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Tertio Millennio Adveniente

Tertio Millennio Adveniente es una carta apostólica de san Juan Pablo II, publicada el 10 de noviembre de 1994, que orientó la preparación espiritual, pastoral y eclesial del Gran Jubileo del año 2000. El documento presenta a Jesucristo como centro de la historia, interpreta el tiempo desde el misterio de la Encarnación y propone a la Iglesia un camino de conversión, reconciliación, evangelización y búsqueda de la unidad entre los cristianos.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreTertio Millennio Adveniente
CategoríaObra
DescripciónCarta apostólica que invita a la Iglesia a prepararse para el tercer milenio y el Jubileo del año 2000, resaltando a Cristo como centro de la historia. El tercer milenio es ocasión providencial para renovar la fe y la misión evangelizadora de la Iglesia
Autor
Autoridad EclesiásticaSan Juan Pablo II
Contexto HistóricoPublicado en 1994, al acercarse el tercer milenio cristiano, como guía para el Jubileo del año 2000.
Enseñanzas PrincipalesCristo es el centro de la historia; la Encarnación da sentido al tiempo; el jubileo es tiempo de gracia, conversión, perdón y unidad.
Fecha de Publicación1994-11-10
Importancia EclesialMarco doctrinal y pastoral para el Gran Jubileo 2000; influyó en catequesis, liturgia y evangelización.
TemaPreparación espiritual, pastoral y eclesial del Gran Jubileo del año 2000
TipoCarta apostólica
Uso LitúrgicoInspiró la celebración del Jubileo del año 2000 y la liturgia del nuevo Adviento.
Enlace oficialTertio Millennio Adveniente

Tabla de contenido

Identificación y finalidad

El título latino significa «Al acercarse el tercer milenio». La carta pertenece al magisterio pontificio de san Juan Pablo II y fue dirigida a los obispos, al clero, a los religiosos y a todos los fieles católicos.

Juan Pablo II contemplaba el comienzo del tercer milenio cristiano como una ocasión providencial para renovar la fe y agradecer la obra salvadora de Dios. El Jubileo no debía reducirse a una conmemoración cronológica, sino convertirse en un acontecimiento de gracia, conversión y testimonio cristiano.

La carta toma como punto de partida las palabras de san Pablo:

«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4).

Para el Papa, la plenitud del tiempo coincide con la Encarnación del Verbo y con la Redención de la humanidad. El nacimiento de Jesucristo introduce la eternidad en la historia y manifiesta el designio trinitario: el Padre envía al Hijo y, mediante la misión del Hijo, comunica también el Espíritu Santo.1

Jesucristo, centro de la historia

«Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre»

La primera parte de la carta desarrolla el lema tomado de la Carta a los Hebreos: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Esta afirmación expresa la permanencia de Cristo y la actualidad de su obra salvadora.

La Iglesia no contempla a Jesús como una figura perteneciente únicamente al pasado. El Señor resucitado permanece vivo y actuante en la historia. Su presencia ofrece a cada generación la posibilidad de encontrar la verdad, recibir la salvación y orientar la propia existencia hacia Dios.

Cristo es presentado como Redentor del mundo, único Mediador entre Dios y los hombres. En Él alcanza su cumplimiento el plan divino de recapitular todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. La Encarnación no sólo revela quién es Dios; también revela la verdadera dignidad y vocación del ser humano.2

La dignidad del ser humano

La carta recoge una enseñanza central del Concilio Vaticano II: Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». El Hijo de Dios asumió una naturaleza humana verdadera, semejante a la de todos los hombres salvo en el pecado.

Mediante la Encarnación, Cristo se unió de algún modo a todo ser humano. Trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana, actuó con voluntad humana y amó con corazón humano. Por ello, la dignidad de la persona humana encuentra su fundamento más profundo en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.2

Dios sale al encuentro del hombre

Juan Pablo II presenta la Encarnación como la culminación de la búsqueda amorosa de Dios. La iniciativa de la salvación pertenece a Dios, que busca al hombre como el pastor busca a la oveja perdida.

