La práctica de la oración en horas fijas del día tiene sus orígenes en la tradición judía, de la cual los cristianos la adoptaron1. Textos del Nuevo Testamento mencionan la observancia de la tercera, sexta y novena hora para la oración, lo que sugiere que estas horas eran elegidas preferentemente para la oración tanto por judíos como por los primeros cristianos2. Por ejemplo, Hechos 2:15 relata el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en Pentecostés a la tercera hora del día2,3.
En los siglos III y IV, Padres de la Iglesia como Tertuliano y Clemente de Alejandría, así como los Cánones de Hipólito, ya hacían mención de la Tercia, Sexta y Nona como horas para la oración diaria2. Aunque inicialmente estas horas podían ser para la oración privada, con el tiempo se convirtieron en momentos de oración pública, especialmente con el surgimiento de las comunidades monásticas y ascéticas4,2. San Basilio el Grande, por ejemplo, exhortaba a los hermanos a reunirse para orar a la tercera hora, recordando el don del Espíritu Santo5.
Juan Casiano, en sus Instituciones, explica que en los monasterios de Palestina, Mesopotamia y todo Oriente, los servicios de estas horas se concluían con tres salmos cada uno, para permitir una oración constante sin interferir con las labores diarias3.
