Renovación de la misión evangelizadora
Tertio Millennio Adveniente invitaba a la Iglesia a afrontar el tercer milenio con una renovada conciencia misionera. La evangelización debía anunciar de nuevo a Jesucristo como respuesta a las aspiraciones más profundas del ser humano.
La Iglesia tenía que utilizar formas pastorales adecuadas a las circunstancias contemporáneas sin alterar el contenido esencial del Evangelio. La novedad de los métodos debía permanecer unida a la fidelidad a Cristo y a la verdad de la fe.
Desafío de la secularización
La carta prestaba atención al avance de una cultura secularizada, entendida como una visión de la vida que pretende organizar la sociedad sin referencia a Dios. Este fenómeno podía debilitar la práctica religiosa, oscurecer el sentido del pecado y reducir la existencia humana a sus dimensiones materiales.
Frente a esta situación, la Iglesia debía ofrecer un testimonio convincente de la santidad, la caridad y la esperanza cristianas. La respuesta no consistía en el aislamiento, sino en una presencia evangelizadora capaz de dialogar con la cultura y mostrar la razonabilidad y belleza de la fe.
Unidad de los cristianos
El Gran Jubileo debía favorecer el camino ecuménico. Juan Pablo II deseaba que todos los cristianos colaborasen en la preparación y celebración del acontecimiento, respetando los programas propios de cada Iglesia y comunidad.
La unidad constituía una de las peticiones principales del Jubileo. Las diferencias entre los cristianos no debían ocultar la existencia de numerosos ámbitos de cooperación y de una común orientación hacia la plena comunión.
La celebración jubilar podía ofrecer ante el mundo un testimonio más fuerte si los discípulos de Cristo manifestaban su voluntad de avanzar hacia la unidad.
Diálogo interreligioso
La preparación del Jubileo también incluía el diálogo respetuoso con las religiones no cristianas. Este diálogo debía reconocer los elementos de verdad, bondad y búsqueda espiritual presentes en otras tradiciones, sin confundirlos con la plenitud de la revelación cristiana.
La fe católica proclama a Jesucristo como Salvador universal y, al mismo tiempo, promueve el respeto hacia toda persona y toda tradición religiosa. El diálogo exige escucha, claridad doctrinal, rechazo de la violencia y colaboración en favor de la paz y la justicia.