El pecado aparta al ser humano de su Creador y lo conduce por caminos de autosuficiencia, engaño y desorden. Dios, sin embargo, no abandona a la humanidad. El Padre envía a su Hijo para liberar al hombre del pecado y reconciliarlo consigo.

La muerte de Cristo en la cruz constituye el sacrificio redentor; su resurrección manifiesta la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. La religión cristiana nace, por tanto, del misterio de la Encarnación y alcanza su centro en la Pascua del Señor.3

La concepción cristiana del tiempo

El tiempo como ámbito de la salvación

Tertio Millennio Adveniente ofrece una reflexión teológica sobre el tiempo. En la fe cristiana, el tiempo no constituye una sucesión vacía de acontecimientos ni un ciclo cerrado que repite indefinidamente los mismos hechos.

Dios creó el mundo dentro del tiempo y condujo la historia de la salvación hasta su plenitud en la Encarnación. El destino último de la historia llegará con el retorno glorioso de Jesucristo. Entre la primera venida de Cristo y su segunda venida transcurre el tiempo de la Iglesia.

La Encarnación convierte el tiempo humano en un ámbito de encuentro con Dios. Cada época, cada año, cada día y cada momento pueden quedar iluminados por la presencia salvadora de Cristo.4

La santificación del tiempo

La Iglesia santifica el tiempo mediante la liturgia. El año civil queda penetrado por el año litúrgico, que recorre los principales misterios de la vida de Cristo: la espera del Adviento, su nacimiento, la manifestación al mundo, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación.

La Vigilia pascual expresa de forma particularmente clara el señorío de Cristo sobre el tiempo. Al preparar el cirio pascual, la liturgia proclama que Cristo es el principio y el fin, el Alfa y la Omega, y que todos los tiempos le pertenecen.

El domingo ocupa el centro de la vida cristiana porque conmemora la resurrección del Señor. Cada domingo actualiza para la Iglesia el día nuevo inaugurado por la Pascua.4

Rechazo de la reencarnación

La carta distingue la esperanza cristiana de las doctrinas que conciben la existencia como una sucesión de reencarnaciones. La revelación cristiana no presenta una serie indefinida de vidas destinadas a una purificación progresiva.

Cada persona realiza su vocación durante una única existencia terrena y alcanza su plenitud mediante la entrega sincera de sí misma a Dios. El ser humano encuentra su realización definitiva no en la autosuficiencia, sino en la comunión con el Dios que sale a su encuentro en Jesucristo.5

El significado bíblico del Jubileo

El año sabático y el año jubilar

El Jubileo cristiano hunde sus raíces en la tradición del Antiguo Testamento. La Ley de Moisés establecía un año sabático cada siete años. Durante ese período, la tierra debía descansar, los esclavos debían recuperar la libertad y determinadas deudas quedaban canceladas.

Cada cincuenta años llegaba el año jubilar, que ampliaba esas disposiciones. La legislación ordenaba proclamar la libertad por toda la tierra y permitía que las familias recuperasen sus propiedades ancestrales.

Estas normas recordaban que la tierra pertenece en último término a Dios. El ser humano recibe los bienes creados como administrador y responsable, no como propietario absoluto. La riqueza debía servir al bien de todos, especialmente de los pobres y de quienes habían perdido su libertad o sus bienes.6

Justicia social y destino universal de los bienes

El Jubileo bíblico contenía una profunda dimensión social. Aspiraba a restablecer la igualdad entre los miembros del pueblo, devolver oportunidades a las familias empobrecidas y proteger a los débiles frente a la explotación.

La justicia bíblica no consistía únicamente en aplicar castigos o reconocer derechos formales. Exigía proteger al pobre, al endeudado, al esclavo y a la familia desposeída. El rey justo debía escuchar al necesitado y defender a quien carecía de ayuda.

Juan Pablo II relaciona esta tradición con la doctrina social de la Iglesia. La convicción de que Dios es el dueño de la creación y de que los bienes tienen un destino universal constituye uno de los fundamentos de la responsabilidad social cristiana.7

Jesucristo inaugura el año de gracia

Jesús aplica a su propia misión las palabras del profeta Isaías sobre el «año de gracia del Señor». En la sinagoga de Nazaret proclama que el Espíritu del Señor está sobre Él y que ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos.

