año 100 d.C.), como parte del corpus joánico que incluye el Evangelio y las otras epístolas.1