Con la venida de Cristo comienza el tiempo mesiánico. Jesús no anuncia un Jubileo limitado a una fecha concreta, sino una realidad que caracteriza toda su actividad. Sus palabras y sus obras hacen presente la misericordia de Dios, liberan del pecado y restauran la dignidad humana.

El Jubileo cristiano encuentra así su fundamento en Cristo. Él es el verdadero año de gracia, porque en Él Dios ofrece la reconciliación y la salvación.8

El Gran Jubileo del año 2000

Un Jubileo singular

Juan Pablo II propuso celebrar el año 2000 como Gran Jubileo. Todo Jubileo participa de la misma naturaleza: es un tiempo de alegría, conversión, perdón y acción de gracias. Sin embargo, el Jubileo del año 2000 poseía una singularidad histórica por su referencia a los dos mil años de la Encarnación del Hijo de Dios.

La alegría jubilar debía adquirir una expresión pública y comunitaria. La Iglesia celebra la salvación no como una experiencia privada, sino como un don que quiere compartir con todos los pueblos.

El Gran Jubileo debía incluir la acción de gracias por la obra de Dios, la petición de perdón por los pecados, la reconciliación entre personas y comunidades y una renovada proclamación del Evangelio.9

Perdón, reconciliación e indulgencia

El Jubileo es presentado como un año de gracia, caracterizado por la remisión de los pecados y de las penas vinculadas a ellos, la penitencia sacramental y la reconciliación.

Dentro de la tradición jubilar ocupa un lugar importante la indulgencia. La indulgencia no sustituye la conversión ni el sacramento de la Reconciliación; presupone una disposición sincera de fe, arrepentimiento y apertura a la gracia. Su finalidad consiste en ayudar al fiel a vivir más plenamente la misericordia de Dios y la purificación de las consecuencias del pecado.

La celebración jubilar debía favorecer tanto la penitencia sacramental como otras formas de renovación espiritual y reparación.10

Preparación de la Iglesia

Un nuevo Adviento

Juan Pablo II invitó a vivir los años anteriores al 2000 como un nuevo Adviento. La Iglesia debía prepararse para el Jubileo mediante la oración, la catequesis, la conversión personal, la renovación pastoral y el discernimiento de los signos de los tiempos.

La preparación no se limitaba a organizar celebraciones. Requería renovar la conciencia de la presencia de Cristo, purificar la memoria histórica y fortalecer la misión evangelizadora de la Iglesia.

Las Iglesias particulares -diócesis y comunidades locales- debían participar activamente en este camino. El Jubileo debía celebrarse en Roma, en Tierra Santa y también en las Iglesias locales, para que su gracia alcanzase a todos los fieles.

Examen de conciencia eclesial

La carta reclama a la Iglesia un examen de conciencia sobre su historia. La memoria del pasado debía incluir tanto el reconocimiento de la acción de Dios como la humilde confesión de los errores cometidos por los cristianos.

Este examen no pretendía desacreditar la misión de la Iglesia ni juzgar el pasado con superficialidad. Buscaba promover una purificación de la memoria, reconocer responsabilidades históricas y favorecer una actitud de humildad, arrepentimiento y renovación.

El Jubileo debía impulsar una Iglesia más fiel al Evangelio, más consciente de sus pecados y más disponible para servir a la humanidad.

Los mártires

La preparación jubilar concedía un lugar especial a la memoria de los mártires. Quienes entregaron su vida por Cristo constituyen un testimonio de fidelidad y una manifestación de la fuerza de la gracia.

La Iglesia del final del segundo milenio debía recordar a los mártires de épocas y regiones diversas, incluidos aquellos cuya vida cristiana quedó vinculada a persecuciones políticas, ideológicas o religiosas. Su testimonio mostraba que la fe no pertenece únicamente al pasado, sino que continúa dando forma a la historia.

Dimensión trinitaria

El año dedicado a Jesucristo

La preparación inmediata del Jubileo se articuló en torno a una orientación trinitaria. El primer año estuvo dedicado especialmente a Jesucristo, Verbo eterno del Padre e Hijo de María.

Este período debía favorecer una renovada contemplación de la Encarnación, una mejor comprensión del Bautismo y una adhesión más profunda a Cristo como único Salvador. La Virgen María ocupaba un lugar privilegiado por su maternidad divina y por su cooperación singular en el misterio de la Encarnación.

El año dedicado al Espíritu Santo

El segundo año se orientó hacia el Espíritu Santo. La Iglesia debía redescubrir su presencia santificadora, sus dones y su acción en la vida de los creyentes.

La preparación debía renovar la virtud de la esperanza y promover una mayor conciencia de la unidad eclesial. Los carismas y dones del Espíritu Santo no existen para dividir, sino para edificar el Cuerpo de Cristo y poner los distintos servicios al alcance de la misión común.

El año dedicado al Padre

El tercer año se dedicó de manera especial a Dios Padre. La Iglesia debía contemplar el Jubileo desde la perspectiva del amor creador y misericordioso del Padre, origen de toda la obra de la salvación.

Este año exigía una conversión auténtica: liberarse del pecado, recuperar la dignidad de hijos de Dios y asumir un compromiso positivo con la justicia, la fraternidad y la evangelización. La contemplación del Padre debía conducir a una vida más coherente con la filiación divina recibida en Cristo.

La preparación trinitaria culminaba en la alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, fuente y meta de la vida de la Iglesia.

El sentido eclesial del Jubileo

El Jubileo no constituye una iniciativa individual ni una celebración puramente cultural. Es una acción de toda la Iglesia, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación para la humanidad.

La Iglesia celebra, da gracias, pide perdón y presenta sus súplicas al Señor de la historia. Su mirada abarca el pasado, porque reconoce la obra de Dios y purifica su memoria; el presente, porque llama a la conversión y al testimonio; y el futuro, porque espera la venida gloriosa de Cristo.

La comunidad cristiana recibe así la misión de hacer visible la misericordia de Dios mediante la liturgia, la predicación, la caridad, la reconciliación y la defensa de la dignidad humana.

Recepción y legado

La carta preparó teológicamente el Gran Jubileo del año 2000 y proporcionó un marco común para numerosas iniciativas eclesiales. Su influencia alcanzó la catequesis, la liturgia, la espiritualidad, la acción ecuménica, la doctrina social y la evangelización.

Su legado principal consiste en una visión cristiana de la historia: el tiempo tiene un origen creado, un centro en la Encarnación, una orientación hacia la Pascua y una consumación definitiva en la venida gloriosa de Cristo.

La carta también dejó una enseñanza sobre la renovación eclesial. La Iglesia entra en cada nueva etapa de la historia no mediante la nostalgia ni mediante la ruptura con su tradición, sino mediante una conversión más profunda a Jesucristo, que permanece «el mismo ayer, hoy y siempre».

Significado teológico

Tertio Millennio Adveniente puede sintetizarse en cuatro afirmaciones fundamentales:

  • Cristo es el centro de la historia y de la salvación.
  • La Encarnación constituye la plenitud del tiempo, porque la eternidad de Dios entra en la historia humana.
  • El Jubileo es un tiempo de gracia, marcado por la conversión, el perdón, la reconciliación y la justicia.
  • La Iglesia está llamada a evangelizar y a buscar la unidad, ofreciendo al mundo el testimonio de Cristo.

El documento presenta el paso al tercer milenio como una ocasión para que la Iglesia contemple con gratitud el misterio de la Redención, reconozca sus infidelidades, renueve su misión y avance con esperanza hacia el encuentro definitivo con el Señor.

Citas y referencias

  1. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, I, 1 (1994-11-10).
  2. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, I, 4 (1994-11-10). 2
  3. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, I, 7 (1994-11-10).
  4. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 10 (1994-11-10). 2
  5. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 9 (1994-11-10).
  6. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 12 (1994-11-10).
  7. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 13 (1994-11-10).
  8. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 11 (1994-11-10).
  9. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 16 (1994-11-10). 2
  10. Tertio millennio adveniente, Papa Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente, II, 14 (1994-11-10).
Modificado el 1 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.29Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/0xjvb7wjt

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